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Fin de una era nuclear: El tratado Nuevo START expira este 5 de febrero

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Por Redacción Conciencia Pública 

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El próximo 5 de febrero de 2026 marca un punto de inflexión histórico para la seguridad global. Ese día, el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido como Nuevo START, llegará a su fecha de expiración definitiva, dejando al mundo, por primera vez en más de medio siglo, sin un marco legal que limite los arsenales nucleares de las dos mayores potencias del planeta: Estados Unidos y Rusia.

Este acuerdo, firmado originalmente en 2010 y prorrogado en 2021, ha sido el último pilar en pie de la arquitectura de control de armas de la Guerra Fría. Su función principal era establecer techos estrictos: no más de 1,550 ojivas nucleares desplegadas y un máximo de 700 misiles y bombarderos estratégicos para cada nación. Según el Departamento de Estado de EEUU, estos límites garantizaban una estabilidad predecible entre los dos gigantes.

Sin embargo, el camino hacia este vencimiento ha sido turbulento. En febrero de 2023, en medio de crecientes tensiones diplomáticas, Rusia anunció la suspensión unilateral de su participación en el tratado. Aunque el Kremlin aseguró que seguiría respetando los límites numéricos de armas, la medida detuvo las inspecciones mutuas y el intercambio de datos en tiempo real, herramientas vitales para evitar malentendidos catastróficos.

A medida que el reloj avanza hacia la medianoche del 5 de febrero, la incertidumbre crece. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha puesto sobre la mesa una propuesta de prórroga de un año adicional. Según reportes de la agencia de noticias alemana Deutsche Welle, esta extensión busca ganar tiempo para que ambas potencias negocien un sucesor que se adapte a la realidad geopolítica de 2026.

Por parte de Estados Unidos, la respuesta aún no es definitiva. Con el reciente regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la política exterior estadounidense se encuentra en una fase de recalibración. Rusia ha manifestado a través de medios como Swissinfo que todavía espera una señal oficial de Washington para proceder con cualquier extensión de último minuto.

Uno de los mayores obstáculos para un nuevo acuerdo es la «tercera potencia» en discordia: China. Durante años, Washington ha insistido en que Pekín debe integrarse a los marcos de control de armas, dado su acelerado proceso de modernización nuclear. No obstante, China ha rechazado estas invitaciones, argumentando que su arsenal sigue siendo significativamente menor que el de los dos líderes tradicionales.

Si el tratado expira sin un reemplazo, las consecuencias técnicas serán inmediatas. Analistas de la Federación de Científicos Estadounidenses advierten que ambos países tienen la capacidad técnica de duplicar sus ojivas desplegadas en poco tiempo, simplemente instalando reservas almacenadas en sus misiles actuales, lo que desataría una carrera armamentista sin precedentes.

Además del aumento numérico, el fin del Nuevo START dejaría en un «limbo legal» a las nuevas tecnologías. Armas como los misiles hipersónicos y los drones submarinos de propulsión nuclear, que no estaban plenamente contemplados en 2010, quedarían fuera de cualquier mecanismo de verificación, aumentando el riesgo de una escalada tecnológica incontrolable.

La pérdida del régimen de inspecciones es quizás el daño más profundo. Bajo el Nuevo START, equipos de expertos podían verificar físicamente las bases del adversario. Sin esta transparencia, la inteligencia militar de ambos bandos tendrá que depender de suposiciones y satélites, un escenario que históricamente ha llevado a una sobreestimación de las amenazas y a reacciones defensivas agresivas.

La comunidad internacional observa con preocupación este vacío legal. Organizaciones como Chatham House subrayan que el colapso del tratado enviaría una señal negativa al resto del mundo, debilitando el Tratado de No Proliferación (TNP) y animando a otras naciones a buscar sus propias capacidades nucleares ante la falta de liderazgo de las potencias.

Desde una perspectiva económica, una nueva carrera armamentista supondría un gasto astronómico para ambos países. Modernizar y expandir las tríadas nucleares requiere presupuestos que compiten directamente con necesidades sociales y tecnológicas domésticas, un factor que podría presionar a los líderes a buscar una solución pragmática de última hora.

A pesar de la retórica hostil, existen canales diplomáticos que podrían activarse en las próximas horas. La historia del control de armas está llena de acuerdos firmados al borde del abismo. Sin embargo, la complejidad de las guerras actuales y la desconfianza mutua hacen que este 5 de febrero se sienta más definitivo que en ocasiones anteriores.

En resumen, el mundo se puede asomar a un escenario de desregulación nuclear total. Si el 5 de febrero de 2026 pasa sin una firma o una declaración conjunta de prórroga, la seguridad global entrará en un territorio inexplorado donde la única regla será la capacidad de cada nación para superar a la otra en poder de destrucción.

La pregunta que queda en el aire para los analistas y ciudadanos por igual no es solo si el tratado morirá este febrero, sino qué tipo de mundo surgirá de sus cenizas: uno más peligroso y opaco, o uno que finalmente se vea obligado a reinventar la diplomacia para la era hipersónica.


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