OPINIÓN
Creatividad bajo algoritmo: IA y realidad, la crisis de autenticidad
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
En las últimas semanas he estado prestando especial atención al contenido que se genera en redes sociales, particularmente en TikTok. No como un simple ejercicio de entretenimiento —que también lo es—, sino como quien intenta descifrar una señal de fondo, una corriente que se mueve por debajo de los bailes virales y las canciones pegajosas.
Entre videos, playlists y recomendaciones automáticas, algo empezó a llamarme la atención con más insistencia de la que esperaba: cada vez es más difícil saber qué es real y qué ha sido creado, interpretado o reconstruido por inteligencia artificial.
Ahí están los ejemplos. Cantantes como Xania Monet, la primera artista generada por inteligencia artificial en entrar a listas de Billboard y firmar un contrato discográfico millonario. La española Carla Lomar; proyectos como Lumi7; o bandas sintéticas que existen únicamente en Spotify, sin rostros, sin historia, sin biografía humana, pero con millones de reproducciones y presencia real en el mercado musical.
A ello se suma ese video viral en el que las voces y los rostros de Kurt Cobain, Amy Winehouse y Freddie Mercury “interpretan” Somebody That I Used to Know, una canción que no les pertenece, que no vivieron, pero que hoy circula como si fuera una colaboración imposible resucitada por la tecnología.
El desarrollo de la inteligencia artificial es impresionante. No hay forma honesta de negarlo. Lo verdaderamente inquietante, sin embargo, no es su capacidad para crear canciones, imágenes o videos cada vez más sofisticados, sino la velocidad con la que está borrando la frontera entre lo auténtico y lo artificial.
Al inicio, distinguirlo era relativamente sencillo: las voces sonaban planas, los gestos eran acartonados, los errores visuales delataban el artificio. Hoy, en cuestión de meses, esa diferencia se ha vuelto casi imperceptible.
La inteligencia artificial avanza a un ritmo mucho más acelerado del que nosotros, como sociedad, somos capaces de asimilar. No porque no podamos comprenderla, sino porque los procesos sociales, éticos y legales que deberían acompañarla avanzan con mucha más lentitud. Mientras la tecnología se perfecciona en meses, la reflexión colectiva y las reglas que la ordenan tardan años. En ese desfase adoptamos herramientas antes de entender sus consecuencias y normalizamos usos sin haber definido todavía sus límites.
Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿Estamos hablando lo suficiente de las implicaciones de todo esto? Porque el problema no es estético ni meramente cultural; es profundamente político y estructural. Existe un desbalance evidente en las relaciones de poder. Quien tenga más tecnología, más datos y mayor capacidad de procesamiento tendrá más control sobre estos procesos creativos y, por ende, sobre los mercados que empiezan a dominar. La creatividad, históricamente asociada a la experiencia humana, comienza a concentrarse en manos de quienes controlan la infraestructura tecnológica.
Ya no depende únicamente del talento, la sensibilidad o la trayectoria individual, sino del acceso a datos, de la capacidad de procesamiento y de algoritmos capaces de producir y distribuir contenidos a gran escala. Este desplazamiento mueve el centro de la creación del individuo hacia las plataformas, donde quien posee la tecnología no sólo influye en lo que se crea, sino en lo que se vuelve visible, rentable y socialmente relevante.
Esto nos obliga a plantear dilemas que no tienen respuestas simples. ¿Cómo lidiamos con el hecho de que la inteligencia artificial nos está superando en múltiples tareas creativas? ¿Debemos intentar frenar ese avance o aprender a convivir con él? ¿Es posible regular algo que se desarrolla a una velocidad muy superior a la de nuestras leyes, nuestras instituciones y nuestra capacidad ética de reflexión? Tal vez el verdadero reto no sea evitar que la inteligencia artificial nos supere, sino decidir bajo qué reglas permitimos que lo haga y a quién beneficia ese proceso.
Hay otro ángulo que resulta todavía más inquietante. La inteligencia artificial está aprendiendo más de nosotros de lo que probablemente nosotros estamos aprendiendo de ella. Cada interacción, cada reproducción, cada dato compartido alimenta sistemas que se vuelven más precisos, más eficientes y más autónomos.
Pero detrás de esa supuesta autonomía sigue habiendo control humano: empresas, plataformas e intereses económicos que administran la información que entregamos sin demasiada resistencia. El problema, entonces, opera en dos frentes simultáneos: el desarrollo tecnológico sin mesura y el uso —muchas veces opaco— de los datos que lo hacen posible.
Cuando una banda que no existe compite en igualdad de condiciones con artistas reales, no sólo está en juego el mercado musical, sino la idea misma de autoría, de esfuerzo y de trayectoria. ¿Qué significa “triunfar” en un entorno donde el talento puede ser simulado, replicado y optimizado por algoritmos? ¿Qué pasa con quienes dedican años a perfeccionar una voz, un instrumento o una narrativa artística cuando compiten contra entidades que no se cansan, no envejecen y no fracasan?
Tal vez el riesgo más grande no sea que la inteligencia artificial cree mejor música, mejores imágenes o mejores textos, sino que normalicemos su presencia sin preguntarnos quién decide, quién gana y quién queda fuera.
Porque mientras nos maravillamos con lo impresionante del avance tecnológico, dejamos de discutir sus efectos sociales, económicos y culturales. Dejamos de preguntarnos si este nuevo orden amplía las posibilidades humanas o si, por el contrario, las reduce a un producto más dentro de una lógica de mercado cada vez más deshumanizada.
No se trata de demonizar la inteligencia artificial ni de caer en un rechazo nostálgico del progreso. Se trata de asumir que estamos frente a una transformación profunda y que la neutralidad no existe. La tecnología no es buena ni mala por sí misma, pero tampoco es inocente: refleja y amplifica las decisiones de quienes la diseñan y la controlan. Y si no empezamos a discutir con seriedad sus límites, sus reglas y sus consecuencias, corremos el riesgo de despertar en un mundo donde lo real ya no importe, siempre y cuando lo artificial sea rentable.



