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ENTREVISTAS

Enrique Ibarra y su libro sobre Mariano Otero: El jalisciense que anticipó la lucha de clases y los derechos humanos

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Por Gabriel Ibarra Bourjac

La fascinación de hoy por Mariano Otero de Enrique Ibarra empezó al llegar a sus 15 años de edad, cuando desde su natal Tototlán ingresa a la preparatoria No. 3 de la UdeG. Los cursos de oratoria e historia, siempre referenciaban a Otero.

“En mi retiro de la política, la que por vocación y profesión practiqué por 55 años, como un homenaje a la memoria de Mariano Otero Mestas publico esta sencilla obra editorial en la que se aportan datos personales de sus ascendientes, de su vida personal y familiar que lo describen como un esposo y padre de familia tierno y amoroso”, destaca el autor en el prólogo que escribió en el mensaje que plasma en el libro.

“Mariano Otero, académico, político y jurista (Ediciones Cal y Arena), es un libro que rescata y analiza la figura de uno de los pensadores más influyentes del México del siglo XIX”, expresa Enrique Ibarra en entrevista con Conciencia Pública iluminándosela la mirada y hablando con elocuencia al mostrar su fascinación por este gran personaje jalisciense cuya obra trasciende su tiempo.

El ex secretario general de gobierno de Jalisco, convertido en una de las figuras más destacadas y respetadas de la vida política de Jalisco en las últimas cinco décadas, expresa su agradecimiento a Rafael Pérez Gay y a Ediciones Cal y Arena, porque este libro se hizo realidad.

Nacido en Guadalajara el 4 de febrero de 1817 y fallecido prematuramente el 31 de mayo de 1850 a los 33 años, Mariano Otero y Mestas es reconocido como precursor del juicio de amparo —el instrumento jurídico que protege los derechos de los ciudadanos frente a abusos de autoridad— y coautor, junto con Manuel Crescencio Rejón, de las bases que incorporaron las garantías individuales en la Constitución de 1857.

Su breve pero intensa trayectoria como diputado constituyente (1842 y 1847), alcalde de la Ciudad de México (1844), canciller y secretario de Gobernación lo posiciona como un liberal moderado cuya visión federalista, garantista y anticentralista marcó el rumbo del derecho constitucional mexicano.

Desde su infancia huérfana y en condiciones de precariedad económica, Otero demostró un talento excepcional: a los 18 años obtuvo el título de abogado por examen extraordinario ante el Supremo Tribunal de Justicia de Jalisco, sin haber cursado la carrera formal, y se convirtió en profesor de la Universidad de Guadalajara.

Su formación en el Seminario Tridentino y la Real Universidad de Guadalajara lo dotó de un enciclopedismo notable, con dominio de lenguas clásicas, filosofía, retórica y conocimientos de economía política, historia y constituciones extranjeras.

En su ensayo de 1842, Ensayo sobre la situación política y social que agita la República Mexicana, anticipó ideas sobre la desigualdad derivada de la distribución de la propiedad, la lucha de clases y la necesidad de clases medias como motor de progreso —seis años antes del Manifiesto Comunista de Marx y Engels—, mientras defendía un liberalismo moderado que colocaba a la nación por encima de facciones extremas.

El libro de Ibarra Pedroza, presentado con la participación de figuras como José Woldenberg y Rafael Pérez Gay, repasa no solo la biografía de Otero —desde su primer libro sobre Fray Antonio Alcalde hasta sus discursos históricos de más de tres horas en el Congreso Constituyente—, sino también su rol en momentos críticos: su oposición a Santa Anna, su prisión política, su voto en contra del Tratado de Guadalupe Hidalgo (uno de cuatro senadores) y su énfasis en la independencia del Poder Judicial.

Otero fue pionero en el uso del término «derechos humanos» en documentos mexicanos, proponiendo su respeto universal y un régimen penitenciario basado en principios humanitarios. Su legado perdura en el juicio de amparo, incorporado formalmente en 1857 y consolidado en 1917, que hoy protege las garantías individuales ante cualquier acto de autoridad.

LIBERAL MODERADO Y ENCICLOPÉDICO:

¿Cómo inició su encuentro con la figura de Mariano Otero?

Mi vínculo con Mariano Otero comenzó al llegar a los 15 años desde Tototlán a la Preparatoria Número 3 de la Universidad de Guadalajara. Allí, los concursos de oratoria e historia siempre referenciaban a Otero como un referente.

Al ingresar a la Escuela de Derecho, mientras trabajaba como notificador en la Tesorería del Estado, veía diariamente los bustos de Otero y de Ignacio Luis Vallarta en la antigua sede de la escuela, en Avenida de los Maestros. Esos no eran solo figuras de piedra: representaban espíritus e inteligencias que ayudaron a construir Jalisco y México.

Ambos están en la entrada de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en la Ciudad de México. Lo singular de Otero es que, a diferencia de Vallarta —ministro y presidente de la Corte—, él nunca fue juez ni ministro, pero su breve vida (1817-1850) fue extraordinariamente fecunda como académico, político y jurista.

Otero estudió en el Seminario Tridentino de San José (hoy Museo Regional de Guadalajara) y en la Real Universidad de Guadalajara. Proveniente de una familia acomodada, quedó huérfano a los 8 y 11 años (padre y madre), enfrentando la indigencia, pero con esfuerzo propio dominó griego, latín, filosofía y retórica.

Dio clases en la universidad, litigó y actuó como mediador en conflictos, precursor de la justicia alternativa.

¿Cómo fue su trayectoria política y cuáles son sus aportes más destacados?

Otero abrazó la política con temple: perdió sus primeras cinco candidaturas (tres como vocal propietario y dos como suplente en la Junta de Gobierno), pero demostró carácter. En 1842, a los 25 años, ganó como diputado al Congreso Constituyente, mudándose a la Ciudad de México sin regresar a Guadalajara.

Se casó a los 19 años y tuvo varios hijos (al menos cinco). Su vida fue una exhalación, como si presintiera su brevedad.

Sus obras clave incluyen una biografía de Fray Antonio Alcalde (su primer libro a los 25 años), donde destaca la generosidad del obispo que combatió la corrupción eclesiástica, triplicó las rentas del obispado y fundó el Hospital Real de San Miguel de Belén (hoy Hospital Civil, con mil camas, jardín botánico medicinal, templo y cementerio).

Alcalde invirtió 244 mil pesos en el hospital, casas para visitantes y el Santuario de Guadalupe. En Guadalajara 1842, describe la ciudad al cumplir 300 años.

El ensayo principal de Mariano Otero, sobre la situación política y social que agitaba la República Mexicana (1842), diagnosticó la desigualdad por la distribución de la propiedad, anticipando seis años ideas de Marx y Engels sobre lucha de clases, proletariado rural y urbano, y la esperanza en las clases medias.

En el Congreso de 1842, pronunció un discurso histórico de más de tres horas defendiendo el liberalismo moderado: la nación no pertenece a partidos extremos (demagogos o reaccionarios), sino que debe estar por encima de facciones. Guillermo Prieto y Jesús Reyes Heroles lo elogiaron.

En 1847, como constituyente, criticó a Santa Anna y estuvo preso. Durante la invasión estadounidense, votó en contra del Tratado de Guadalupe Hidalgo (uno de cuatro senadores) y, como canciller y secretario de Gobernación, gestionó la repatriación.

Propuso reformas al Poder Judicial (independiente, sin injerencia política-electoral), elección de ministros con intervención del Congreso y estados, voto popular y respeto a los derechos humanos —término que usó en denuncias contra abusos del Ejecutivo—.

Enrique Ibarra Pedroza concluye que Mariano Otero no solo es un jalisciense extraordinario, sino un mexicano cuya vigencia invita a reflexionar sobre justicia, independencia judicial y derechos humanos en el México actual. Su libro, presentado en la FIL 2025, recupera esta figura esencial para entender las raíces liberales del país.


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