MUNDO
Cuba: De las expropiaciones al embargo
Opinión, por Juan Raúl Gutiérrez
Platicaba hace unos días con el Dr. Sergio Padrón Nieblas, compañero apreciado del Doctorado en Educación, respecto del tema de Marx Arriaga y su despido de la Secretaría de Educación Pública, de cómo los actos en tu vida tienen consecuencias forzosamente necesarias, él las tuvo, desafiar, sin razón, de esa desaseada forma al poder gubernamental decantó en su defenestración, decíamos que quizá desde su nombre era presagio de destino, una plática llevó a la otra y terminamos hablando de la situación en Cuba.
Recordamos entonces varios pasajes de la historia que desencadenó la actualidad cubana; decíamos que el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 marcó un giro radical en la estructura económica de la isla. La Ley de Reforma Agraria confiscó grandes latifundios, afectando tanto a propietarios locales como a corporaciones extranjeras.
Poco después, el gobierno de Fidel Castro avanzó hacia sectores estratégicos: refinerías de petróleo de Texaco, Esso y Standard Oil; la Compañía Cubana de Teléfonos, filial de ITT; la Compañía Cubana de Electricidad; bancos como First National City Bank y Chase Manhattan; y más de un centenar de centrales azucareros, en total, se registraron 5,911 reclamaciones vigentes y certificadas por un valor de 1.8 mil millones de dólares, es fácil advertir que esa deuda constituye un obstáculo en cualquier intento de normalización.
También hay que decir que Cuba aceptaba compensar en bonos respaldados por exportaciones de azúcar, pero las personas y empresas víctimas de esas expropiaciones exigían pagos inmediatos en efectivo; esa diferencia selló la ruptura y abrió el camino hacia el embargo de Estados Unidos al gobierno de la isla.
Señalábamos que, en 1960, Dwight D. Eisenhower suspendió la cuota azucarera cubana y decretó sanciones iniciales; para 1962, John F. Kennedy firmó la orden ejecutiva que estableció el embargo total, prohibiendo casi todo comercio con la isla. El embargo se convirtió en el eje de la política estadounidense durante la Guerra Fría, reforzado por leyes como la Torricelli (1992) y la Helms-Burton (1996), que internacionalizaron las sanciones y las hicieron más difíciles de levantar.
Hicimos memoria; durante décadas, las administraciones estadounidenses mantuvieron la línea dura. Barack Obama intentó una apertura en 2015, restableciendo relaciones diplomáticas y flexibilizando viajes y remesas. Sin embargo, Donald Trump revirtió gran parte de esas medidas, restringiendo nuevamente los viajes, limitando las remesas y reincorporando a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo en 2021.
Hay suficiente evidencia para afirmar que el embargo significó para Cuba la pérdida de su principal mercado y proveedor, obligándola a depender de la Unión Soviética. Durante la Guerra Fría, los subsidios soviéticos compensaron parcialmente la pérdida, pero tras la caída de la URSS en los años 90, ese gobierno caribeño enfrentó una crisis profunda: escasez de alimentos, medicinas y bienes básicos, conocida como el “Período Especial”.
La falta de acceso a tecnología, capital y mercados internacionales ha limitado el desarrollo económico de Cuba durante casi siete décadas. Socialmente, el embargo ha generado carencias crónicas, pero también ha sido utilizado por el gobierno dictador como argumento político para cohesionar a la población frente a un enemigo externo, muy conveniente para ocultar el fracaso de la “revolución” socialista, por eso prefieren emplear el término “bloqueo”, que no el de “embargo”, en ese manejo de narrativa, al más puro estilo de Goebbles, el comunicador nazi.
Sin embargo, en términos macroeconómicos, el impacto del embargo en EEUU ha sido limitado, dado el tamaño relativamente pequeño de Cuba en el comercio global; el costo ha sido más político que económico, convirtiéndose en un tema recurrente en la política interna de Estados Unidos, especialmente en estados como Florida.
Lo que comenzó como un conflicto económico puntual se convirtió en un entramado legal y político que ha condicionado la vida de la isla hasta hoy. No le demos vuelta a la realidad: las expropiaciones descritas fueron el detonante; el embargo, la consecuencia; y la actual crisis crónica, el resultado.
Pareciera que las izquierdas latinoamericanas tienen un pésimo momento; baste ver rápidamente los últimos resultados electorales. En Ecuador (2021) ganó Guillermo Lasso, con un proyecto liberal de derecha; en Costa Rica (2022) Rodrigo Chaves, de centroderecha; en Paraguay (2023) Santiago Peña, del Partido Colorado, identificado con la derecha tradicional; Costa Rica (2022) Rodrigo Chaves, centroderecha; Paraguay (2023) con Santiago Peña, derecha tradicional; en Argentina (2023) Javier Milei, con su propuesta libertaria de derecha radical; en El Salvador (2024) Nayib Bukele, con un modelo de derecha populista y autoritaria; en República Dominicana (2024) Luis Abinader, de centroderecha, reelegido; en Panamá (2024) José Raúl Mulino, de derecha; en Uruguay (2024) el Partido Nacional, de centroderecha, retuvo el poder; y en Chile (2025) José Antonio Kast, del Partido Republicano, con un discurso de derecha ultraconservadora. Bolivia (2025) – Rodrigo Paz Pereira, centroderecha.
En total, son al menos, once triunfos de la derecha/centroderecha en nuestra región en 4 años.
A este listado habrá que sumar la detención de Maduro en Venezuela, la visita del presidente Petro de Colombia a Washington, impensable hace pocos meses; el izquierdista Pedro Castillo en una cárcel peruana y la moderación discursiva del dictador nicaragüense Daniel Ortega. Se muestra un giro regional importante, la derecha ha recuperado terreno en países clave de nuestro continente.
Concluimos nuestra charla previendo que más pronto que tarde caerá el régimen cubano, tomando en consideración las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, apenas el 16 de febrero pasado dijo que su secretario de Estado, Marco Rubio, está «hablando con Cuba ahora mismo» sobre un «acuerdo».
«Estamos hablando con Cuba ahora mismo. Marco Rubio está hablando con Cuba ahora mismo, y deberían totalmente llegar a un acuerdo, porque es… realmente una amenaza humanitaria», afirmó a periodistas a bordo del avión presidencial. Cuba es «una nación fallida», después de lo acontecido en Venezuela, las palabras de Trump adquieren otra dimensión.
¿De verdad Marx Arriaga pensaba que sus acciones quedarían sin consecuencias? ¿En serio el gobierno de Cuba imaginó que Estados Unidos permanecería indiferente por siempre ante la deuda generada por las expropiaciones? Ahora, los seguidores del régimen cubano se rasgan las vestiduras frente a las medidas estadounidenses. Ingenuidad, por decir lo menos; otros calificativos vienen a la mente, pero basta con llamarlos ingenuos.
No parece buena idea desafiar al poder en cualquier ámbito.
El escenario recuerda al caso venezolano: abundan más voces extranjeras quejándose de Estados Unidos que las de los propios ciudadanos caribeños. Y es fácil reconocer al típico simpatizante del castrismo que, desde la comodidad de su sofá, lanza sesudas opiniones en redes sociales a través de un dispositivo móvil fabricado por el mismo capitalismo que dice detestar.
Falta espacio para aundar respecto a diversos intelectuales, politólogos, filósofos y pensadores cubanos, tanto dentro de la isla como en el exilio, que han mantenido una postura crítica o contraria al régimen castrista, como: Julio M. Schiling, Carlos Alberto Montaner, Elizardo Sánchez Santa Cruz, René Gómez Manzano, Marta Beatriz Roque, José Gabriel Barrenechea, Guillermo Fariñas, Antonio Rodiles, incluyendo a Aurelio Alonso, que, aunque vinculado a la intelectualidad orgánica de la revolución, ha sido identificado como parte de grupos heterodoxos que cuestionan las concepciones oficiales del Partido Comunista.
Nos despedimos con una apuesta, ¿quién caerá primero Masoud Pezeshkian en Irán o Díaz-Canel en Cuba?, Sergio, poco vivirá el que no lo vea.
– Juan Raúl Gutiérrez Zaragoza es Doctor en Derecho por la Universidad Panamericana. Doctorante en Filosofía por la Universidad Autónoma de Guadalajara.




