Deportes
Entre el himno y el alcohol: patriotismo de estadio y negocio del fútbol
Miscelánea Deportiva, por Esteban Trelles Meza
Resulta inverosímil la enajenación que existe en torno al fútbol, incluyendo el uso del lábaro patrio, el Himno Nacional e incluso la presencia del propio Ejército Mexicano. En el Estadio Azulgrana (América-UANL) y, al parecer, en varios estadios, se celebró dentro de los inmuebles el Día del Ejército, fundamentalmente con la presencia de soldados, como homenaje póstumo a los militares caídos en los eventos violentos que vive México.
De hecho, ya es prácticamente una rutina la realización de estas ceremonias antes de los encuentros de fútbol. Se han vuelto parte cotidiana de un acto militar en el que se involucra a todos: jugadores, cuerpo técnico, prensa y afición.
Lo que resulta increíble es que, entre los propios jugadores, solo ocho o menos de ellos —de los 22 que participan en el campo— cantan el Himno Nacional. La simple razón es que, del once titular de un equipo, siete suelen ser extranjeros, bajo un reglamento de la FMF. Todo ello ocurre en un espectáculo deportivo en el que, en realidad, nada tiene que ver el patriotismo de nadie, en un país que ni siquiera respeta a sus iguales.
En las imágenes del público alegre y dicharachero, como suele ser el mexicano, sobresalen las cervezas que los aficionados levantan para brindar entre ellos. Se “divierten” de lo lindo cuando se dan cuenta de que las cámaras de televisión los enfocan con envases de litro en la mano.
Por supuesto, en las contiendas internacionales se diría que el acto es obligado por representar a tu país. En encuentros amistosos y, máxime, si se trata de un torneo mundialista de cualquier disciplina, ello incluso motiva al deportista que representa con dignidad a su nación en busca de la victoria, entregándose —como se diría— con alma, vida y corazón. Pero no debemos olvidar que se trata de una actividad deportiva que no implica la salvaguarda de la nación ni el patriotismo en su sentido más profundo.
El fútbol, como todos saben, es un negocio de particulares en el mundo que nada tiene que ver con los gobiernos de cada país. Funciona con total independencia dentro de la libre empresa y su práctica está protagonizada por personajes de la sociedad civil.
Hubo un tiempo en que en nuestro país se involucraron instituciones de gobierno, como el IMSS (Atlante, Oaxtepec), los sindicatos de Pemex (Ciudad Madero), el sindicato de ferrocarrileros (boxeo) y algunos gobiernos estatales, como Aguascalientes con Necaxa, entre otros estados que también incluyeron universidades como la UNAM, la UANL, la UdeG, la Universidad de Tamaulipas, la BUAP y la Universidad Autónoma de Guadalajara.
Estas últimas instituciones universitarias manejan presupuesto del erario, pues son sus gobiernos estatales quienes les otorgan apoyo presupuestal, a excepción de la UAG, que es una escuela privada. Entre otras instituciones que ya desaparecieron, al parecer Tigres ya no lo maneja la UANL, sino la empresa CEMEX; es decir, ya no es propiamente un equipo universitario.
Entre los directivos —muchos de ellos verdaderos “villamelones” en el tema futbolístico— está de moda contratar jugadores extranjeros. Incluso algunos pretenden realizar contrataciones “bomba” de figuras exitosas. Sin embargo, los comentaristas críticos y malinchistas señalan que se pretende nacionalizar a cualquiera con facilidad, lo que provoca que el representativo nacional pierda identidad y calidad humana.
Luego nos quejamos, como comentaristas, de que la Selección Nacional es en este momento la peor de todos los tiempos, según los amargados y negativos. Por cierto, hacen mucho ruido y tienen una afición receptiva hacia ese discurso negativo, aunque afortunadamente son los menos.
El director técnico nacional prácticamente no existe ya en la Primera División. Son desperdiciados por los federativos, que voltean hacia los extranjeros como si fueran la solución, otorgándoles todo el apoyo incondicional, tanto de forma como de fondo, y brindándoles una paciencia que no tienen con los nuestros.
Por otro lado, resulta irónico que el fútbol esté manejado por empresas cerveceras, refresqueras y bancarias, así como por marcas de “alimento chatarra”: frituras, papas y productos similares. En contraste, el finado Jorge Vergara impulsaba con su empresa Omnilife suplementos alimenticios, en congruencia con el universo deportivo y con ciudadanos comunes que se benefician de sus productos.
Ya sabemos que el “desorden” lleva mano con las cantinas más grandes del mundo: los estadios. Allí se ganan millones “envenenando” a las mayorías e introduciendo a los jóvenes en el consumo de alcohol como consumidores permanentes. El mexicano común no se queda en una cervecita ocasional: para muchos es el pan de cada día.
En el refrigerador casero de muchas familias —la gente común— no siempre hay alimentos como leche, huevos o frutas. En cambio, las “caguamas” y los refrescos de cola o sodas, dañinas para la salud por su exceso de azúcares, nunca faltan.
En la socialización entre los jóvenes, las bebidas embriagantes se han vuelto un factor central. Las llamadas “micheladas y alitas” están por todas partes y proliferan, curiosamente, aunque la ley prohíbe este tipo de negocios cerca de escuelas y universidades. El colmo es que algunos establecimientos intentan “familiarizar” estos espacios ofreciendo combos de snacks para niños, algo absurdo, ridículo e incongruente.
Esto genera paulatinamente ambientes de violencia, mientras que las cervezas prometen a los negocios el “permiso legal” de los ayuntamientos, claro, con la condicionante de tener en exclusividad su marca. El mobiliario y la pintura de las fachadas corren por cuenta de la cervecera. Corrupción total de gobiernos que infligen la ley y permiten esta mafia corporativa.
Ahora bien, sabemos y entendemos que el consumismo forma parte de los negocios y de nuestra existencia. Se entiende que las empresas tienen sus propias estrategias, no solo para abrir nuevos mercados, sino para mantenerse en ellos, que es lo fundamental.
Regresando al tema futbolístico, en la moda de los extranjeros cabe resaltar que quien encareció al fútbol mexicano fue, primeramente, el omnipotente América con su televisora, que proyectó mediáticamente al club hasta los rincones más recónditos del país. Su consigna era tener un equipo más que competitivo, con aspiraciones de campeonato, tratando de ganar todo torneo con jugadores y directores técnicos de primer nivel.
De repente apareció en Primera División la Universidad de Guadalajara, “armándose hasta los dientes” con un equipo que “nació grande”, frase que bautizó el inolvidable Ángel Fernández, ícono de la narración deportiva. Con su célebre expresión “a todos los que quieren y aman el fútbol”, hacía una delicia ver el deporte en la pantalla casera, cautivando a chicos y grandes con sus atinados comentarios.
La UdeG abrió la chequera para comprar la franquicia de La Laguna y traerla a la Perla Tapatía, con un uniforme espectacular de colores rojo, amarillo y negro, inspirado en Alemania. Así, su franquicia se colocó a la par del América, generando una inflación en el mercado de jugadores.
Entre ellos destacó Ignacio “Cuate” Calderón, con tres campeonatos de liga con el Rebaño Sagrado y mundialista en Inglaterra 1966 y México 1970. Fue adquirido por la escandalosa cifra de tres millones de pesos —la misma que costó la franquicia años antes— y con un sueldo mensual de 30 mil pesos, una cantidad que nadie ganaba en aquella época entre los futbolistas.
Actualmente, como todos sabemos, las “chequeras más rápidas del Oeste” son las de los equipos de la Sultana del Norte: Tigres de la UANL y Monterrey. El primero vivió una época de campeonatos con el director técnico Ricardo “Tuca” Ferretti. Los Rayados, en cambio, fracasan temporada tras temporada pese a sus contrataciones “bomba”, como la del español Sergio Ramos, defensa goleador y duro en la cancha, con un salario de cuatro millones de dólares anuales, tirados prácticamente a la basura en términos de campeonatos, aunque se reconoce la extraordinaria actuación del equipo en el Mundial de Clubes, donde obtuvieron 26 millones de dólares por avanzar en el torneo.
La “Máquina” de Cruz Azul, perteneciente a la cementera, fue desfalcada por la familia Álvarez, con Billy —hoy encarcelado—, su hermano y hasta el cuñado Garcés. Aun así, al equipo siempre le han invertido, ahora bajo la dirección del ingeniero Velázquez, armando actualmente un verdadero “trabuco” para 2026.
Toluca, bicampeón, invirtió y ganó. Durante años estuvo abandonado por sus dueños, pero despertaron e invirtieron millonadas, incluido el remozamiento de su propio estadio.
El Rebaño Sagrado, en la era de Jorge Vergara, construyó su propio estadio e invirtió junto con Ricardo Peláez cerca de 50 millones de dólares, aunque fracasaron con el llamado “chilango” vividor profesional.
Actualmente, con jugadores provenientes de la MLS, las Chivas están nuevamente entre los mejores, con un equipo de hombres y no de nombres, un auténtico equipazo, complementado con elementos surgidos de su propia cantera, como el Tapatío.
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