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JALISCO

El caso Almaguer: Cerveza, rejas y curules, la indigencia política del PT

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Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

En la política jalisciense —donde a veces el tequila resulta más transparente que las conciencias— ha reaparecido un personaje que pondría a prueba la paciencia del mismísimo Maquiavelo, y no por su astucia, sino por la torpeza con la que su partido pretende barnizarlo de respetabilidad.

Leonardo Almaguer, diputado local del Partido del Trabajo, no protagoniza únicamente un escándalo de “antecedentes”; encarna algo peor: la miseria de una operación política que confunde la reinserción con la amnesia y la rendición de cuentas con un grito a los reporteros.

Lo de Almaguer no es una anécdota; es un síntoma. En un estado que presume modernidad institucional, el acceso a un escaño sigue dependiendo menos del escrutinio público que del padrinazgo interno. Y cuando el pasado se asoma por la rendija, la respuesta no es la explicación, sino el aturdimiento: ruido, victimismo, bronca. Lo de siempre, pero más burdo.

Los defensores del diputado quisieron vender la historia como “un error de juventud”, esa frase comodín con la que en México se pretende reducir lo grave a lo pintoresco. Como si integrar una banda dedicada al robo de camiones repartidores de cerveza fuera comparable a rayar una pared en secundaria. No. En 2004 no estamos hablando de una travesura ni de un extravío adolescente: hablamos de un expediente que lo llevó a prisión y de un proceso que, según se ha dicho, fue suspendido años después. Tres años en Puente Grande no son un paréntesis romántico; son un recordatorio de que la ley existe… aunque a veces parezca que solo para unos.

Pero el corazón del asunto no es, estrictamente, que un exconvicto llegue al Congreso. El debate sobre reinserción es legítimo y, si se quiere, hasta necesario: la pena se cumple y el derecho a rehacer la vida también existe. El verdadero problema es el método: ocultar, minimizar, mentir por omisión y luego exigir aplauso. La reinserción no autoriza el engaño; y la democracia no es terapia grupal para lavar biografías incómodas.

El PT, en Jalisco, se ha comportado como quien llega tarde al incendio con una cubeta vacía y encima pretende dar órdenes. Su comisionado, José Luis Sánchez González, salió a “aclarar” sin aclarar, a “defender” sin defender: eligió el pleito con la prensa como si la crítica periodística fuera el delito y no el termómetro. Confundió el micrófono con ring, y al ciudadano con porra.

En política, la forma es fondo. Y el berrinche no es una estrategia: es la confesión pública de que no hay argumentos. Cuando un partido responde con agresión en vez de con datos, lo que revela no es carácter; revela miedo. Miedo a que el relato se desplome porque nunca hubo un relato: solo improvisación.

La defensa oficial, además, no solo es cínica: es peligrosa. “Error de juventud” convertido en doctrina partidista significa esto: que la gravedad de los delitos depende del cargo que hoy se ocupe. Un asalto es una mancha cuando lo comete el pobre sin padrino; es “un tropiezo” cuando lo defiende el aparato. Esa es la pedagogía del cinismo: enseñar que en México no importa lo que hiciste, sino quién te sostiene.

Y como toda mala obra, esta también tuvo su acto de magia: el diputado se esfumó. Diez días de ausencia en el Congreso —dicen— mientras el escándalo crecía como crecen las cosas cuando no se atienden: con sospecha, con rumor, con enojo. El salario no se ausenta; la responsabilidad, sí. Y en esa ecuación se pudre la confianza.

Cuando finalmente habló, lo hizo con el guion más viejo de la fauna política: “es una cortina de humo”. La frase es tan manoseada que ya debería venir impresa en las credenciales de legislador. Y para completar la pirueta, intentó colgar su caso del aumento al transporte público: como si el costo del camión pudiera explicar el costo moral de ocultar una biografía. Es la lógica del que no responde: distrae. Y el que distrae, acepta.

También está lo que no se dice. Morena, el Verde, Futuro: aliados que administran el mutismo como si fuera prudencia. Comunicados tibios, frases sin sujeto, condenas sin nombre. “Ya basta” de todo, pero nunca de alguien. La omisión es una forma de solidaridad: no con la ciudadanía, sino con el acuerdo. Y en política, el silencio suele ser el idioma secreto de la conveniencia.

No es que no entiendan el daño: lo entienden perfectamente. Solo calculan que el costo de romper con el lastre es mayor que el costo de arrastrarlo. El problema es que ese cálculo siempre termina cobrándose en otra caja: la del desencanto ciudadano, la de la abstención, la del “son lo mismo”.

Jalisco tiene un vacío —o un descuido deliberado— que permite llegar a una curul sin que el elector conozca, de entrada, el expediente completo de quien pide el voto. Y cuando eso se combina con partidos que reclutan por urgencia y no por trayectoria, el Congreso se vuelve una sala de trámites: no para legislar, sino para blanquear carreras.

Si para ser diputado basta con haber purgado una pena y tener un buen padrino, entonces el Palacio Legislativo corre el riesgo de convertirse en una sucursal de la reinserción social, pero sin la parte fundamental: la reinserción ética. Porque reintegrarse no es esconderse; es dar la cara. No es gritarle a la prensa; es responderle al ciudadano. No es llamar “error” a lo grave; es reconocerlo con precisión, asumirlo sin melodrama y explicar por qué hoy se puede confiar.

La pregunta no es si Almaguer tiene derecho a participar en la vida pública. La pregunta es por qué llegó ocultando lo que era indispensable transparentar, y por qué su partido creyó que el electorado es un rebaño al que se le puede cambiar la verdad por consigna.

¿Se dignará el diputado a comparecer ante el Pleno, como exigen sus adversarios, y a hablar sin cortinas de humo, sin victimismos, sin culpar al transporte público de su propio pasado? ¿O seguirá apostando a que la memoria del pueblo sea tan corta como la autocrítica de sus defensores?

Por lo pronto, el PT apuesta al olvido. Pero hay aromas que no se disuelven: el rastro de los camiones robados sigue oliendo demasiado fuerte en los pasillos donde se supone que se legisla para la dignidad pública. Y cuando la política huele así, no hace falta Maquiavelo: basta con sentido común.

En X @DEPACHECOS


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