JALISCO
La ciudad que crece sin definiciones
Opinión, por Miguel Anaya
Guadalajara cumple años a mediados de febrero, y como suele pasar con las ciudades que ya pasaron la adolescencia histórica, el festejo siempre viene acompañado de una pregunta que no es fácil de contestar: ¿qué somos hoy… y hacia dónde vamos?
Porque Guadalajara ya no es aquella ciudad que se describía con tres postales obligatorias: Catedral, mariachi y torta ahogada. Tampoco es ya la ciudad de ritmo lento, de colonias donde todos sabían quién eras y de domingos que olían a caldo de res y a misa de doce. Pero tampoco termina de ser la metrópoli global que promete en renders, que se promociona en foros de nearshoring y en discursos de innovación.
Guadalajara vive —y quizá siempre ha vivido— en ese territorio extraño entre la tradición que abraza y la modernidad que negocia.
El tapatío, como construcción cultural, ayuda a entender esta dualidad. Es —¿o era?— un personaje orgulloso de su ciudad, educado en las formas, prudente en el conflicto y obsesionado con la estabilidad. No suele ser revolucionario; suele ser adaptativo. No rompe el sistema: aprende a moverse dentro de él.
Ese rasgo explica muchas cosas. Explica por qué Guadalajara ha visto de lejos la política nacional y explica por qué los cambios estructurales aquí suelen ser lentos, negociados, graduales… a veces desesperadamente graduales.
Hace cuarenta años, Guadalajara era una ciudad profundamente de barrio, de parroquia, de apellido y de colonia. La movilidad social existía, pero era más silenciosa. La autoridad se cuestionaba menos. La ciudad crecía, pero todavía se sentía contenida.
Hoy Guadalajara es otra cosa. Es hub tecnológico, es polo creativo, es ciudad aspiracional para migración interna y externa. Es Andares, es el centro histórico, es Tlajomulco. Es startups y es comercio tradicional. Es coworkings y es tianguis. Es globalización… con alma provincial.
Y ahí empieza la duda razonable. Porque mientras la ciudad presume talento, inversión y crecimiento económico, también arrastra problemas estructurales que no se resuelven con discursos ni con eventos internacionales.
La movilidad sigue siendo una carrera entre el crecimiento urbano y la capacidad de planeación. El agua depende de sistemas que funcionan… a medias. La seguridad mejora en estadísticas, pero no en percepción. El empleo crece, sí, pero también la desigualdad territorial.
Guadalajara no está en crisis terminal. Pero tampoco está en una ruta automática hacia convertirse en una ciudad plenamente funcional, sustentable y segura.
Está, más bien, en ese punto incómodo donde muchas ciudades latinoamericanas se quedan durante décadas: funcionando lo suficiente para no colapsar, pero no lo suficiente para resolver de fondo.
Y aquí entra la nostalgia. La Guadalajara de antes tenía algo que hoy parece diluirse: una sensación de identidad urbana más clara, menos fragmentada, menos acelerada. Hoy el tapatío ya no hereda automáticamente su lugar en la ciudad. Hoy tiene que mudarse y construirlo. Eso genera dinamismo… pero también conflicto social.
La pregunta real en este aniversario no es si Guadalajara va a seguir creciendo. Eso es inevitable. La pregunta es si va a aprender a crecer con sentido de largo plazo.
Guadalajara está en una bifurcación histórica silenciosa. Puede consolidarse como una ciudad latinoamericana de primer nivel, con problemas, sí, pero manejables y en tendencia de mejora. O puede quedarse en ese limbo donde el crecimiento económico convive con problemas estructurales crónicos que solo se posponen pensando en dejárselos a los que vienen.
El tapatío, fiel a su historia, probablemente no hará revoluciones urbanas. Pero sí puede empujar cambios graduales que, acumulados, definan el rumbo.
En su aniversario, Guadalajara no necesita promesas grandilocuentes. Necesita algo más difícil: decisiones incómodas, planeación de largo plazo y una ciudadanía que deje de pensar solo en sobrevivir la ciudad… y empiece a exigir y a participar en construirla.



