MUNDO
Irán no es Venezuela. El fiasco de Trump en Irán: de la “victoria rápida” al pantano petrolero que no se apodera
Por Gabriel Ibarra Bourjac
Transcripción de texto a voz
1 de abril de 2026. Mientras Donald Trump promete desde el Despacho Oval que Estados Unidos se retirará de la guerra contra Irán “en dos o tres semanas” y que el conflicto terminará “muy pronto”, Israel lanza una nueva oleada de bombardeos sobre Teherán y el ejército iraní responde atacando un petrolero en Kuwait, incendiándolo y golpeando objetivos en el Golfo Pérsico.
Cuatro soldados israelíes mueren en Líbano. El saldo ya supera los tres mil muertos en toda la región; los precios del petróleo se han disparado por encima de los 4 dólares el galón en Estados Unidos y el Estrecho de Ormuz sigue siendo un polvorín.
El contraste es brutal. Trump habla de retirada inminente y de que “prácticamente no queda nada por destruir”. Irán, a través de su presidente Masoud Pezeshkian, dice a la Unión Europea que tiene “la voluntad necesaria” para frenar la guerra, pero exige garantías firmes de que los ataques no se repetirán.
La Casa Blanca responde con bravuconería: “Estamos preparados para frenar cualquier ataque”. La realidad sobre el terreno es otra: la guerra no termina, se enquista.
¿Qué buscaba Trump realmente?
La pregunta es legítima y cada vez más incómoda para la administración estadounidense. Trump ha dejado entrever, en conversaciones y declaraciones, su “preferencia” por aplicar en Irán el modelo Venezuela: tomar el control del petróleo.
En Venezuela lo hizo tras la intervención que derrocó a Nicolás Maduro; aquí, según sus propias palabras, le gustaría “tomar el petróleo” de Irán, especialmente en instalaciones como Kharg Island, “muy fácilmente”.
Pero Irán no es Venezuela. Venezuela era un país con instituciones debilitadas, oposición fragmentada y un ejército que no ofreció resistencia significativa.
Irán es una nación de 90 millones de habitantes, con un aparato militar-ideológico consolidado, experiencia en guerras asimétricas, aliados regionales (Hezbolá, hutíes, milicias chiíes) y capacidad para cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial.
Trump imaginó un golpe quirúrgico que acabara con el programa nuclear, debilitara al régimen y permitiera el acceso al crudo iraní.
Lo que obtuvo fue la muerte del líder supremo Ali Khamenei, miles de civiles y militares iraníes fallecidos (incluido el trágico bombardeo de una escuela de niñas), una respuesta iraní que ha dañado instalaciones energéticas y buques, y un alza global de precios que ya golpea a los consumidores estadounidenses.
El “modelo Venezuela” se ha convertido en un espejismo peligroso. En lugar de apoderarse del petróleo iraní, Estados Unidos e Israel han provocado una crisis energética que obliga a liberar reservas estratégicas y a relajar sanciones sobre crudo ruso e iraní en tránsito para intentar calmar los mercados.
Trump asegura que los precios caerán tras la retirada, pero mientras habla, un petrolero arde en Kuwait y el Golfo vive bajo amenaza constante.
La desconexión entre el discurso y la realidad
Trump ha oscilado entre la euforia (“estamos obliterando al otro lado”, “hemos ganado en muchos sentidos”) y el pragmatismo tardío (“vamos a retirarnos en dos o tres semanas”, “no necesitamos un acuerdo para salir”).
Anunció un plan de 15 puntos para el cese al fuego que Irán rechazó de plano. Prometió que no enviaría más tropas, pero el despliegue regional sigue. Dijo que no quería un alto el fuego mientras “estamos ganando”, y ahora habla de salida inminente sin que Teherán se haya rendido.
Esta inconsistencia revela el núcleo del problema: la operación, bautizada en algunos círculos como “Epic Fury”, se lanzó con objetivos maximalistas (cambio de régimen incluido) y ahora se busca una salida mínima que permita declarar victoria y marcharse.
Pero Irán no colabora. Pezeshkian exige garantías contra futuras agresiones; Teherán mantiene el control efectivo sobre partes del Estrecho y sigue retaliando.
Israel, por su lado, continúa golpeando, prolongando un conflicto que Washington parece querer cerrar cuanto antes.
El saldo estratégico es desolador para la narrativa trumpista. El programa nuclear iraní ha sufrido daños, sí, pero no ha sido eliminado. El régimen sobrevivió a la muerte de Khamenei (Mojtaba Khamenei asumió como nuevo líder supremo).
La “coalición” internacional que Trump buscó nunca se materializó plenamente: Europa critica, China y Rusia observan con interés cómo Occidente se empantana, y los aliados del Golfo pagan el precio en inestabilidad.
Un pantano que recuerda lecciones olvidadas
Trump criticó durante años las “guerras infinitas” de sus predecesores. Ahora lidera una que, aunque prometida como corta y decisiva, ya entra en su segundo mes con un final abierto.
La comparación con Venezuela resulta especialmente cruel para su argumento: allí el petróleo fue accesible; aquí, intentar “tomarlo” significaría una ocupación prolongada que nadie en Washington desea.
Irán ha demostrado que puede resistir, retaliar y negociar desde la fuerza. Estados Unidos e Israel han mostrado poderío militar, pero también los límites de ese poderío cuando se enfrenta a un país cohesionado, con profundidad estratégica y aliados dispuestos a abrir frentes secundarios en Líbano, Yemen o el Golfo.
Mientras Trump se prepara para dirigirse a la nación esta noche, la pregunta que flota en el aire es incómoda: ¿fue este ataque un ejercicio de disuasión necesario o un error de cálculo estratégico disfrazado de audacia?
La historia reciente del Medio Oriente está llena de intervenciones que empezaron con promesas de victoria rápida y terminaron en costos exorbitantes, tanto en vidas como en prestigio.
Irán no es Venezuela. Trump lo está descubriendo tarde. Y el mundo, con precios del combustible por las nubes y un Estrecho de Ormuz en llamas, también lo está pagando.
El reloj corre. Dos o tres semanas, dice Trump. Veremos si la realidad, una vez más, le da la razón o le cobra la factura.




