NACIONALES
México y los Papas: Fe, poder y política a través del tiempo
Opinión, por Pedro Vargas Ávalos
Desde hace tiempo se ha manejado una visita del sumo pontífice romano a nuestra República Mexicana. Si bien toda presencia del jerarca católico en cualquier país es un evento ostensible, su venida a México reviste peculiares repercusiones.
Juan Pablo II, cardenal Karol Wojtyła, ahora con el rango de santo, estuvo en estas tierras en cinco ocasiones. En 1979, a menos de cuatro meses de haber arribado como jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano, anduvo por tierras mexicanas.
Esa primera visita papal a nuestra patria inició el viernes 26 de enero de 1979, al aterrizar en las pistas del Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, donde lo recibió el presidente José López Portillo.
Tras varias actividades y recepciones en distintos lugares, arribó a Guadalajara el 30 de aquel mes, recibiéndolo los dos máximos personajes de Jalisco: el gobernador Flavio Romero de Velasco y el cardenal José Salazar López; curiosamente, ambos nativos de la ciudad de Ameca. Recordamos la frase del ejecutivo jalisciense: “Soy cristiano sin dogma ni rito”. El supremo dignatario del catolicismo expresó entonces una cuestión preocupante: “Me duelen las ideologías de odio y violencia que tantas heridas causan en la humanidad contemporánea”.
Gozó de la vívida música tapatía, ofició una misa en el Estadio Jalisco, se reunió con obreros y seminaristas y asistió a la Basílica de Zapopan. Como recuerdo, en la urbe zapopana se le erigió una agraciada estatua —otras más se realizaron en la Perla Tapatía— en la amplia Plaza de las Américas, hoy también conocida como Plaza Juan Pablo II. Tras doce horas de estadía entre los jaliscienses, regresó a la capital de la nación. Se despidió del país desde Monterrey el último día del mes, conviviendo entre los mexicanos 127 horas y 9 minutos.
El bien llamado “Papa peregrino”, por las constantes giras que realizó fuera de Italia durante su papado —104, visitando 129 naciones—, regresó a México en 1990. En esta ocasión recorrió el país del 6 al 14 de mayo; beatificó en el santuario de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, nombrándolo protector y abogado de los indígenas, y también acudió a Jalisco, donde participó en la Jornada Nacional de la Juventud, la coronación pontificia de la Virgen de San Juan y un emotivo encuentro con miles de fieles y jóvenes.
Aún resuena su vívida locución a las juventudes: “Lleváis en vuestras manos, como frágil tesoro, la esperanza del futuro”.
Todavía regresó a México en dos ocasiones más. En 1993, entre el 11 y el 12 de agosto, visitó las ciudades de Mérida e Izamal. El entonces mandatario Carlos Salinas lo recibió en la capital de Yucatán, y el Papa enfatizó que viajaba como peregrino del amor y la esperanza, rememorando los lamentables hechos del 24 de mayo, cuando en Guadalajara fue privado de la vida el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.
Juan Pablo II regresó por cuarta vez en 1999, siendo presidente Ernesto Zedillo, quien lo recibió el 22 de enero en el aeropuerto de la Ciudad de México. El Papa y su anfitrión coincidieron en asegurar que la riqueza espiritual de los mexicanos es lo que los mantiene de pie ante tantas carencias materiales, siendo la fuerza que permite multiplicar oportunidades y disminuir desigualdades.
Presente estuvo el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo tapatío y relator del Sínodo de América, reunión cumbre episcopal cuyas conclusiones, válidas para todo el continente, dio a conocer el vicario de Cristo. Esta gira terminó el 26 de enero.
Finalmente, el Papa Wojtyła presidió el 31 de julio de 2002, en la capital federal, la canonización de Juan Diego —con su apellido náhuatl Cuauhtlatoatzin, “el que habla como águila”—, buscando dignificar a las etnias mexicanas; por ello afirmó: “México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México”.
Paradójicamente, los sitiales de honor fueron ocupados por personajes blancos como Vicente Fox, su esposa, familiares y colaboradores, junto a empresarios, miembros del clero y la burguesía. Los naturales brillaban como danzantes para deleite de los distinguidos asistentes. Al día siguiente, el cansado visitante partió dejando presente su frase: “México, siempre fiel”.
Los demás papas que han estado en nuestra patria son Benedicto XVI (2012) y el sudamericano Francisco (2016), sumando así siete visitas papales en la historia del país. El primero, Joseph Ratzinger, del 23 al 25 de marzo de 2012, hizo un viaje específico a León, Guanajuato, y Silao, donde fue recibido con gran fervor por miles de católicos y se reunió con el entonces presidente Felipe Calderón. Ambos aludieron al grave asunto del narcotráfico; el sucesor de Juan Pablo II exhortó a desenmascarar “las falsas promesas y mentiras del narcotráfico”.
El arzobispo de León, José Guadalupe Martín Rábago, expuso que esa visita papal era “una recompensa a la gente que, a pesar del pluralismo religioso y del proselitismo de otros grupos, se ha mantenido mayoritariamente fiel a la Iglesia católica”. Con gran sorpresa para el mundo, el mencionado representante de Cristo renunció al papado el 11 de febrero de 2013. Poco después, los cardenales eligieron como nuevo timonel del catolicismo al purpurado argentino Jorge Mario Bergoglio, quien asumió el 13 de marzo de ese año, adoptando el nombre de Francisco en honor a san Francisco de Asís.
Visitó México del 12 al 17 de febrero de 2016. Los lugares que lo recibieron fueron la Ciudad de México, Ecatepec (Estado de México), Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de las Casas (Chiapas), Morelia (Michoacán) y Ciudad Juárez (Chihuahua). Fue recibido por el entonces presidente Enrique Peña Nieto y miles de mexicanos entusiastas.
El espíritu socialmente revolucionario del nuevo Papa se sintió de inmediato. El día 13 reprendió al alto clero, pidiéndole no perder el tiempo en cosas secundarias, habladurías, intrigas ni vanos proyectos de carrera. A los líderes políticos, económicos y sociales les pidió usar sus recursos para satisfacer las necesidades de la sociedad, advirtiendo que el beneficio propio fomenta la corrupción y la delincuencia.
Al día siguiente exhortó a luchar contra los “traficantes de la muerte” y a desarrollar un territorio de oportunidades para todos. Trascendental fue lo ocurrido el día 15 en Chiapas, cuando reivindicó la vida y obra del obispo Samuel Ruiz y pidió perdón a los pueblos indígenas secularmente vejados.
Desde Morelia, el día 16, advirtió a clérigos y jóvenes evitar la resignación ante la corrupción y la delincuencia. El día de su despedida, el 17 desde Ciudad Juárez, recordó el poema “Hermandad”, de Octavio Paz.
Dentro de estas visitas papales, es oportuno recordar que en febrero de 2024 el líder religioso aceptó reunirse con Xóchitl Gálvez y con Claudia Sheinbaum, entonces candidatas presidenciales.
Ahora, tras la desaparición de Francisco —sustituido el 8 de mayo de 2025 por el cardenal Robert Prevost, León XIV—, el mundo enfrenta convulsiones políticas y sociales. En ese contexto, una visita del nuevo pontífice sería significativa más allá del ámbito religioso.
La presidenta Claudia Sheinbaum manifestó en una mañanera reciente: “Esperamos que sea este año, pero no hay un comunicado oficial”. Reconoció que, aunque México es un Estado laico, la mayoría de su población es católica, por lo que la presencia papal tendría un fuerte impacto nacional.
Sheinbaum destacó también que existen temas de agenda común, como la paz mundial, la migración y la pobreza. En diciembre pasado informó que buscaba dialogar con el Santo Padre sobre su visita; León XIV expresó que estaría “encantado de viajar”.
El miércoles 14 de este mes, el cardenal Carlos Aguiar Retes tuvo un encuentro con el Papa para reiterar la invitación realizada por la Arquidiócesis y el Gobierno de México desde 2025. León XIV manifestó su deseo de visitar México y encomendarse a la Virgen de Guadalupe.
En conclusión, oposiciones y clero mayoritario muestran afinidades. En cambio, el Papado se ha declarado partidario de los pobres, defensor de las etnias y del respeto a las soberanías. De ahí la trascendencia de una eventual visita papal, que podría tender puentes entre el Estado mexicano y la Iglesia.



