MUNDO
Innovación, deuda y expectativas, la burbuja de la IA: Un castillo de naipes de 20 billones de dólares
Actualidad, por Alberto Gómez R.
En los últimos trimestres, la economía estadounidense ha encontrado un motor inesperado en la inteligencia artificial (IA). Lo que comenzó como una revolución tecnológica prometedora se ha transformado en una carrera armamentística por construir infraestructura, con los gigantes tecnológicos invirtiendo sumas que desafían toda lógica financiera.
Sin embargo, detrás del brillo de los centros de datos y los chips de última generación comienzan a acumularse señales de alerta que recuerdan peligrosamente a otros auges que terminaron en estallidos. La pregunta que flota en el ambiente no es si la burbuja de la IA reventará, sino cuándo lo hará y qué consecuencias traerá consigo.
LA METAMORFOSIS DEL SUEÑO AMERICANO
El auge actual de la inteligencia artificial presenta características peculiares que lo distinguen de anteriores revoluciones tecnológicas. Según un estudio del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), citado recientemente, la inversión relacionada con IA en Estados Unidos ronda actualmente el 1% del PIB, una magnitud similar al auge del esquisto bituminoso —roca sedimentaria de la cual se puede obtener combustible similar al petróleo— de mediados de la década de 2010, pero apenas la mitad del aumento en inversión en Tecnologías de la Información (TI) durante el boom de las puntocom. Sin embargo, lo que hace diferente este momento es quién está invirtiendo y con qué dinero.
Históricamente, empresas como Nvidia, Microsoft o Amazon han operado con una deuda sustancialmente menor que otras corporaciones, financiando sus expansiones mediante los flujos de caja generados por operaciones altamente rentables. Pero esa disciplina financiera se está desvaneciendo.
Bank of America ha documentado cómo los hyperscalers (proveedores de nube a gran escala) emitieron 170,000 millones de dólares en bonos durante los últimos cinco meses, un ritmo muy superior a los aproximadamente 30,000 millones anuales que emitían entre 2020 y 2024.
Michael Hartnett, estratega de Bank of America, lo expresó con crudeza en su último informe: el gasto de capital previsto para 2026 por estos gigantes tecnológicos alcanzará los 740,000 millones de dólares, una cifra tan astronómica que “podría llevar los flujos de caja libres de los Siete Magníficos a cero, o incluso a territorio negativo”. En otras palabras, las empresas que simbolizan el capitalismo tecnológico estadounidense están quemando efectivo a un ritmo insostenible y recurriendo al endeudamiento masivo para mantener el paso.
El BIS confirma esta preocupación en su último boletín, señalando que el cambio hacia la financiación externa, particularmente a través de crédito privado, expone al sistema a riesgos de concentración y valoración colateral que podrían amplificar tensiones crediticias y de mercado si los retornos proyectados de la IA no se materializan. Los fondos de crédito privado, que operan fuera del perímetro regulatorio tradicional, ya acumulan más de 200,000 millones de dólares en préstamos vinculados a sectores relacionados con la inteligencia artificial, una cifra que podría triplicarse antes del final de la década.
EL CASO OPENAI
Si existe un emblema de esta burbuja, ese es OpenAI. La empresa creadora de ChatGPT ha pasado de ser la startup más prometedora del ecosistema tecnológico a convertirse en un gigante con pies de barro. Según documentos internos filtrados a The Information y recogidos por Yahoo Finance, la compañía prevé pérdidas por valor de 14,000 millones de dólares en 2026, una cifra tres veces superior a las estimaciones iniciales para 2025.
El problema de OpenAI no es de ingresos, sino de estructura de costes. La empresa aspira a aumentar su capacidad computacional actual de 1.9 GW a 36 GW en los próximos ocho años, lo que implica una factura astronómica. Los acuerdos de compra diferida firmados con proveedores como Nvidia, Oracle y CoreWeave están comenzando a vencer, creando un agujero financiero que, según estimaciones, alcanzará los 130,000 millones de dólares en los próximos dos años.
Forbes ha señalado que OpenAI se ha convertido en un símbolo y motor del auge, pero también en el principal candidato a desencadenar una crisis si no logra refinanciar su deuda. La empresa valora una salida a bolsa de 100,000 millones de dólares, una cifra que triplicaría la mayor OPV (Oferta Pública de Venta) de la historia, la de Saudi Aramco, que cuando salió al mercado generaba más de un billón de dólares en ingresos petroleros anuales. La diferencia es que OpenAI, con 800 millones de usuarios semanales, todavía está lejos de la rentabilidad.
Sam Altman, consejero delegado de la compañía, ha tejido una compleja red de alianzas con AMD, Broadcom, Nvidia, Oracle e incluso Walmart, en un intento por asegurar la financiación que permita a la empresa seguir en la carrera. Pero, como advierte un colaborador de Forbes, “cada megacontrato añade otro ladrillo de mil millones de dólares a los cimientos de la IA, o infla aún más la burbuja potencial”.
LAS CONSECUENCIAS DE UN ESTALLIDO
Los analistas llevan meses alertando sobre lo que podría ocurrir si la confianza en el sector se desvanece. Gita Gopinath, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional y actualmente en la Universidad de Harvard, ha realizado cálculos escalofriantes: una caída del mercado bursátil de la IA equivalente a la que puso fin al auge de las puntocom borraría unos 20 billones de dólares de la riqueza de los hogares estadounidenses y otros 15 billones en el extranjero. Esa cantidad bastaría para estrangular el consumo y provocar una recesión mundial.
El FMI comparte esta preocupación. En su actualización de perspectivas mundiales de enero de 2026, la institución advierte que el crecimiento global depende actualmente de una base demasiado estrecha, excesivamente concentrada en el sector tecnológico estadounidense y su auge bursátil. Pierre-Olivier Gourinchas, economista jefe del FMI, señala que “si las expectativas del mercado sobre las ganancias de productividad y rentabilidad de la IA no se materializan, existe riesgo de una corrección de mercado”.
El organismo calcula que incluso una corrección moderada de las valoraciones bursátiles reduciría el crecimiento mundial en un 0.4%, pero si la caída fuese más significativa, el impacto sería mucho mayor.
La consultora Oliver Wyman ha elevado aún más el listón del riesgo, estimando que un desplome comparable al de principios de la década de 2000 podría eliminar aproximadamente 33 billones de dólares de valor de mercado, más que la economía estadounidense en su conjunto.
Lo preocupante es que, a diferencia de la burbuja puntocom, donde la inversión estaba impulsada por empresas que utilizaban productos de TI, el auge actual está liderado por las empresas productoras. Esto significa que, cuando la burbuja estalle, no solo caerán las acciones tecnológicas, sino que se paralizará la inversión en infraestructura física, con efectos en cadena sobre la construcción, la fabricación de semiconductores y los mercados energéticos.
Estados Unidos concentra aproximadamente la mitad de los centros de datos del mundo, albergando solo al 4% de la población mundial, y se prevé que estas instalaciones consuman casi el 10% de toda la red eléctrica del país en 2030. Una paralización de esta inversión tendría efectos devastadores.




