MUNDO
La reconfiguración del orden internacional: América Latina y la agenda de seguridad continental
Análisis de Geopolítica, por Víctor Hugo Celaya Celaya
Cada día, con mayor frecuencia, analistas, estudiosos del poder y gobiernos se cuestionan qué está realmente pasando en el mundo y hacia dónde nos dirigimos. La pregunta constante, y aún sin respuesta clara, es dónde terminará esta dinámica geopolítica y hacia dónde nos llevará en sociedades que aspiran a fortalecer su democracia, sus libertades y sus oportunidades de desarrollo.
A partir de finales de enero de 2025, con la asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, comenzó a reconfigurarse el sistema internacional. La nueva política exterior norteamericana colocó a ese país en el centro de la redistribución del poder económico, político y militar en el mundo.
Lo que comenzó como una estrategia de aranceles para fortalecer la economía interna de Estados Unidos se transformó en un instrumento geopolítico de influencia global. Washington impuso tarifas a socios tradicionales, redefiniendo el comercio internacional y su poder negociador. Esto desató negociaciones bilaterales y multilaterales continuas, obligando a los países a replantear acuerdos y su papel en la economía mundial.
El énfasis de la estrategia estadounidense también se desplazó hacia el continente americano. Bajo el argumento de fortalecer la democracia regional y combatir al crimen organizado, Washington impulsó una agenda política y de seguridad que ha modificado el equilibrio regional.
El 7 de marzo de 2026, Trump lanzó en Miami el “Escudo de las Américas”, una coalición militar y de inteligencia contra el narcotráfico firmada por 17 países del continente. Incluye a los gobiernos de Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Santiago Peña (Paraguay) y Daniel Noboa (Ecuador); excluye a México, Brasil, Colombia y Cuba por desconfianza. Kristi Noem, exsecretaria de Seguridad Nacional, fue designada enviada especial.
En paralelo, la política estadounidense hacia América Latina ha generado cambios políticos importantes en diversos países, incluyendo el replanteamiento de relaciones diplomáticas y el reacomodo de alianzas regionales. Esta dinámica confirma que el continente americano ha vuelto a adquirir relevancia estratégica dentro de la política exterior de Washington.
Medio Oriente, energía y el nuevo equilibrio de poder
Al mismo tiempo, la agenda de Estados Unidos se expandió a Medio Oriente con graves consecuencias. El 28 de febrero de 2026, fuerzas estadounidenses e israelíes bombardearon instalaciones nucleares, militares y gubernamentales en Irán, provocando la muerte del líder supremo Alí Jamenei. Los ataques se extendieron a Hezbollah en Líbano. Irán respondió atacando países del Golfo, cerrando instalaciones petroleras y el Estrecho de Ormuz, lo que disparó los precios mundiales del petróleo y del gas.
El conflicto puso en evidencia algo que ya venía perfilándose: la energía ha recuperado su dimensión estratégica como instrumento de autonomía nacional y negociación internacional. Estados Unidos ha reforzado su capacidad energética interna y la ha utilizado como elemento de influencia frente a otros países. La seguridad energética se ha convertido en un componente esencial del poder nacional.
En este escenario, el sistema internacional parece estructurarse alrededor de tres grandes polos de poder: Estados Unidos, China y Rusia. A estos actores se suma la Unión Europea, que continúa siendo aliada estratégica de Estados Unidos, aunque con un creciente interés en fortalecer su autonomía política y económica.
El impacto en México y el arte de gobernar
Ante esta transformación del entorno internacional, surge una pregunta inevitable: ¿cómo está impactando esta nueva geopolítica en México y cómo nos estamos preparando para enfrentarla?
Los primeros efectos ya son visibles: mayor presión en la agenda comercial, particularmente en el marco del T-MEC, cuya revisión bilateral arrancó formalmente el 16 de marzo, con fecha límite el 1 de julio de 2026; reconfiguración de las cadenas productivas en América del Norte; presiones en materia de seguridad, migración y narcotráfico dentro de la agenda bilateral; y una competencia intensa por inversiones estratégicas vinculadas a energía, tecnología y relocalización industrial.
En este entorno, México no puede seguir conduciendo sus gobiernos sin la responsabilidad que exige impulsar su crecimiento en todos los sentidos y en beneficio real de la población. El crecimiento económico de 2025 fue de apenas 0.5 %, el menor desde la pandemia (INEGI); la inversión se contrajo 8.6 % anual en el tercer trimestre, y las proyecciones para 2026 apenas alcanzan 1.1 %, según Banxico. No basta con subsidiar el gasto social: ese gasto necesita el respaldo de ingresos generados por el crecimiento económico para no convertirse en una carga insostenible para las finanzas públicas en los próximos años.
Frente a este panorama, dos pensadores del siglo XX iluminan el desafío de gobernar. Max Weber, en La política como vocación (1919), definió la política como “la lenta perforación de duras tablas con pasión y mesura”, exigiendo paciencia estratégica, responsabilidad y visión histórica, no improvisación ni arrebato ideológico. Winston Churchill, en 1947 ante la Cámara de los Comunes, afirmó: “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han intentado”.
Gobernar con responsabilidad, como planteaba Weber, implica paciencia, mesura, determinación y visión. Es necesario reconocer el entorno en el que nos ha tocado vivir y actuar con prudencia e inteligencia, sin subestimar las realidades políticas, económicas y multilaterales, especialmente las de nuestros socios de América del Norte y de América Latina. Sin apartarnos de nuestros principios constitucionales de autodeterminación y soberanía, debemos impulsar políticas públicas nacionales e internacionales acordes con esta nueva realidad de cooperación y entendimiento, alejadas de ideologías que históricamente no corresponden a la vocación democrática del pueblo de México ni al clima de libertad que los mexicanos desean vivir.
El tiempo se convierte en un factor decisivo. México necesita adaptar su política económica y exterior a las nuevas condiciones del sistema internacional. Esto implica tres tareas fundamentales: aprovechar las oportunidades de integración económica con América del Norte; fortalecer nuestra autonomía energética y productiva, garantizando seguridad jurídica para la inversión extranjera aplicada estratégicamente en energía, transmisión y desarrollo regional; y desarrollar una política exterior inteligente, basada en la cooperación y el pragmatismo.
México debe mantener sus principios históricos como nación soberana, pero al mismo tiempo actuar con realismo estratégico frente a los cambios del mundo contemporáneo. La recomposición geopolítica impulsada por Estados Unidos, la competencia entre grandes potencias, el conflicto activo en Medio Oriente y la centralidad de la energía y el comercio están redefiniendo el equilibrio mundial.
Para México, el desafío no es menor. La revisión del T-MEC, las nuevas condiciones económicas globales y la exclusión del país de la coalición hemisférica de seguridad obligan a pensar con visión estratégica. Más que reaccionar con indignación ante las presiones de nuestro principal socio comercial, México debe anticiparse a ellas, fortalecer su capacidad económica y actuar con inteligencia política.
Como enseñó Churchill, la democracia es imperfecta, pero es el único camino que vale la pena defender. Y como recordó Weber, defenderla requiere pasión y mesura al mismo tiempo. En el nuevo orden internacional que ha comenzado, nuestro país tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de redefinir su papel en el mundo. No mañana. Desde hoy.




