JALISCO
El día que el narco paralizó Jalisco y el Estado demostró su poder
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
En mis más de cinco décadas viviendo en Guadalajara, jamás había presenciado algo similar: una ciudad convertida en fantasma durante casi dos días enteros. El domingo 22 y el lunes 23 de febrero de 2026, Guadalajara y gran parte de Jalisco se paralizaron por completo.
Calles vacías, comercios cerrados, transporte público suspendido, escuelas y oficinas sin actividad. Solo humo, sirenas lejanas y el eco de videos virales que inundaron las redes desde temprano: narcobloqueos, vehículos incendiados, ataques a Oxxos, gasolineras, farmacias, oficinas del Bienestar e incluso balaceras esporádicas.
Más de 65 bloqueos reportados en el estado, decenas de incendios, al menos dos muertos confirmados —un elemento de la Fiscalía y un civil armado— y una ola de terror que se extendió a otras entidades. Luego nos enteraríamos de que serían decenas de vidas perdidas, entre ellas 25 miembros de la Guardia Nacional.
No era la primera vez que Jalisco sufría narcobloqueos. En 2011, al final del gobierno de Emilio González Márquez, se registraron dos episodios violentos: el 15 de enero, como respuesta del Cártel de los Valencia a un operativo en Chapala, y el 1 de febrero, tras la detención de Julio César Hernández Cervantes, ligado a La Resistencia (grupo que se disolvió con la captura de Ramiro Pozos González, “El Molcas”, en septiembre de 2012).
El periodista Darwin Franco lo documentó detalladamente en su blog Reverso en 2016. Pero lo ocurrido en febrero de 2026 fue de otra magnitud: una reacción articulada, rápida y coordinada que paralizó no solo Jalisco, sino que generó ecos en al menos 19 estados más, con cientos de bloqueos a nivel nacional.
Todo se detonó por el operativo federal en Tapalpa, donde fuerzas especiales del Ejército Mexicano abatieron a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder histórico del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). El capo más buscado por México y Estados Unidos cayó en un enfrentamiento en la sierra jalisciense.
Herido de gravedad por disparos en pecho, abdomen y piernas, murió durante su traslado a la Ciudad de México.
Fue el golpe más significativo al narcotráfico en décadas, según expertos como Eduardo Guerrero y Víctor Sánchez Valdés. La operación contó con inteligencia compartida con Estados Unidos —incluida la colaboración de grupos como la JIATF-CC, con base en Arizona— y fue dirigida por el general Ricardo Trevilla.
El Estado demostró su fortaleza. Cuando se decide a enfrentar frontalmente a un grupo criminal —por más poderoso que sea—, nadie lo detiene. El punto clave radica en la voluntad política: firmeza, decisión y coordinación. El CJNG mostró capacidad de respuesta inmediata —narcoterrorismo clásico: miedo, caos y parálisis—, pero no pudo sostenerla más allá de 24 a 48 horas.
La normalidad regresó gradualmente: se levantó el Código Rojo, se reabrieron vías y las autoridades detuvieron a decenas de implicados. El Estado recuperó el control.
Esto contrasta con la estrategia del sexenio anterior. Andrés Manuel López Obrador impulsó la política de “abrazos, no balazos”, enfocándose en atacar las causas sociales de la delincuencia.
Sin embargo, esa laxitud —o percepción de no confrontación directa— permitió que el CJNG expandiera su influencia a más de 20 estados. El cártel creció en poderío económico y territorial.
La respuesta violenta de febrero de 2026 evidenció esa expansión: una red capaz de activar bloqueos simultáneos y generar pánico masivo. Pero también mostró que, ante una decisión firme, el Estado puede revertir el escenario.
¿Qué viene ahora? Volvemos a la normalidad aparente, pero el problema del narcotráfico no desaparece. Es un negocio multimillonario impulsado por una demanda voraz, principalmente en Estados Unidos, donde el consumo sigue siendo alto.
En México, el número de adictos ha crecido alarmantemente. Nadie gana con el caos: ni el gobierno, ni la sociedad, ni siquiera los grupos criminales a largo plazo, porque la vida cotidiana debe continuar.
Con “El Mencho” fuera, se avecina un reacomodo interno en el CJNG. ¿Quién asumirá el liderazgo? ¿Habrá fragmentación, luchas por el poder o continuidad bajo una nueva cabeza? ¿Bajará la violencia o se intensificará por disputas sucesorias?
El tiempo lo dirá. No hay respuestas inmediatas. Lo que sí es evidente es que este golpe suma puntos a la presidenta Claudia Sheinbaum. Cambió —aunque no lo admita públicamente— la estrategia de su antecesor, optando por operativos de alto impacto. “Hay estrellita” para ella: el mayor golpe moderno al crimen organizado en México. Nuestro reconocimiento al Ejército Mexicano, al general Trevilla y a la inteligencia involucrada, incluida la colaboración bilateral con Estados Unidos.
El narcotráfico es un enemigo resiliente. La captura o abatimiento de líderes no lo erradica; solo genera transiciones, a menudo sangrientas. Pero demuestra que el Estado, cuando actúa con determinación, prevalece. Jalisco y México necesitan más que operativos aislados: una estrategia integral que combine inteligencia, justicia, prevención social y control de armas desde el norte.
Mientras el mercado de drogas exista, el ciclo continuará. En Guadalajara, la ciudad que amo, volvimos a caminar las calles. Pero el miedo reciente nos recuerda que la paz es frágil. La verdadera victoria no está en abatir a un capo, sino en construir un país donde el Estado sea inquebrantable y la sociedad, segura.
El reacomodo apenas comienza.




