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Pagos, tecnología y geopolítica: Los cimientos de un nuevo orden económico

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Actualidad, por Alberto Gómez R.

No hace falta ser especialista para notar que algo ha cambiado en la forma en que el mundo mueve su dinero. Durante décadas, la arquitectura financiera global descansó sobre pilares sólidos y, sobre todo, occidentales: el dólar como moneda de reserva; las redes Visa y MasterCard como los rieles por los que viajaban las transacciones; y un puñado de bancos corresponsales en Nueva York y Londres como los guardianes del comercio internacional.

Sin embargo, bajo la superficie de las estadísticas macroeconómicas —crecimientos del PIB que el Foro Económico Mundial sitúa en un rango cercano al 3% para 2026 y presiones inflacionarias que se disipan de manera desigual— se está gestando una transformación silenciosa pero profunda. Hay al menos cuatro factores clave que están moldeando una nueva economía mundial, desde el auge de sistemas públicos de pago alternativos hasta la fragmentación estratégica de las cadenas de suministro globales.

Factor 1: La búsqueda de autonomía financiera y el auge de los sistemas de pago alternativos

El primer factor, y quizás el más visible para el ciudadano de a pie, es el creciente impulso por construir sistemas de pago que operen al margen de la infraestructura financiera tradicional dominada por Estados Unidos. La invasión de Ucrania y las subsecuentes sanciones financieras a Rusia enviaron una señal de alarma a medio mundo: la dependencia del dólar y de las redes de pago occidentales es, en el fondo, una vulnerabilidad estratégica.

Ahora, esa desconfianza se ha acelerado por las políticas del presidente Donald Trump, cuyo enfoque de “America First” ha llevado a gobiernos y empresas en Europa, Asia y América Latina a preguntarse si pueden seguir confiando ciegamente en un sistema que, de un día para otro, podría ser utilizado como un arma geopolítica.

En este contexto surge un ejemplo emblemático: PIX, el sistema público de pagos digitales desarrollado por el Banco Central de Brasil. Lanzado en 2020, PIX permite transferencias instantáneas las 24 horas sin costo para los consumidores, operando completamente por fuera de las redes de tarjetas y de la banca tradicional de corresponsalía. Su éxito ha sido rotundo y ha inspirado a otras naciones.

Sin embargo, la verdadera revolución se está dando en Europa, donde el temor a ser “desconectados” del sistema financiero estadounidense ha catalizado una cooperación inédita. La CEO de la Iniciativa Europea de Pagos (EPI), Martina Weimert, declaró a Reuters que dos grandes comerciantes europeos citaron explícitamente la “resiliencia internacional” como la razón para sumarse a Wero, la plataforma paneuropea que busca rivalizar con Visa, MasterCard y Apple Pay.

“Los pagos se están convirtiendo en una industria crítica”, afirmó recientemente Fernando Rodríguez, director general adjunto de Expansión Internacional de Bizum, la exitosa plataforma española de pagos entre particulares. “Queremos no depender tanto de soluciones americanas”.

Este sentimiento se ha traducido en acciones concretas. Bizum, junto con sus homólogas de Portugal e Italia, ya ha interconectado sus sistemas, realizando más de 50 mil operaciones transfronterizas, y planea unirse a finales de 2026 con la alianza EPI —que agrupa a las soluciones de Francia, Alemania, Bélgica y Países Bajos— para crear un verdadero sistema de pagos paneuropeo que abarcará a más de 120 millones de usuarios.

Más allá de las transferencias entre personas, el siguiente paso es el pago en comercios físicos, un terreno dominado por Google Pay y Apple Pay. Para competir, Bizum lanzará en 2026 su propio monedero digital, Bizum Pay, que permitirá pagar con el móvil sin necesidad de intermediarios estadounidenses, ni en la capa del monedero ni en la de la red de pagos.

Simultáneamente, nueve grandes bancos europeos —entre ellos CaixaBank, ING y UniCredit— han formado una alianza para lanzar en 2026 su propia stablecoin (criptomoneda estable) ligada al euro. Supervisada por el Banco Central de los Países Bajos y diseñada bajo el paraguas regulatorio de MiCA (Reglamento de Mercados de Criptoactivos de la UE), esta criptomoneda busca crear un estándar confiable para pagos y liquidación de valores, ofreciendo una alternativa europea a Tether y Circle.

Paralelamente, en el frente más libertario y tecnológico, surgen proyectos como Colossus, que intenta construir una red de tarjetas de crédito soberana sobre una blockchain de Ethereum, operando sin los requisitos tradicionales de identificación (KYC) y sin pasar por los bancos emisores. Aunque estas iniciativas son aún incipientes y de alto riesgo, ilustran la efervescencia de un ecosistema que busca alternativas al statu quo.

Factor 2: La regionalización de las cadenas de suministro y la erosión de la hiperglobalización

El segundo gran factor estructural es el abandono del dogma de la eficiencia por el de la resiliencia. Durante décadas, las empresas optimizaron sus cadenas de suministro para producir al menor costo posible, sin importar la distancia geográfica. Ese modelo, conocido como just-in-time (justo a tiempo), ha muerto. Su reemplazo es un sistema más caro, más redundante y profundamente regionalizado.

El Foro Económico Mundial, en su informe Global Value Chains Outlook 2026, es categórico: asistimos a un “recableado estructural de la globalización”, alejándose del modelo lineal de “producir en cualquier lugar, entregar en cualquier lugar”.

Las causas son múltiples y se refuerzan entre sí. Por un lado, los choques geopolíticos —como las interrupciones en el Mar Rojo o las tensiones en el Mar de China Meridional— han demostrado la fragilidad de las rutas marítimas globales. Por otro, el auge de las políticas industriales nacionales incentiva la producción local o de “amigos” (friendshoring).

La magnitud del cambio es abrumadora. El informe del WEF señala que en 2025 se registraron más de 3 mil nuevas medidas relacionadas con el comercio, una cifra 3.5 veces superior a la de 2016. El resultado es una fragmentación del sistema global en bloques competitivos centrados en Estados Unidos, China y la Unión Europea.

Factor 3: La tecnología como catalizador y campo de batalla de la desagregación

Si la regionalización es el qué, la tecnología es el cómo. El tercer factor que redefine la economía global es el papel dual de la innovación tecnológica, especialmente la inteligencia artificial (IA), como herramienta para gestionar la fragmentación y, al mismo tiempo, como un nuevo frente de competencia geopolítica.

Por un lado, la IA se está convirtiendo en una herramienta indispensable para la resiliencia. Las empresas utilizan algoritmos predictivos para mapear sus cadenas de suministro, identificar cuellos de botella y diversificar proactivamente sus fuentes de abastecimiento.

Por otro, la tecnología es en sí misma un objeto de disputa. El acceso a los semiconductores más avanzados, a la infraestructura de nube y a los datos para entrenar grandes modelos se está convirtiendo en un privilegio de unos pocos, profundizando las brechas digitales a nivel global.

Factor 4: El nuevo papel del Estado: de regulador a inversor estratégico

El cuarto y último factor es la redefinición del papel del Estado en la economía. Durante la era neoliberal, la función del gobierno era principalmente establecer las reglas del juego y luego retirarse. Hoy, en cambio, los Estados han vuelto a ser actores centrales.

Este fenómeno, conocido como “capitalismo de Estado” o “política industrial 2.0”, se manifiesta en inversiones millonarias en sectores estratégicos como semiconductores, energías renovables e infraestructura digital.

Hacia un nuevo equilibrio

La economía mundial no se está derrumbando, pero está cambiando de forma irreversible. Los cuatro factores analizados están dibujando los contornos de un sistema multipolar, más caro y menos fluido que el de hace una década.

La pregunta ya no es si el mundo será más fragmentado, sino qué tipo de equilibrio se alcanzará en esa fragmentación y quién tendrá la capacidad de construir los puentes —tecnológicos, financieros y comerciales— que aún conectarán los distintos bloques de un planeta que, aunque más dividido, sigue siendo uno solo.


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