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OPINIÓN

Eficiencia que quiebra a las personas: El costo humano del resultado

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Hay edificios que no se incendian, pero asfixian; no colapsan, pero pesan: lugares donde nadie grita, nadie golpea la mesa y nadie amenaza abiertamente, pero donde algo se va apagando con los días. Son espacios impecables, productivos, llenos de indicadores, metas y resultados que, por fuera, funcionan —o parecen funcionar— y se sostienen, aunque por dentro erosionan poco a poco a quienes los habitan. Ahí el desgaste no es un accidente, sino parte del diseño.

Durante mucho tiempo nos dijeron que el trabajo dignifica, y han repetido esa frase como un principio moral incuestionable, casi como una promesa de sentido. Sin embargo, la historia ya nos enseñó —de la forma más brutal— que el trabajo también puede convertirse en un instrumento de sometimiento cuando se presenta como redención.

Arbeit macht frei no era una invitación al esfuerzo, sino una mentira inscrita en la entrada de los campos de concentración; no como comparación, sino como advertencia de que incluso las ideas aparentemente nobles pueden volverse perversas cuando se desligan de la dignidad humana.

Hoy hablamos más que nunca de salud mental, pero seguimos organizando el trabajo como si las personas fueran inagotables. Protocolos de bienestar conviven con jornadas interminables; discursos sobre autocuidado se pronuncian en oficinas donde pedir un respiro es leído como debilidad y falta de compromiso; se habla de equilibrio mientras se premia la disponibilidad absoluta. La contradicción es evidente: se fomenta el cuidado, pero se administra el desgaste.

El acoso laboral, en su versión más extendida, no siempre adopta la forma burda del insulto o la amenaza. Es más sofisticado y, por lo mismo, más complejo de nombrar, pues se manifiesta en cargas de trabajo desproporcionadas, en silencios estratégicos, en exclusiones sutiles y en la constante sensación de estar a prueba.

El acoso laboral ya no necesita dejar correos ni oficios: basta con instalar la duda —no eres suficiente, algo estás haciendo mal, si no aguantas, el problema eres tú— para que la violencia cumpla su función.

Por eso este tipo de acoso es particularmente eficaz, porque rara vez se reconoce como tal. Al contrario, se normaliza, se justifica con la urgencia, con la presión institucional o con la idea de que “así es este trabajo”, y en esa normalización ocurre lo más grave: la persona comienza a interiorizar la violencia. Ya no cuestiona el entorno que la desgasta, sino que empieza a cuestionarse a sí misma.

El impacto no es inmediato, pero sí profundo. Ansiedad persistente, insomnio, irritabilidad y desmotivación se vuelven parte de la rutina; profesionales capaces empiezan a dudar de su propio criterio y personas que llevan el trabajo a casa, pero no en la computadora, sino en el cuerpo. El salario sigue llegando, pero el costo se paga en otro lado, porque el trabajo no solo remunera: también cobra, y cuando cobra con salud, el precio es demasiado alto.

Hay espacios laborales extraordinariamente productivos que son, al mismo tiempo, emocionalmente devastadores. Cumplen metas, entregan resultados y sostienen indicadores impecables que, desde fuera, parecen sinónimo de éxito, pero que por dentro dejan una estela de agotamiento silencioso. El problema es que el éxito institucional suele medirse en cifras y no en personas, y lo que no se mide, simplemente no importa.

En estos entornos, el acoso no necesita intención explícita. Basta con una cultura organizacional que prioriza el resultado por encima de todo, incluso de la persona, hasta convertir el desgaste en rutina y el silencio en una regla no escrita. No se trata de jefes crueles, sino de sistemas que funcionan mejor cuando nadie pregunta demasiado.

Por esa razón, desde el derecho, el problema es aún más complejo. ¿Cómo se prueba el desgaste cotidiano? ¿Cómo se acredita un hostigamiento que no deja rastro documental? Recordemos que se trata de una forma de violencia que opera de manera cotidiana y silenciosa, y que por esa misma razón resulta particularmente difícil de acreditar.

Por eso el problema del acoso laboral no es únicamente de voluntad, sino de diseño institucional. Un sistema que exige pruebas directas de una violencia cotidiana y difusa termina por dejar sin tutela a quienes la padecen, no porque no estén en lo cierto, sino porque el daño se produce en una zona que el derecho aún no sabe nombrar con precisión.

El problema no es la exigencia. El trabajo implica responsabilidad, presión y compromiso. El problema aparece cuando la exigencia se vuelve deshumanizante, cuando se rompe el equilibrio entre lo que se pide y lo que se cuida, cuando se asume que la persona es reemplazable, pero el resultado no. Ahí el trabajo deja de ser un espacio de desarrollo y se convierte en un mecanismo de desgaste.

Vale la pena decirlo con claridad: no todo trabajo vale cualquier costo, no toda eficiencia es virtuosa y no todo resultado justifica el daño humano que produce. Una institución que alcanza metas a costa de quebrar personas no es fuerte; es funcionalmente violenta.

Tal vez el problema no sea que las personas no aguanten el trabajo moderno. Tal vez el problema es que hemos normalizado trabajos que solo funcionan rompiendo a quienes los sostienen.


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