MUNDO
La ideología del poder
Conciencia con texto, por José Carlos Legaspi Íñiguez
Hasta no hace mucho tiempo, las ideologías políticas (maneras de interpretar la realidad, para así adaptarla a los intereses de estas) tenían fundamentos que permitían diferenciarlas con mayor facilidad.
Términos como “liberales”, “conservadores”, “de izquierda”, “de derecha”, “de centro”, “socialistas”, “capitalistas”, “populistas”, “fascistas”, “demócratas”, “dictatoriales”, definían o pretendían hacerlo la mentalidad, la motivación y la forma de actuar de los partidos políticos y sus militantes.
Las definiciones indicaban qué se proponían hacer, en lo teórico, los políticos que buscaban el poder o qué se arriesgaba al elegir a tal o cual candidato de tal o cual partido.
El vertiginoso devenir en que ha envuelto al mundo de unos años a la fecha, que incluye la “ganancia de pescadores” del río revuelto en que se ha convertido la política, ha generado la incomprensión de las ideologías, o la confusión para identificarlas.
Está claro que son los políticos los que han tergiversado, utilizado, manipulado y abusado del poder para mantenerlo, sea como fuera, al precio que sea y como sea, aun en contra de sus ideologías. También que el “camaleonismo” partidista se da sin escrúpulos, sin ética y sin ton ni son.
Las mescolanzas de las diversas y diferentes “ideologías” políticas son condensadas en las que impone el grupo dominante. No hay ningún partido que tenga una ideología pura. No hay un político que no quiera tener poder, cueste lo que cueste (su dignidad, su ética o su moral).
Es muy común hoy en día mirar cómo hay “chapulines” que un día están en un partido “de derecha” y al día siguiente en uno “de izquierda” o viceversa. Todo depende del interés que tenga en el dinero, el poder, la nómina oficial. Por eso, en México, los políticos andan “de la Ceca a la Meca”, buscando quien les cobije “para no vivir en el error”.
La denominación de origen de los grupos políticos proviene de ideales e ideologías. Los partidos atraen personas por esas condicionantes… pero más, mucho más, porque ostentan el poder público.
No se puede ocultar el sol con un dedo. Cuando el PRI era la única alternativa para llegar a un puesto de poder, tenía una pléyade de seguidores, militantes y hasta fanáticos. De ahí salió un sistema político que una vez llamó Mario Vargas Llosa “la dictadura perfecta”.
Luego llegó al poder el PAN. Salieron panistas hasta de debajo de las piedras. Chambas, negocios, atrajeron a los buitres de la política que se convirtieron en panistas. Cuando el PAN carecía de poder, permanecían agazapados o simplemente se desaparecían; cuando ganó Acción Nacional, se produjo una avalancha de simpatizantes, “apoyadores”, chambistas, oportunistas y aprovechados para detentar el poder y sus prebendas.
Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia de la república después de años de contender por ella. Primero militó en el PRI (porque ese partido detentaba el poder); luego se fue al PRD, donde le ofrecieron poder. Dice que luchó “contra viento y marea”, contra las instituciones, contra la ley y contra el sistema priísta que se implantó en México luego de la Revolución. Así que hizo su propio partido, que ahora tiene poder.
En este partido, ahora que tiene poder, deambulan priistas, panistas, perredistas, de izquierda, de derecha, de centro y uno que otro morenista original.
La ideología de los militantes se ve clara; depende, en la mayoría de estos, del poder que detente el partido. Sí, como dicen los gringos, “sin estacionamiento no hay negocio”; acá en México, “sin poder no hay militancia”.
Los partidos en el poder atraen “mágicamente” a militantes de otros partidos (muy seguido con ideologías diametralmente opuestas, pero eso qué importa). Si anteriormente las ideologías eran como agua y aceite, hoy día “el bien común” es el pretexto para colarse a donde hay chambas, negocios y poder.
Las diferencias de pensamiento entre los seres humanos provienen desde la irrupción de estos en el mundo. En Francia surgió la denominación de liberales y conservadores. Después, con la publicación del libro El Capital, de Marx y Engels, se definieron como “socialistas y capitalistas”; los estadounidenses inventaron la lucha “por la democracia y la libertad”.
La fusión de ideas, intereses e ideologías da resultados estrambóticos. Si nos atenemos a lo que don Barzini afirma en la reunión de los capos de Nueva York que encabeza don Vito Corleone en la película “El Padrino” (“no somos ni seremos comunistas”), entonces tenemos un partido y un régimen que pregona al socialismo-comunismo como su razón de ser, pero que —se sospecha con mucha fuerza— se ha sustentado en el capital del narcotráfico para conseguir y preservar el poder público. Ahí hay una contradicción elemental para no creer en una “misión” autoatribuida al partido en el poder.
Los grandes contrarios en la ideología son los liberales y los conservadores. Luego surgieron apéndices como el fascismo, el nacionalsocialista, los neoliberales, el socialismo-cristiano y… el populismo.
De todos, es el populismo el que históricamente ha embaucado a más gente. Los populistas pueden ser de derecha o de izquierda; capitalistas, fascistas, socialistas o comunistas. El populismo es el común denominador de los regímenes autoritarios, corruptores y corruptos; engañabobos; violentos; manipuladores; intolerantes, intransigentes y la perfecta fachada para decir una cosa y hacer lo contrario a lo que se dice.
Basta y sobra escuchar, observar y analizar a quienes detentan el poder en lo que dicen y en lo que hacen. Sean del partido que fueren, los populistas dicen una cosa, hacen otra ya sin pudor, sin escrúpulos y sin vergüenza.
“Ser de izquierdas es como ser de derecha: una de las infinitas formas que tiene el hombre de ser imbécil”, José Ortega y Gasset.



