OPINIÓN
Serrat y el mundo de pensamiento único
Los juegos del poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
“Vivimos unos tiempos recios en muchos sentidos, sobre todo de gran intolerancia e intransigencia con el pensamiento de los demás. El respeto al derecho del otro es la paz. Exijo tanto el respeto a mi pensamiento como el respeto al pensamiento ajeno”.
Estas palabras del cantautor catalán Joan Manuel Serrat, pronunciadas recientemente en una comparecencia pública, resumen con precisión crítica el clima que impera hoy en el mundo: una polarización extrema que divide en buenos y malos, ángeles y demonios, donde abundan quienes se proclaman dueños de la verdad absoluta.
Serrat, poeta y trovador admirado por generaciones, ha descrito con lucidez este retroceso humano. Basta observar los chats cotidianos, las redes sociales o los debates públicos para constatar cómo la intolerancia y el dogmatismo ideológico han desplazado a la sensatez y al diálogo racional.
El respeto al disenso se ha evaporado; en su lugar reina el pensamiento único, ese que rechaza todo lo que desconoce y odia lo que ignora. Como advierte el propio Serrat: “Hoy solamente existe el pensamiento único en el peor sentido de la palabra, que es el pensamiento del poder”.
Este fenómeno no es abstracto. Lo encarna Donald Trump, quien, tras recuperar la presidencia, impone su agenda unilateral sin reparar en el daño global. Iniciativas como ataques directos a Irán —en alianza con Israel— o la intervención en Venezuela no responden a ideales democráticos, sino a intereses petroleros y geopolíticos que financiaron su ascenso.
La ONU, reducida a un florero decorativo, pierde relevancia ante decisiones que ignoran el consenso internacional y priorizan el poder crudo sobre la cooperación.
Nicolás Maduro sirvió de pretexto; el verdadero objetivo fue controlar recursos estratégicos, dejando a Venezuela en ruinas y a su exlíder en una cárcel estadounidense.
¿Hacia dónde va este mundo? Serrat no oculta su pesimismo: “Todo pinta muy mal. No imaginábamos hace unos años que habría un retroceso humano y de sensibilidad y solidaridad como el que estamos teniendo”. Tras décadas de avances —la caída del Muro de Berlín, el fin de dictaduras y la celebración de la libertad—, el Homo sapiens parece retroceder en lo esencial: empatía, respeto y solidaridad. Paradójicamente, en una era de prodigios tecnológicos y científicos, la deshumanización avanza.
“Soy un hombre que se niega a entregar la cuchara”, afirma Serrat. Invoca a Sísifo: aunque la piedra pese, hay que empujarla con esperanza, porque el optimismo inteligente es la única respuesta digna ante la realidad adversa.
Parafraseando a Mario Benedetti, cuando creíamos tener todas las respuestas, cambiaron todas las preguntas. El tablero mundial está revuelto por líderes que creen que el fin justifica los medios, sin importar el costo en vidas, economías familiares o estabilidad planetaria. Trump ejemplifica este autoritarismo de la posverdad; pero el problema es sistémico: la polarización infecta sociedades enteras, desde chats familiares hasta foros internacionales.
Sin embargo, la reflexión de Serrat invita a no rendirse. El retroceso no es inevitable si recuperamos el respeto al otro como base de la paz. La intolerancia prospera en la indiferencia; la solidaridad, en el esfuerzo colectivo.
Frente a un presente deshumanizado, urge cultivar el diálogo, rechazar el pensamiento único y defender la diversidad de ideas como una riqueza, no como una amenaza. Solo así la piedra de Sísifo podría, algún día, llegar a la cima. Porque, como nos recuerda el trovador catalán, la verdadera victoria no está en imponer la verdad propia, sino en respetar la ajena. Y en ello reside la esperanza de un mundo menos recio y más humano.



