NACIONALES
Ni venganza ni perdón: La intimidad del poder y fractura de la lealtad
Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco
En la política mexicana —esa ópera bufa donde el coro cambia de bando sin cambiar de tono— hay amistades que se presumen como virtudes y terminan como recuerdo. Ni venganza ni perdón se ofrece, desde el prólogo, como un intento de rescatar la memoria en tiempos de polarización: no para “perdonar” ni para “cobrar”, sino para evitar que el olvido y la mentira se queden con la versión oficial.
Ahí está la clave del libro: una narración de poder contada desde dentro, con la voz de quien fue confidente y operador, y con el respaldo de un periodista que entiende que el país se quema cuando se parte en “buenos” y “malos”.
El volumen se construye como una crónica de tres décadas de cercanía con Andrés Manuel López Obrador y, sobre todo, como el retrato del tránsito de un movimiento a un gobierno. Un viaje que comenzó en una escena íntima: la muerte de Heberto Castillo y el encuentro en un hospital con un López Obrador aún priísta renegado, ya dirigente de izquierda, ya personaje de destino.
Ese arranque —que el libro presenta casi como bautizo político— sirve para establecer el tono: la historia no es una suma de decretos, sino una cadena de lealtades, anécdotas y heridas familiares.
En ese México que todavía sabía conversar en sobremesas, López Obrador y Julio Scherer García se frecuentan; Proceso aparece como casa y trinchera; y la izquierda se imagina a sí misma con un futuro menos rudimentario que su presente.
Pero el poder, como el alcohol malo, no perdona: primero calienta, luego embrutece. El libro insiste en la idea del “catequizador”: un presidente que repite su sermón no para convencer a los adversarios, sino para conservar la fe de los propios. Y ahí aparece la mañanera como instrumento: genial en lo comunicacional, pero peligrosa como fábrica cotidiana de realidades.
Se describe el mecanismo: gabinetes que informan, el presidente que decide, y el teatro posterior con “supuestos periodistas” donde muchas preguntas no nacen de la curiosidad pública, sino de intereses particulares y de una manipulación que —dice el relato— no es gratuita ni inocente.
El texto, sin embargo, no se queda en la crítica abstracta: muestra el engranaje. En los primeros tres años —afirma— hubo puentes institucionales que funcionaron: la Consejería Jurídica de Scherer y la presidencia de la Corte en manos de Arturo Zaldívar permitieron transitar diferencias sin romper el plato.
Ese tramo se pinta como un equilibrio frágil: negociación, reformas, tensiones administrables. Y se subraya una decisión de diseño político que marcaría el sexenio: constitucionalizar programas sociales para amarrar el presupuesto a futuro, no por altruismo lírico, sino por cálculo de continuidad.
Al lado de esa ingeniería legal, el libro coloca la gran apuesta de seguridad: la Guardia Nacional y el lema “abrazos, no balazos”. El relato intenta matizar la frase, explicando que el espíritu era anteponer la paz y reducir muertos; pero reconoce lo obvio: las conductas antisociales no desaparecen por decreto moral.
La política puede contener, pero no exorcizar. Y cuando la consigna se vuelve estampita, el Estado paga el costo de confundir prudencia con resignación.
La crónica se vuelve más áspera cuando toca la sangre. El atentado contra Omar García Harfuch, presentado como el golpe más provocador del crimen organizado contra un funcionario de alto nivel durante el sexenio, exhibe otra verdad del poder: el Estado reacciona con instinto de supervivencia.
Todo se vuelca a atender el desafío; las fuerzas armadas y las áreas de seguridad se coordinan; y Harfuch —dice la narración— encabeza la investigación de su propio atentado, encerrando la recuperación en una oficina convertida en búnker. El libro no lo romantiza por su apellido, sino por su disciplina: la valentía aquí no es pose, es método.
Y llega la pandemia, que en México fue también un examen de carácter institucional. El texto acusa a la Secretaría de Salud —bajo la conducción de Hugo López-Gatell— de mensajes contradictorios, de minimizar la gravedad y de apostar a pronósticos que no se cumplieron. No es solo reproche técnico: es la radiografía de un gobierno que, por cuidar el relato, se permitió coquetear con la improvisación.
En paralelo, la novela de los negocios: medicinas, intermediarios y la tentación de lavar con siglas internacionales lo que aquí se ensucia por costumbre.
Se menciona el intento de comprar a través de la ONU para evitar corrupción y la constatación de que ni eso funcionó; una frase resume el cinismo tropical: “hasta a la ONU se la puede utilizar” para volverla lo que el gobierno necesita. Y sobre los empresarios, el relato es incómodo: pese a los pleitos públicos, muchos ganaron bien en el sexenio; hubo obra pública y decisiones favorables, pero el apetito nunca se sacia.
La parte más reveladora del libro no es la que presume cercanías, sino la que describe la expulsión. La salida de Scherer (1 de septiembre de 2021) abre la temporada de los golpes: López Obrador le advierte que lo van a lastimar, y la política mexicana —siempre puntual cuando se trata de ajustar cuentas— cumple.
Aparece Alejandro Gertz Manero, la reunión, el reclamo de una supuesta campaña en su contra y una escena simbólica: Scherer propone sentarse con el director de Proceso para demostrar que él no interviene en los contenidos.
La sospecha, en el fondo, no es periodística: es política. Porque aquí el pecado no es escribir, sino haber estado demasiado cerca del sol.
El libro cierra con una frase que funciona como epitafio y advertencia: aun entre infamia y agravio, queda la certeza de haber acompañado a un hombre que quiso cambiar la historia y, en el intento, cambió la de sus cercanos.
Es una sentencia amarga, casi del archivo personal: la política te pide todo, y cuando se va, te deja con lo único que no prescribe—la memoria.
En X @DEPACHECOS




