MUNDO
La desdolarización global: Un proceso imparable hacia un nuevo orden financiero
Actualidad, por Alberto Gómez R.
Durante décadas, el dólar estadounidense fue la columna vertebral indiscutible del comercio y las finanzas mundiales, un “privilegio exorbitante” que otorgaba a Estados Unidos una influencia sin parangón. Sin embargo, en los últimos años, una transformación silenciosa pero constante ha comenzado a reconfigurar este paisaje.
La desdolarización —el proceso mediante el cual países, instituciones e incluso individuos reducen su dependencia de la moneda estadounidense— ha dejado de ser una especulación teórica para convertirse en una realidad tangible.
El contexto global actual, marcado por tensiones geopolíticas, la instrumentalización del dólar como arma de coerción y el surgimiento de nuevos polos de poder económico, ha acelerado esta tendencia de manera significativa.
La erosión de la confianza en el dólar no obedece a una sola causa, sino a una convergencia de factores estructurales y políticos. En primer lugar, la instrumentalización geopolítica de la moneda ha generado una profunda desconfianza.
La exclusión de países como Rusia del sistema SWIFT y la congelación de sus reservas internacionales demostraron que el dólar podía ser utilizado como un “arma de control imperial”. Para muchas naciones, especialmente del Sur Global, esta vulnerabilidad se volvió inaceptable, impulsando la búsqueda de alternativas que garanticen mayor autonomía.
En segundo término, existen debilidades intrínsecas de la economía estadounidense. El exorbitante nivel de deuda pública, que se acerca al 130 % del PIB, y los persistentes déficits estructurales, financiados en gran medida por la emisión monetaria, han sembrado dudas sobre su sostenibilidad a largo plazo (ebc.com). En 2024, el gobierno federal estadounidense pagó alrededor del 3 % del Producto Interno Bruto (PIB) únicamente en intereses de la deuda.
Esta percepción se ha visto exacerbada por la política interna. Analistas señalan que las “políticas erráticas” de la administración Trump, incluyendo una agresiva política arancelaria y presiones públicas sobre la Reserva Federal para recortar las tasas de interés, han afectado la confianza en la estabilidad y previsibilidad del sistema financiero estadounidense.
Las presiones de Trump sobre la FED para que reduzca las tasas de interés, así como los acontecimientos político-sociales recientes que ponen en tela de juicio el Estado de derecho, han minado inadvertidamente la confianza de los inversionistas y han provocado “fugas de activos en dólares hacia refugios de seguridad”, acelerando el proceso de desdolarización.
La creciente campaña de Trump contra el presidente de la FED, Jerome Powell —incluyendo acciones judiciales y amenazas de aranceles y sanciones— ha generado inquietud entre los mercados respecto a sus prioridades en materia de política monetaria, reacciones que a menudo socavan la hegemonía del dólar y aceleran la desdolarización (ipsnoticias.net).
Cuando los inversionistas vendieron activos estadounidenses a mediados de 2025, el dólar sufrió su mayor caída desde la crisis petrolera de 1973. Se depreció más de un 10 % frente a otras divisas importantes, lo que provocó caídas temporales en los precios de numerosos activos financieros, incluidas acciones y bonos.
Desde entonces, la incertidumbre y la volatilidad han aumentado en los mercados de capitales, particularmente en el mercado de bonos estadounidense, aunque posteriormente se registró un fuerte repunte tras la caída bursátil (rebelión.org).
Manifestaciones concretas: datos, oro y acuerdos alternativos
La desdolarización no es un anuncio, sino un proceso medible. La evidencia más clara proviene de la composición de las reservas internacionales de los bancos centrales. Datos del Fondo Monetario Internacional (FMI) revelan que la participación del dólar cayó al 58 % en 2025, su nivel más bajo en 25 años.
Otras mediciones, como las de The Kobeissi Letter, sugieren una caída aún más pronunciada, hasta alrededor del 40 % del total global si se consideran métricas más amplias. Esta disminución no ha beneficiado principalmente a monedas tradicionales como el euro o el yen, sino que ha impulsado una diversificación hacia una canasta más amplia de activos (polidata.com).
El gran beneficiario de esta desconfianza ha sido el oro. Por primera vez desde los años noventa, el metal precioso representa aproximadamente el 28% de las reservas globales, superando incluso la suma combinada del euro, el yen y la libra esterlina.
Los bancos centrales de Asia, África y América Latina han acelerado sus compras, buscando un activo seguro, libre de interferencia política y de los vaivenes electorales estadounidenses.
En el plano comercial y financiero, proliferan los mecanismos para eludir al dólar. Los acuerdos de pago en monedas locales, que permiten liquidar el comercio bilateral sin recurrir a la divisa estadounidense, son cada vez más comunes. China ha impulsado agresivamente la internacionalización del yuan mediante swaps de divisas multimillonarios y el desarrollo de su Sistema de Pago Interbancario y Transfronterizo (CIPS), una alternativa al SWIFT.
Paralelamente, se discuten propuestas más ambiciosas, como la creación de un Banco Emisor Internacional y una red de pagos independiente para los países del Sur Global, ideas planteadas en foros como el Club Valdái.
Implicaciones geopolíticas: el advenimiento de un mundo multipolar
El declive relativo del dólar conlleva una redistribución del poder financiero y, por extensión, geopolítico. La capacidad de Estados Unidos para imponer sanciones económicas efectivas se erosiona a medida que más transacciones críticas —energía, alimentos y tecnología— se denominan en otras monedas.
El proceso apunta hacia una multipolarización monetaria, un sistema en el que el yuan, la rupia, el euro y, posiblemente, monedas digitales de bancos centrales compitan por espacios que antes eran dominio exclusivo del dólar. Este nuevo orden es más complejo y potencialmente más fragmentado.
Para países como Brasil, que actúan como “laboratorios de esta transición”, el desafío es enorme: diversificar para reducir costos y riesgos, sin caer en una nueva dependencia de Pekín o Nueva Delhi.
La Unión Europea, por su parte, observa con cautela cómo el euro mantiene una cuota estable, pero sin lograr capitalizar plenamente la desdolarización como alternativa hegemónica.
Perspectivas y desafíos: ¿hacia dónde vamos?
Pronosticar el fin del dólar resulta prematuro y erróneo. Su supremacía se sostiene en la profunda liquidez de sus mercados financieros y en una inercia sistémica considerable. No obstante, la tendencia de declive gradual y estratégico parece consolidarse.
Instituciones como Morgan Stanley proyectan nuevas caídas para el dólar en 2026, impulsadas por la reducción de diferenciales de tasas y la continuidad de las tendencias de desdolarización.
El escenario más probable no es la sustitución por una nueva moneda hegemónica, sino la coexistencia de varias divisas en un sistema multipolar y más fragmentado. Esto implica riesgos —como mayor volatilidad cambiaria y fricciones en la coordinación monetaria global—, pero para muchos países representa un costo aceptable a cambio de mayor soberanía financiera.
La desdolarización es, en esencia, un síntoma de un cambio tectónico en el orden mundial. No se limita a la diversificación de carteras de inversión, sino que constituye una batalla estratégica por la autonomía económica.
El proceso es lento, desigual y contradictorio. Incluso iniciativas como el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS han mostrado vulnerabilidad frente a las presiones del sistema occidental. Sin embargo, la dirección es clara: cada punto porcentual que pierde el dólar en las reservas globales, cada acuerdo comercial liquidado en yuanes o rupias, y cada onza de oro adquirida por un banco central, representa un ladrillo más en la construcción de una arquitectura financiera alternativa.
El año 2025 marcó un punto de inflexión: el oro registró su mayor ganancia anual desde 1979, mientras el índice del dólar sufrió su peor desempeño en ocho años.
En definitiva, la desdolarización no es una conspiración, sino la suma de decisiones soberanas orientadas a blindar las economías nacionales frente a la volatilidad externa.
El mundo no se encamina hacia la desaparición del dólar, sino hacia un futuro en el que su dominio será compartido. La pregunta ya no es si este proceso ocurrirá, sino cómo se gestionará la transición hacia un sistema monetario internacional más plural y, quizá, más equilibrado.



