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PERSONALIDADES

Eduardo Cipriano Manzanilla, nuevo fiscal anticorrupción de Jalisco: «No tengo padrinos, mi perfil es técnico»

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Por Francisco Junco

Eduardo Cipriano Manzanilla Aznárez asumió el cargo de fiscal especializado en combate a la corrupción en Jalisco con una votación amplia en el Congreso del Estado y bajo una expectativa que combina reserva institucional y exigencia pública.

Su nombramiento no ocurre en el vacío; se da en un contexto donde la figura del fiscal anticorrupción ha sido, históricamente, más una promesa que una realidad eficaz.

La imagen del nuevo fiscal, captada durante la sesión legislativa, lo muestra en un gesto solemne, con el brazo extendido y la mirada fija al frente, en el momento de rendir protesta. Traje oscuro, corbata discreta y postura rígida. Una estampa que remite más al funcionario de carrera que al político en campaña, un detalle que no pasa inadvertido en un cargo que exige distancia del ruido partidista.

Cipriano Manzanilla llega a la Fiscalía Anticorrupción con un perfil eminentemente jurídico. Abogado de formación, ha transitado por áreas técnicas y de asesoría legal dentro de la administración pública estatal, lo que le ha permitido conocer desde dentro los engranajes normativos y administrativos del gobierno.

En los últimos años, su trayectoria se ha desarrollado en dependencias clave del Ejecutivo estatal, primero como abogado general del gobernador durante la administración anterior, con Enrique Alfaro al frente del ejecutivo estatal y, más recientemente, como director general de Asuntos Jurídicos en la Secretaría de Salud. Esa cercanía con el poder es, al mismo tiempo, su mayor activo técnico y el principal foco de observación crítica.

Quienes lo respaldan destacan precisamente ese conocimiento interno del aparato gubernamental como una ventaja operativa; sabe cómo se toman las decisiones, cómo se construyen los expedientes y dónde suelen presentarse las zonas grises que facilitan prácticas irregulares. Para una fiscalía que investiga corrupción administrativa, ese mapa interno puede resultar determinante.

Sus detractores, en cambio, subrayan que esa misma cercanía obliga a extremar la vigilancia sobre su actuación futura. La Fiscalía Anticorrupción, por definición, debe investigar conductas que pueden involucrar a funcionarios en activo o a exservidores públicos con los que Cipriano Manzanilla ha compartido espacios laborales.

Consciente de ese contexto, el nuevo fiscal ha insistido en un mensaje central: no llega con padrinos políticos ni compromisos partidistas. Ha definido su perfil como técnico-académico y ha reiterado que su actuación estará guiada por la ley y no por lealtades personales.

Al salir del recinto legislativo, Manzanilla Aznárez buscó fijar de inmediato una línea de defensa sobre su nombramiento. “Yo no tengo padrinos”, afirmó de manera directa ante los reporteros, al ser cuestionado sobre los respaldos políticos detrás de su designación como fiscal anticorrupción. Añadió que el resultado en el pleno obedeció, dijo, a una valoración de su trayectoria profesional.

Los diputados valoraron mi perfil y tuve la confianza de ellos para depositar su voto a mi favor”, e insistió en que su actuación estará marcada por la autonomía institucional.

Como lo dije el día de la entrevista por la comisión, mi perfil es técnico-académico y no tengo ninguna relación política con ninguno de los sectores políticos, de los distintos partidos políticos”, sostuvo y subrayó el compromiso de que guiará su gestión. “Tengan plena confianza en que la autonomía y la creatividad van a estar plenamente garantizadas”.

Y es que el Congreso del Estado, al otorgarle 32 votos, envió una señal clara de respaldo institucional. No fue una designación dividida ni una decisión tomada al filo de la mayoría calificada. La amplitud del resultado coloca a Cipriano Manzanilla en una posición de arranque con capital político suficiente, pero también con una responsabilidad proporcional.

El día que fue electo el Fiscal Anticorrupción, el martes 20 de enero, el único orador en tribuna fue el diputado Tonatiuh Bravo Padilla, coordinador del grupo parlamentario de Hagamos, quien centró su intervención en el sentido original y la razón de ser de las fiscalías anticorrupción.

Señaló que estas instancias no se crearon para cumplir un trámite institucional ni para administrar inercias, sino para convertirse en instrumentos efectivos de credibilidad social y de contención del abuso del poder.

Bravo Padilla advirtió que la lucha contra la corrupción no puede ser retórica ni selectiva. Subrayó que, sin independencia real, autonomía funcional y blindaje frente a presiones políticas, cualquier fiscalía anticorrupción corre el riesgo de convertirse en una figura decorativa.

Recordó que estas instituciones surgieron precisamente como respuesta a la incapacidad histórica de los sistemas tradicionales de procuración de justicia para investigar a quienes concentran poder y recursos públicos.

El legislador contextualizó su postura con datos duros. Citó indicadores nacionales e internacionales que muestran bajos niveles de efectividad en el combate a la corrupción y un alto grado de percepción ciudadana de impunidad.

En ese marco, sostuvo que la designación del fiscal debía evaluarse no solo por el procedimiento legal, sino por la posibilidad real de que la Fiscalía Anticorrupción logre resultados tangibles que recuperen la confianza pública.

La Fiscalía Anticorrupción de Jalisco enfrenta un reto estructural, donde debe demostrar que puede ser algo más que una oficina administrativa con bajo impacto judicial. Las cifras de investigaciones concluidas y sentencias condenatorias han sido, hasta ahora, modestas frente a la magnitud del problema.

En ese escenario, el perfil del nuevo fiscal será evaluado menos por su pasado y más por sus primeras decisiones. Sus decisiones sobre nombramientos, equipos de investigación y prioridades de casos mostrarán sus intenciones al frente de la fiscalía.

Cipriano Manzanilla no llega como un outsider ni como un activista anticorrupción. Llega como un abogado del sistema, formado dentro de él. La incógnita es si utilizará ese conocimiento para reproducir inercias o para romperlas desde dentro.

El “beneficio de la duda” que hoy se le concede no es un cheque en blanco. Es una expectativa condicionada a resultados verificables, transparencia procesal y disposición a investigar sin distingos de jerarquía o filiación.

En el plano legislativo, su nombramiento cerró un proceso que se desarrolló con más silencios que debates. Esa contención política traslada ahora el escrutinio al terreno de los hechos, donde el margen para el discurso es limitado.

La Fiscalía Anticorrupción requiere, además de capacidad jurídica, voluntad institucional. Implica confrontar intereses, asumir costos y sostener investigaciones complejas en un entorno donde la presión política es constante.

En ese sentido, el perfil de Cipriano Manzanilla sugiere un estilo más discreto que estridente. No se espera de él una fiscalía mediática, sino una actuación basada en expedientes sólidos y procesos técnicamente cuidados.

Su experiencia en litigio y asesoría legal puede traducirse en carpetas mejor integradas, uno de los déficits históricos en los casos de corrupción. Ahí se juega una parte significativa de su credibilidad futura. El cargo que hoy ocupa no admite medias tintas. O la Fiscalía Anticorrupción empieza a generar precedentes relevantes, o continuará alimentando la percepción de ineficacia institucional que la rodea desde su creación.

Cipriano Manzanilla asume el puesto en un momento político distinto, con un nuevo gobierno estatal y un Congreso más fragmentado. Ese contexto puede ofrecer tanto oportunidades de autonomía como nuevos equilibrios que administrar.

Por ahora, el nuevo fiscal es, simplemente, el fiscal. No el “carnal”, ni el adversario, ni el redentor del sistema. Es el funcionario responsable de demostrar que la lucha contra la corrupción puede transitar del discurso a la acción.

El tiempo y los primeros casos que decida investigar marcarán la respuesta definitiva. Mientras tanto, Jalisco observa. El perfil está trazado; el desempeño, aún por escribirse.


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