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Irán, aunque quede lejos

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Opinión, por Miguel Anaya

Hay conflictos que nos parecen importantes no solo por su gravedad, sino por su cercanía. Venezuela, por ejemplo, llamó mucho la atención, pues su situación habla en español. Irán, en cambio, queda lejos, suena ajeno, casi académico. Un problema de expertos, de noticieros internacionales, de mapas que no usamos. Y, sin embargo, Irán hoy es tan relevante como Venezuela, solo que infinitamente más peligroso.

Porque mientras el régimen venezolano se desmoronó entre sanciones, discursos y resistencia burocrática, Irán se está tensando como un resorte geopolítico. Protestas masivas, economía asfixiada, represión sin pudor y un régimen que gobierna con la lógica del sitio permanente: enemigo externo, enemigo interno y cero márgenes para la autocrítica. El manual autoritario, pero con esteroides estratégicos.

El malestar iraní se dio no solamente con consignas ideológicas, sino con algo mucho más simple: la gente ya no puede vivir. Inflación que devora salarios, moneda pulverizada, jóvenes sin futuro y una élite que predica sacrificio desde la comodidad del poder. Cuando la paciencia se acaba, el régimen responde como suelen responder los regímenes que se saben frágiles: balas, cárceles y silencio digital. Apagar internet como quien apaga incendios… con gasolina.

Hasta aquí, la historia podría parecer repetida. El problema es que Irán no es Venezuela. No es un país aislado, con poco poder económico, ni poco poder militar. Es una pieza central del Medio Oriente, una región donde cada movimiento altera precios, alianzas y nervios globales. Irán no solo produce petróleo: produce tensión, y en cantidades industriales.

Estados Unidos lo entiende perfectamente. Por eso su postura es tan cuidadosamente ambigua. Apoya a la población iraní —al menos en el discurso— mientras aprieta al régimen con sanciones, advertencias y mensajes que suenan a “no queremos guerra, pero tampoco tenemos paciencia infinita”.

La ironía. Teherán acusa a Washington de desestabilizar al país, mientras su propia represión hace el trabajo sucio. Washington acusa a Teherán de violar derechos humanos, mientras aplica sanciones que terminan castigando a los mismos ciudadanos que dice defender. Todos se indignan; nadie se absuelve. Y en medio, una sociedad atrapada entre el autoritarismo doméstico y la geopolítica global.

Comparar Irán con Venezuela no es una exageración, es una advertencia. Ambos casos muestran regímenes atrincherados, economías colapsadas y sociedades agotadas. Pero hay una diferencia crucial: Venezuela exportó migrantes; Irán puede exportar crisis. Petróleo, rutas marítimas estratégicas, milicias regionales, tensiones con Israel, pulsos directos con Estados Unidos y la sombra persistente de un programa nuclear. Demasiadas fichas en el tablero para fingir que esto es un asunto local.

Lo inquietante no es solo la crisis, sino la ausencia de un final claro. El régimen iraní parece decidido a resistir a cualquier costo. Estados Unidos parece decidido a presionar. Nadie quiere una guerra, pero todos actúan como si la posibilidad fuera parte del paisaje. La estabilidad se sostiene más por miedo que por acuerdos.

Tal vez por eso Irán incomoda tanto: porque obliga a aceptar que hay conflictos que no podemos ignorar solo porque no nos afectan hoy. La distancia geográfica no reduce la importancia política, solo nos da una falsa sensación de seguridad. Pensar así es una forma de autoengaño.

Irán no es una nota al pie de la agenda internacional. Es un recordatorio de cómo funciona el mundo cuando la economía colapsa, el poder se aferra y las potencias juegan a tensar la cuerda sin querer ser las primeras en romperla. Y como casi siempre, cuando los gobiernos juegan ajedrez, los ciudadanos terminan siendo los peones sacrificables.

Ignorar Irán hoy sería repetir el error de siempre: creer que los conflictos lejanos son problemas ajenos. La historia demuestra lo contrario. Solo que esta vez, el impacto podría sentirse más rápido y más caro de lo que estamos dispuestos a admitir.

Que venga lo mejor para Irán y para el mundo.


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