OPINIÓN
Percepción, popularidad y eficacia: La tentación de gustar antes que gobernar
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Hay una diferencia importante —aunque a veces invisible— entre gobernar y gustar. Al inicio pueden parecer lo mismo: presencia constante, tono optimista, mensajes claros, cercanía, sonrisas frecuentes. Todo eso suma simpatía. Pero gobernar no es un ejercicio de simpatía, es un ejercicio de responsabilidad.
En los últimos años hemos visto consolidarse un tipo de liderazgo que entiende muy bien la lógica de la imagen. Un liderazgo que sabe colocarse frente a la cámara, que domina el encuadre, que administra el mensaje con disciplina casi quirúrgica. Siempre hay anuncio. Siempre hay gira. Siempre hay explicación. Siempre hay un mensaje listo para circular.
Nada de eso es, por sí mismo, criticable. Al final del día la política moderna exige comunicación, ya que un gobierno que no comunica se vuelve opaco y se aísla. No obstante, hay una línea delgada entre comunicar lo que se hace y hacer cosas para comunicarlas, y es precisamente esa línea la que empieza a difuminarse cuando la forma se vuelve más relevante que el fondo.
Hoy la gestión pública parece medirse en narrativa. Si la percepción es positiva, entonces el gobierno “va bien”. Si el mensaje es optimista, la administración se asume eficaz, de forma tal que la política se convierte en un ejercicio permanente de encuadre: no importa tanto lo que ocurre, sino cómo se presenta.
Por eso el nuevo estereotipo de gobernante no necesariamente evita los problemas, sino que aprende a contarlos mejor. Si algo no funciona, se contextualiza. Si algo genera molestia, se matiza. Si algo se retrasa, se explica con entusiasmo. Siempre hay una versión más amable de la realidad.
Sin embargo, no me malinterpreten, el optimismo no es el problema y la narrativa menos. El problema es cuando la comunicación, el show y lo mediático sustituye al diagnóstico y al resultado. Cuando la sonrisa, los lentes de sol, los trajes con estilo y las guayaberas se vuelven más constantes que la autocrítica.
Gobernar implica tomar decisiones que no siempre son populares. Implica enfrentar inercias administrativas, resistencias políticas y limitaciones presupuestales. En general, implica tomar decisiones que no caben en un video breve, simple y sencillamente porque hay ajustes que no generan aplausos, así como hay medidas que incomodan.
Sin embargo, cuando el eje del liderazgo se coloca en gustar, la tentación es evidente: priorizar lo que suma aprobación sobre lo que exige firmeza.
No se trata de caricaturizar a nadie ni de reducir el análisis a lo superficial. Se trata de observar una dinámica que se repite. Cuando la imagen se convierte en activo principal, admitir errores se vuelve costoso. Reconocer fallas daña la narrativa. Aceptar límites contradice el discurso permanente de eficacia.
Y entonces se instala una especie de optimismo estructural. Todo avanza. Todo mejora. Todo está en proceso de consolidación.
Pero la ciudadanía no vive en el discurso. Vive en lo cotidiano. Vive en el transporte que tarda y cada vez cuesta más, en el trámite que no fluye, en la infraestructura que se deteriora, en los problemas que no desaparecen por una explicación convincente.
Un gobierno puede ser impecable comunicando y, aun así, generar dudas gestionando. Puede transmitir dinamismo constante y, sin embargo, no alterar de fondo las inercias estructurales. Puede parecer cercano sin necesariamente ser eficaz, esto de forma tal que la hiperexposición se convierte en una forma de compensación.
Cuando el relato necesita actualización permanente, uno se pregunta si el fondo es tan sólido como se afirma. Un gobierno que realmente transforma no necesita celebrarse todos los días. Los resultados, cuando son profundos, terminan hablando por sí solos.
La política contemporánea ha aprendido que la percepción es poder. Y lo es. Pero no es poder duradero. La percepción se desgasta cuando la experiencia cotidiana no la confirma.
Administrar la percepción es más sencillo que administrar la realidad. La primera se construye con estrategia. La segunda exige decisiones difíciles. La percepción puede moldearse con narrativa. La realidad exige presupuesto, capacidad técnica, coordinación institucional y, sobre todo, voluntad para asumir costos.
El liderazgo maduro entiende que no necesita gustar todo el tiempo. Entiende que habrá momentos de desgaste. Entiende que habrá decisiones impopulares. Entiende que la autoridad no se sostiene únicamente en simpatía, mientras tanto, el liderazgo inseguro, en cambio, necesita aprobación constante. Necesita reafirmar que todo marcha bien. Necesita explicar cada crítica como exageración. Necesita convertir cada cuestionamiento en oportunidad narrativa. La diferencia no es menor.
Un gobierno centrado en gustar se vuelve reactivo. Ajusta su discurso según la conversación del día. Se mueve al ritmo de la percepción pública. Un gobierno centrado en gobernar establece prioridades y las sostiene, incluso cuando no generan aplauso inmediato.
No es un debate de estilos. Es un debate de fondo sobre cómo entendemos el poder público. ¿Queremos liderazgos que administren estados de ánimo o liderazgos que administren problemas? ¿Preferimos mensajes constantes o resultados consistentes? ¿Nos conforma la sensación de movimiento o exigimos transformación real?
La tentación de gustar es comprensible. En un entorno hiperconectado, donde la aprobación se mide en tiempo real, la popularidad parece un indicador irrefutable de éxito. Pero la popularidad es volátil. La eficacia, cuando existe, es más resistente.
Un gobierno no fracasa por sonreír. Fracasa cuando confunde la sonrisa con el resultado. Cuando cree que comunicar equivale a resolver. Cuando la narrativa sustituye a la decisión.
Al final, lo que sostiene a una administración no es su capacidad de encuadre, sino su capacidad de impacto. La ciudadanía puede tolerar errores, incluso puede comprender limitaciones, pero lo que difícilmente tolera es la sensación de que se gobierna más para la imagen que para la realidad.
Gustar es importante. Pero no es suficiente ya que cuando termina el evento, cuando se apagan los reflectores y la conversación digital cambia de tema, lo único que permanece es la experiencia concreta de las personas, y esta no se administra con cámaras y videos para redes sociales, se administra con gobierno.




