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JALISCO

La epidemia de la omisión: Sarampión, cuando el virus exhibe al poder

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Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

El sarampión ha vuelto. Pero que nadie se llame a engaño: no ha regresado como una curiosidad para los anales de la infectología, ni como un pie de página en los boletines de la Organización Panamericana de la Salud. Su retorno a tierras jaliscienses es, ante todo, un veredicto político.

Un síntoma cutáneo de una enfermedad mucho más profunda y difícil de erradicar que se incuba en las oficinas del presupuesto y en los despachos donde se confunde la estadística con la realidad.

El virus, ese pequeño agente microscópico que no sabe de jerarquías pero que conoce muy bien las carencias, ha decidido exhibir al poder. Y lo hace con la frialdad de los números que hoy empañan el discurso de la modernidad en Jalisco.

Treinta y nueve municipios. Mil 381 casos en lo que va del año. Trescientos treinta activos. Dos muertes. Las cifras están ahí, desnudas, aguardando a que algún burócrata de alto nivel intente vestirlas con el ropaje de la «atención oportuna». Pero el dato es testarudo. Jalisco, que se precia de ser la locomotora del occidente, hoy encabeza una estadística que debería mover a la reflexión, si no es que a la vergüenza.

Observemos el mapa. Tlaquepaque, Tonalá, Guadalajara, Zapopan, Arandas. No es una lista azarosa. Es el inventario de la desigualdad. El virus no elige estas zonas por capricho biológico, sino porque allí el Estado ha decidido ser una presencia intermitente.

El sarampión se ceba en el jornalero que no tiene seguridad social; en la madre que trabaja en la informalidad y para quien hacer una fila de cuatro horas en un centro de salud significa perder el sustento del día; en el ciudadano que habita esa periferia donde el pavimento y la vacunación llegan siempre después que las promesas de campaña.

Ahí, donde el sistema de salud es un concepto abstracto y no una realidad cotidiana, el virus ha encontrado campo abierto. El mapa de la enfermedad es, punto por punto, el mapa del abandono.

Las autoridades, con ese estilo tan propio de la política mexicana que consiste en apagar incendios con boletines de prensa, han anunciado ahora brigadas duplicadas y visitas casa por casa. Todo muy vistoso. Todo muy enérgico. Pero hay un detalle cronológico que no podemos soslayar: estamos en enero.

¿Por qué esperar a que el contador de contagios superara el millar para descubrir la urgencia? La prevención, por definición, se hace antes de que el problema ocupe los titulares. Hablar de vacunación masiva cuando los hospitales ya reportan casos críticos es como intentar contratar un seguro de vida cuando se está en la sala de urgencias. Es, en el mejor de los casos, una reacción tardía; en el peor, una administración cínica del daño.

Se nos dice que hay millones de dosis. Se nos habla de metas ambiciosas para febrero. Lo que no se nos dice es por qué se dejó caer la cobertura vacunal en los años previos. ¿En qué momento la salud pública dejó de ser una prioridad de Estado para convertirse en un renglón sacrificable del presupuesto? ¿Quiénes fueron los responsables de vigilar que el primer nivel de atención —esa trinchera invisible donde se ganan o se pierden las batallas sanitarias— no se desmoronara por falta de insumos o de personal?

El sarampión no llegó en una maleta extranjera para sorprender a funcionarios diligentes. El brote se incubó en la negligencia y en la confianza ciega en cifras alegres que solo existían en los informes de gobierno.

El saldo hospitalario es una postal incómoda que rompe cualquier narrativa de control. Veintiocho personas internadas. La mayoría en los Hospitales Civiles y en las unidades del IMSS. Hay una mujer mayor de 65 años en estado crítico. Neumonía. Complicaciones. El dolor no es una cifra, aunque el poder intente tabularlo para que no duela tanto en la opinión pública.

Los hospitales no se llenan por «mala prensa», como a veces sugieren los voceros del oficialismo cuando se sienten acorralados. Se llenan por mala prevención. Se llenan porque alguien, en algún lugar de la estructura de mando, decidió que era más importante invertir en imagen que en inmunización.

Y mientras tanto, la educación paga su propia factura. Once aulas en diez planteles han tenido que migrar a la virtualidad. Ocho escuelas han suspendido actividades. Es el regreso de un lenguaje que creíamos superado tras la pandemia: “observación”, “aislamiento”, “contingencia”. Cada niño que hoy tiene que estudiar frente a una pantalla por culpa de un brote de sarampión es un recordatorio viviente de la fragilidad de nuestros sistemas de protección social.

El gobernador habla de coordinación federal. Se citan nombres de secretarios y se alude a sistemas epidemiológicos sofisticados. Es el ritual de la política: cuando algo sale mal, hay que repartir la responsabilidad y multiplicar las conferencias de prensa. Pero la historia sanitaria es implacable: los brotes no se combaten con retórica, sino con confianza social.

Y la confianza es un bien que se erosiona rápidamente cuando la ciudadanía percibe que la salud pública depende del calendario político y no del calendario epidemiológico. La gente no es tonta. Sabe distinguir entre una política de Estado y una campaña de control de daños.

Jalisco lidera hoy una estadística nacional que es, en realidad, un espejo. En él se refleja la debilidad estructural de un sistema que prefiere lo espectacular a lo necesario. Refleja la tentación permanente del poder de gestionar las consecuencias en lugar de evitar las causas.

El sarampión ha vuelto para recordarnos que, en política, como en medicina, la omisión es una forma de acción. Y las omisiones de hoy son las muertes y los contagios de mañana. El virus ha exhibido al poder en su forma más cruda: la de la improvisación frente a lo previsible.

EL EPÍLOGO DE LA DESMESURA

Se dirá, seguramente, que esto es alarmismo. Que la situación está “bajo control”. Pero el control no se decreta, se ejerce con resultados. Mientras el número de municipios afectados siga creciendo, mientras las familias sigan llegando a los hospitales con el temor en el rostro, ninguna campaña de última hora alcanzará para vacunar la credibilidad perdida.

El sarampión se cura con vacunas. El mal gobierno, con la verdad. Y la verdad es que Jalisco hoy lamenta lo que pudo evitarse con un poco menos de soberbia y un mucho más de gestión pública responsable.

Llegar primero es la diferencia entre prevenir y lamentar. Hoy, tristemente, nos toca lamentar.

En X @DEPACHECOS


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Vacúnate contra el sarampión

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