MUNDO
Petróleo, Ormuz y el espejismo de la guerra relámpago
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
En el gran tablero de la geopolítica, donde los intereses petroleros siempre mueven las piezas con más cinismo que ideología, el presidente Donald Trump ha lanzado un ataque unilateral en alianza con Israel contra Irán.
Y como suele ocurrir en estos juegos del poder, detrás de los discursos sobre seguridad y armas de destrucción masiva asoma, sin mucho disimulo, el olor del crudo.
Por un lado, los grandes grupos petroleros estadounidenses fueron de los más generosos financiadores de su segunda campaña presidencial.
Por el otro, la estrategia parece tener un doble propósito: usar el petróleo como arma en la confrontación estratégica con China. Irán es, después de todo, uno de los principales productores de petróleo del mundo y un jugador clave en gas natural.
Buena parte de ese recurso ha fluido hacia Pekín —y en su momento también hacia Europa—, alimentando la máquina económica del gigante asiático.
Controlar o al menos desestabilizar esa fuente es, en el fondo, una jugada contra el gran rival del siglo XXI. No es la primera vez que Trump juega esta carta. Ya lo intentó con Venezuela: intervenir para deponer a la dictadura de Nicolás Maduro y disponer del petróleo venezolano.
Hoy, con el control efectivo —aunque no total— de ese recurso en manos de actores alineados con Washington, son precisamente las grandes corporaciones petroleras que respaldaron su retorno las que se están llevando la mejor parte. Estados Unidos define, una vez más, el destino de ese oro negro.
Y cabría preguntarse cómo se reconfigurará ahora el flujo hacia China, ahora que Caracas ya no responde exclusivamente a los intereses de Maduro.
La comparación con la invasión de Irak en 2003 resulta inevitable. Entonces, George W. Bush y sus aliados europeos justificaron la guerra con el argumento de las armas de destrucción masiva y los supuestos vínculos de Saddam Hussein con Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre.
Nada de eso se probó. Pero el resultado fue claro: cayeron Saddam y su régimen, se instaló un gobierno amigo, se colgó al dictador y las empresas petroleras estadounidenses se posicionaron cómodamente en el botín.
Trump prometió algo parecido con Irán: acción rápida, cambio de régimen y freno a su programa nuclear. Sin embargo, la realidad ha sido terca.
La operación, que se suponía quirúrgica y breve, se ha alargado más de lo anunciado. Irán no ha cedido. Por el contrario, cerró el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, generando un caos global en precios y suministros.
Trump ha respondido con amenazas brutales: destruir no solo instalaciones eléctricas, sino también plantas desalinizadoras y toda la infraestructura crítica del país.
Aun así, Teherán resiste. A diferencia de la campaña relámpago de Bush contra Saddam, aquí el objetivo político-militar no se ha cumplido.
La guerra se complica, el petróleo se encarece y el mundo paga la factura. ¿Logrará Trump, en tres semanas o en tres meses, deponer al gobierno iraní y reabrir el estrecho bajo sus condiciones?
Todo indica que no será tan sencillo. Irán ha convertido el control de Ormuz en su principal carta de negociación y, por ahora, no parece dispuesto a soltarla.
Al final, como en tantos capítulos de estos Juegos del Poder, la retórica de la “amenaza existencial” sirve de cortina mientras se redefine el mapa del petróleo mundial.
Lo que está en juego no es solo el futuro de Irán, sino quién controlará los flujos energéticos que siguen moviendo —y torciendo— la economía global.
Y en ese juego, Trump apuesta fuerte… aunque el tablero, esta vez, se muestra más rebelde de lo previsto.
