JALISCO
Le estalla a Lemus la crisis del agua
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
Las omisiones y las indecisiones recurrentes de la clase gobernante en materia hídrica durante los últimos años hacen crisis en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) con el colapso del SIAPA, que se veía venir, pero las autoridades responsables simplemente patearon el bote y ahora vemos sus consecuencias.
En las últimas semanas, esa realidad ha estallado en la cara del gobierno de Pablo Lemus Navarro. Decenas de miles de habitantes de al menos 170 colonias de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) han recibido de sus tuberías un líquido turbio, de colores sospechosos y con olores pestilentes.
No se trata de un incidente aislado: el agua que llega a los hogares no sirve ni para lavar trastes ni para cepillarse los dientes, según denuncias ciudadanas y alertas de autoridades sanitarias.
La crisis ha generado protestas, preocupación por la salud pública y un profundo malestar social, justo en un momento en que Guadalajara se prepara para eventos de gran visibilidad internacional.
Ante la presión, el gobernador Pablo Lemus destituyó al titular del SIAPA, Antonio Juárez Trueba, y nombró en su lugar a Ismael Jáuregui Castañeda, con experiencia en obra pública.
Lemus reconoció públicamente omisiones durante la gestión anterior: aunque Juárez Trueba contaba con un perfil técnico sólido, no se tomaron decisiones ejecutivas con la urgencia que el problema requería. “Hubo muchas omisiones, no se tomaron buenas decisiones”, admitió el mandatario, asumiendo además una “responsabilidad histórica” en el rescate del organismo, que arrastra una crisis institucional y presupuestal de años.
Como medidas inmediatas, se han destinado más de mil millones de pesos a intervenciones emergentes en colectores de Tlajomulco, El Salto y Tlaquepaque, así como a la construcción de una planta de bombeo para evitar la contaminación a través del canal Las Pintas.
Sin embargo, las soluciones de fondo requieren inversiones millonarias a mediano y largo plazo.
El gobernador Lemus ha solicitado el apoyo de la presidenta Claudia Sheinbaum para dos proyectos prioritarios que suman alrededor de 15 mil millones de pesos. El primero es la construcción de un nuevo acueducto Chapala-Guadalajara, que sustituiría al actual, construido hace casi 40 años y cuya vida útil se agotó hace más de una década.
El segundo implica la ampliación y modernización de la planta potabilizadora número 1 de Miravalle, una instalación de más de 70 años de antigüedad que actualmente procesa entre el 58% y el 63% del agua que se distribuye en la metrópoli.
Esta planta fue diseñada para tratar agua de otra época y hoy enfrenta niveles de contaminación que incluyen microplásticos, residuos farmacéuticos y descargas industriales y domésticas no controladas del río Santiago y sus afluentes.
El gobernador ha planteado un esquema de financiamiento en el que el gobierno federal aportaría aproximadamente una tercera parte, y el estado cubriría el resto mediante un programa multianual.
Estas obras buscan no solo aumentar el caudal y mejorar la calidad, sino también reducir la vulnerabilidad del sistema ante fugas, contaminación y el crecimiento demográfico de la ZMG.
Ante este panorama, volvemos a preguntar: ¿qué sucedió con las “cuentas alegres” de Enrique Alfaro Ramírez?
Durante su administración (2018-2024), el entonces gobernador de Movimiento Ciudadano presumió en múltiples ocasiones que su gobierno había “resuelto” el problema de abastecimiento de agua para la metrópoli por los próximos 50 años.
Se habló de obras históricas, del saneamiento del río Santiago, del reúso de aguas residuales y de un paquete de inversiones que supuestamente garantizaban el abasto a largo plazo. “A mí me va a tocar dejar resuelto el tema del desabasto por 50 años”, llegó a afirmar.
La realidad, sin embargo, ha demostrado ser mucho más terca que las declaraciones políticas. Lejos de una solución estructural consolidada, el SIAPA heredó y agravó problemas crónicos: redes de distribución antiguas con altas pérdidas por fugas, plantas potabilizadoras rebasadas por la contaminación acumulada durante décadas, mantenimiento diferido y una gestión que minimizó e ignoró la magnitud del problema.
Lo que hoy enfrenta Pablo Lemus no es un problema nuevo, sino la acumulación de omisiones de varias administraciones, incluidas aquellas que vendieron como logro histórico lo que en los hechos resultó insuficiente.
Mejorar la calidad del agua en Guadalajara no es solo una cuestión técnica o de inversión. Requiere voluntad política sostenida, coordinación entre los nueve municipios de la ZMG, fiscalización estricta de descargas clandestinas (tanto industriales como domésticas) y una reingeniería integral del SIAPA, no solo un cambio de titular.
Incluye también educación ciudadana para el uso racional del recurso y mecanismos de participación social que eviten que el tema solo salga a la luz cuando el agua huele mal.
La crisis actual deja lecciones claras. Primero, que las promesas de “soluciones para 50 años” sin mantenimiento continuo y sin enfrentar la contaminación de origen son ilusorias.
Segundo, que la infraestructura hídrica envejecida no soporta más parches ni discursos triunfalistas.
Tercero, que el derecho humano al agua potable y de calidad no puede seguir supeditado a ciclos electorales ni a la grandilocuencia de gobernantes en turno.
Jalisco necesita pasar de la retórica a la acción concreta y sostenida. El relevo en el SIAPA y la solicitud de recursos federales son pasos necesarios, pero insuficientes si no van acompañados de transparencia en el uso de los fondos, rendición de cuentas y un plan maestro que integre abasto, saneamiento, reúso y conservación de cuencas.
Mientras tanto, miles de familias en Guadalajara siguen lidiando con agua que no pueden usar. El costo no es solo económico o logístico: es sanitario, social y de confianza en las instituciones.
La terquedad de la realidad hídrica de Jalisco exige menos discursos y más tuberías limpias, plantas modernas y gobernantes dispuestos a priorizar el largo plazo sobre las fotos de inauguración.
La historia del agua en la ZMG es, en buena medida, la historia de las oportunidades perdidas y las decisiones postergadas. Ojalá esta crisis sirva para romper ese ciclo y no solo para generar un nuevo capítulo de promesas que, nuevamente, choquen contra la misma pared.




