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Laberinto sin salida: Palestina e Israel, entre la fe y la geopolítica

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Opinión, por Juan Raúl Gutiérrez Zaragoza

Cada 29 de noviembre, el mundo recuerda al pueblo palestino en una jornada que la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció en 1977 como el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Trataré, en un apretado resumen, de describir el origen de este conflicto ampliamente conocido, por supuesto, desde mi perspectiva.

Esta fecha no es casual: ese mismo día, en 1947, la ONU aprobó la Resolución 181, conocida como el Plan de Partición, que proponía dividir Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, con Jerusalén bajo un régimen internacional especial. De los dos Estados previstos, solo Israel se constituyó; el Estado palestino jamás llegó a materializarse.

Desde entonces, cada año se invita a reflexionar sobre los derechos inalienables del pueblo palestino —autodeterminación, independencia y soberanía— y sobre un conflicto que continúa sin resolverse.

Ese conflicto hunde sus raíces en una historia antigua. La región conocida como Palestina ha sido habitada por diversos pueblos durante milenios: cananeos, filisteos e israelitas, quienes, según fuentes bíblicas y arqueológicas, se asentaron allí hace más de tres mil años. Con el paso de los siglos, la tierra estuvo bajo dominio romano, bizantino, árabe musulmán, cruzado, otomano y británico.

Tras la Primera Guerra Mundial, Palestina quedó bajo mandato británico y, en 1948, se proclamó el Estado de Israel, lo que desencadenó la primera guerra árabe-israelí y el desplazamiento de cientos de miles de palestinos.

Israel sostiene su derecho a la tierra sobre tres pilares: el histórico-religioso, pues el judaísmo reconoce la región como la “Tierra Prometida” otorgada por Dios a Abraham; el político, derivado del movimiento sionista que, tras el Holocausto, impulsó la creación de un Estado judío seguro; y el legal, basado en la declaración de independencia de 1948 y en el reconocimiento internacional de su soberanía, aunque no todos los países lo aceptan.

Los palestinos, por su parte, recuerdan que ya habitaban la región, que esa tierra era su hogar, que la partición aprobada por la ONU nunca fue aceptada por los países árabes y que su expulsión dio inicio a una lucha que continúa hasta hoy.

La religión vuelve la disputa más compleja que una simple cuestión territorial. Para los judíos, la tierra es identidad y fe; para los musulmanes, Jerusalén es sagrada por la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más importante del islam; para los cristianos, es la Tierra Santa. Tres credos, un mismo espacio y un conflicto donde lo simbólico pesa tanto como lo político.

En medio de todo, Gaza. Una franja diminuta, densamente poblada, que se ha convertido en epicentro de la tensión. Su ubicación en la costa mediterránea, cercana al Canal de Suez, la vuelve estratégica para el comercio y la seguridad regional. Basta ver el mapa: Gaza conecta África y Asia, y su control afecta directamente a Egipto, Israel y el equilibrio de Oriente Medio. Allí, entre calles estrechas y edificios castigados por la guerra, se libra una batalla militar, política, local y global.

La pregunta sobre si Dios prometió esa tierra a ambos pueblos tiene una respuesta que pertenece al ámbito de la fe. La Biblia hebrea habla de la promesa a Abraham y sus descendientes —interpretados como el pueblo judío—; el islam reconoce a Abraham como profeta y considera la zona una tierra bendita, aunque no exclusiva; el cristianismo la entiende como un espacio de historia sagrada, pero desde una perspectiva espiritual. La promesa divina, entonces, no es un hecho verificable, sino una convicción que alimenta identidades y, al mismo tiempo, profundiza diferencias.

En este espacio reducido que concentra tanto dolor y tanta historia, sigue viva una pregunta sin respuesta definitiva: ¿cómo reconciliar la memoria con el futuro?

Mi respuesta parte de reconocer que el conflicto no puede verse solo como disputa por territorio. Es historia acumulada, religión entrelazada con política y geopolítica que convierte cada kilómetro en una pieza estratégica. Resolverlo implica aceptar que sus raíces son tan profundas como las creencias que lo sostienen, y que la tierra es más que suelo: es símbolo, memoria y destino.

La disputa entre Israel y Palestina seguirá siendo un laberinto sin salida mientras se sustente en una promesa divina imposible de verificar. La fe, por más legítima y profunda que sea, no puede convertirse en título de propiedad ni en documento jurídico. Tomar a Dios como agente inmobiliario no resuelve el problema, porque la religión no provee pruebas ni acuerdos verificables: lo que para unos es la Tierra Prometida, para otros es la tierra heredada de sus ancestros.

La única salida plausible es secularizar el conflicto: trasladarlo del terreno de las creencias al de los derechos; de la espiritualidad a la política; de la memoria religiosa a la convivencia práctica. Solo en el marco del derecho internacional, la soberanía reconocida y los acuerdos políticos puede abrirse un camino hacia la paz. La fe puede seguir siendo parte de la identidad de cada pueblo, pero no puede ser el argumento que defina fronteras.

Mientras ambas partes sigan reclamando un derecho basado en una promesa divina, el futuro quedará atrapado en un círculo interminable. Pero si logran separar religión y negociación, la tierra dejará de ser símbolo inalcanzable y podrá convertirse en espacio compartido, en territorio para la convivencia y no para la guerra. La paz, en ese sentido, no vendrá de lo alto, sino de lo humano: de la capacidad de entender que la historia y la geopolítica se resuelven con acuerdos, no con dogmas.

• Juan Raúl Gutiérrez Zaragoza es doctor en Derecho por la Universidad Panamericana y doctorante en Filosofía por la Universidad Autónoma de Guadalajara.


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