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OPINIÓN

Discurso moral y opacidad: La fábula del cofre y la representante

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Cuentan que en un reino donde la virtud se medía en discursos y la honestidad se escribía en membretes oficiales, vivía una joven Representante que hablaba mucho de dignidad pública. Sin embargo, la Representante había aprendido pronto que en política no basta con tener poder, también hay que parecer moralmente superior.

Por eso repetía, en plazas y salones, que le preocupaba “el tipo de personas” que llegaban al Palacio. Decía que la institución debía protegerse de quienes no entendían la altura del encargo.

Por momentos el pueblo y sus compañeros aplaudían. Al final del día, siempre es reconfortante escuchar que alguien vigila la pureza del templo. Pero como toda historia que merece contarse, ésta también tenía un objeto extraño: un cofre.

No era un cofre de oro visible ni una bóveda en un banco del reino. Era un cofre discreto, silencioso y muy pesado. Un cofre que, según supo el pueblo después, contenía millones de monedas. No en una sola ocasión —eso habría sido escandaloso— sino en partes, como si fraccionar el peso hiciera más ligera la carga moral.

Cuando la historia del cofre comenzó a circular, la Representante reaccionó con indignación. En una primera instancia no explicó el contenido ni mucho menos la procedencia de las monedas. No habló del porqué de su existencia. Habló, en cambio, de los mensajeros. Dijo que aquello no era un relato legítimo sino una “historia patrocinada” y que las palabras impresas no eran fruto del oficio periodístico, sino de una conspiración. 

Pero la Representante olvidó que el pueblo es curioso por naturaleza, y ante dicho relato con fallas e inconsistencias, hizo lo que siempre hace cuando el poder se incomoda: revisó los documentos. Y así resultó que el cofre sí contenía millones de monedas y que estas si pertenecían a la representante. 

Entonces surgió una pregunta que recorrió las calles del reino como eco incómodo: ¿para qué necesita una servidora pública un cofre con millones de monedas en efectivo? No era una acusación.

Era una pregunta elemental ya que, en las viejas fábulas, cuando un personaje encontraba un tesoro oculto, el conflicto giraba en torno al poder. Reyes que ambicionaban tronos, príncipes que traicionaban por coronas, cortesanos que conspiraban por influencia.

Pero en esta historia el poder ya estaba concedido. La Representante tenía asiento en el Palacio. Tenía tribuna. Tenía micrófono. Entonces, lo que parecía faltar no era poder o influencia, sino dinero e influencia económica, y aunque no lo parezca, esa diferencia es crucial debido a que la ambición por poder suele justificarse con discursos grandilocuentes: cambiar el mundo, reformar leyes, transformar instituciones.

Por su parte, la ambición por dinero es más silenciosa, más íntima, más pragmática. No necesita aplausos o reconocimiento público; necesita dinero, y mucho, y cuando el dinero entra por la puerta trasera de la política, la moral suele salir por la ventana principal.

En el reino, algunos intentaron minimizar el asunto. “No exageren”, decían. “No sabemos si el cofre era suyo o si solo lo resguardaba”. “No sabemos si las monedas tenían origen oscuro”. “No sabemos si el cofre fue víctima de un robo”. Y es verdad, no se sabe con certeza, lo que sí sabemos es que existía.

Sabemos que el monto fue denunciado, sabemos que no apareció espontáneamente en declaraciones públicas hasta que fue inevitable. Sabemos que la reacción inicial no fue explicar sino desacreditar, y también sabemos algo más inquietante: que la Representante, la misma que hablaba del “tipo de personas” que llegaban al Palacio, ahora debía explicar qué hacía un cofre así en su historia personal.

Ciertamente no es ilegal tener dinero y tampoco es delito ser próspero. Pero seamos muy claros: lo que erosiona la confianza pública no es la riqueza en sí, sino la opacidad.

Porque quien exige estándares morales elevados para otros debe aceptar estándares aún más altos para sí mismo, y es ahí donde radica el núcleo de esta historia: el problema del cofre no es contable, es ético y es lo que define la distancia entre el discurso y la práctica, entre la superioridad moral y la rendición de cuentas. Entre señalar al otro y explicarse uno mismo.

Es por eso que en tiempos donde la política parece haberse convertido en negocio antes que en vocación, los cofres pesan más que las palabras y cada moneda se convierte en símbolo de algo mayor: la sospecha de que la ambición ya no persigue transformar, sino acumular.

Las fábulas funcionan porque simplifican la realidad para hacer evidente una enseñanza. La política, en cambio, no admite simplificaciones cómodas. Aquí no estamos frente a un debate literario ni ante una discusión sobre prosperidad individual. Estamos frente a algo mucho más concreto: la coherencia entre el discurso público y la conducta privada cuando el dinero entra en escena.

Cuando una representante decide construir su identidad política sobre estándares morales elevados y se permite cuestionar la calidad de quienes ocupan espacios de poder, asume una responsabilidad adicional: la de no generar dudas razonables sobre su propia congruencia. No porque se le exija perfección, sino porque ella misma elevó la vara.

El punto nunca fue la cifra exacta ni el fraccionamiento del monto. El punto es que millones de pesos en efectivo, en cualquier contexto vinculado al poder público, abren preguntas legítimas. Y cuando esas preguntas reciben como primera respuesta la descalificación del mensajero o la matización del dato, el problema deja de ser contable y se convierte en político.

La política contemporánea no está en crisis por falta de discursos, sino por exceso de incongruencias. Lo que erosiona la confianza no es la existencia de recursos, sino la opacidad frente a ellos. Y lo que realmente desgasta a las instituciones no es que haya cuestionamientos, sino que quienes ocupan posiciones de representación parecen más preocupados por controlar la narrativa que por despejar las dudas.

Al final, no se trata de dinero. Se trata de credibilidad, y la credibilidad es un activo que se construye con transparencia inmediata, ni con aclaraciones tardías. Cuando alguien decide erigirse en referente moral dentro del espacio público, debe entender que cada sombra no explicada pesa más que cualquier discurso sobre ética.


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