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CULTURA

Entre estereotipos y silencios, el 8M: Los retos de las mujeres en la literatura

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Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias

El 8M, no solo funciona como recordatorio de las luchas históricas, sino como un impulso para visibilizar voces que han sido sistemáticamente relegadas.

Jacqueline Alarcón presenta un análisis del estado actual de la literatura hecha por mujeres y los desafíos que aún persisten. Ella es escritora especializada en narrativas feministas, licenciada en Comunicación Social por la UAM-Xochimilco, con más de diez años de experiencia en medios de comunicación.

Es tallerista y directora de Sala de Escritoras, un espacio de divulgación y acompañamiento creativo para mujeres. Además, ha publicado en medios y proyectos feministas.

¿Cuál es tu labor en la promoción de la literatura enfocada a mujeres?

Tengo más de diez años trabajando en recolectar la memoria histórica de las mujeres que están olvidadas en archivos nacionales. Muchas mujeres han quedado relegadas de los textos sobre literatura en México, ya sea porque no se les conoce o no se valora su obra. Mi labor ha sido rescatar archivos y darle luz y voz a las mujeres que no han sido reconocidas.

Conforme fui avanzando, me interesó unir estas historias con las de otras mujeres que no contaron su historia, y crear espacios donde se pudieran encontrar.

¿Cuáles son los principales prejuicios que se han enfrentado al momento de hacer una carrera literaria?

Existe un estereotipo muy grande del deber ser. Crecemos con la idea de que debemos ser buenas hijas, buenas madres, buenas parejas, buenas estudiantes, y esas categorías encierran nuestras libertades. Cuando las mujeres quieren contar sus historias, ese estereotipo comienza a aplastar y a silenciar necesidades reales: hablar del cuerpo, de la sexualidad, de la violencia, de nuestras propias realidades.

También se nos ha dicho que para ser escritora hay que tener un título profesional, de lo contrario se duda del talento. Muchas escritoras que hoy ocupan un lugar importante fueron autodidactas. Gabriela Mistral vivió bajo el yugo del estereotipo de no tener un título profesional, y aun así ganó un Premio Nobel.

¿El deber ser —la madre abnegada, la mujer ejemplar— limita los temas que se consideran aceptables para que una mujer escriba?

Definitivamente. Cuando hablamos de literatura hecha por mujeres, existe un sesgo de género. Durante décadas, la literatura y los medios dirigieron la ideología de la época: si se quería sostener la idea de que las mujeres debían ser amas de casa, entonces los contenidos se enfocaban en cómo ser una buena esposa o una madre abnegada.

Hoy hay mayor diversificación, pero sigue habiendo un sesgo. En los medios, cuando se habla de mujeres, se habla desde la belleza o desde el rol romántico. Los temas políticos —el cuerpo, las leyes, el aborto— quedan supeditados al permiso de esos espacios.

Por eso han surgido espacios independientes donde las mujeres se reúnen para hablar desde la resistencia. Ahí se habla de maternidades no romantizadas, del cansancio, de la violencia, de lo que históricamente se ha silenciado.

¿Cómo ha sido la creación de estos espacios donde se habla de mujeres, por mujeres y para mujeres?

Surgen desde la necesidad de hablar. Son espacios donde podrías encontrar el abrazo de una amiga, pero también lugares donde los dolores y las heridas se convierten en letras. Ahí la rabia se transforma, no para perdonar lo que nos sucede, sino para extenderla a otras y reconocernos.

Cuando libros como El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, llegan a estos espacios, se transforman en lugares de aprendizaje conjunto. Todas hemos vivido alguna forma de violencia, de silencio, de miedo. Estos espacios crecen porque cada vez hay más necesidad de hablar y de llevar estas experiencias a un territorio político, no solo literario.

Háblame de Sala de Escritoras. ¿Cómo surgió este espacio?

Surgió hace dos años a partir de una necesidad personal, después de un colapso mental. Soy escritora y guionista desde hace más de diez años, pero llegué a un punto en el que ya no podía sentarme a escribir. Al mismo tiempo tuve problemas físicos derivados de pasar tantas horas frente a la computadora. Me di cuenta de que se romantiza demasiado el oficio de escribir y se habla poco de cómo nos llevamos al límite.

El proceso creativo para mujeres es distinto porque la estructura literaria ha sido históricamente masculina. El bloqueo creativo de las escritoras no solo es no saber qué escribir: viene de frases que escuchamos desde niñas —“no tienes talento”, “te falta educación”, “eres la niña”—. Te conviertes en un fantasma dentro de las producciones.

Empecé a subir contenido pensando que tal vez alguien se identificaría, y descubrí que éramos muchas. Así nació Sala de Escritoras: un espacio para que las mujeres cuenten su historia sin necesidad de un título profesional.

Hoy es una comunidad latinoamericana que impulsa convocatorias y proyectos donde hablamos de cómo las ciudades nos devoran, de cómo vivimos la violencia, de cómo nos abrazamos desde distintos territorios.

¿Crees que movimientos como el 8M refuerzan la literatura hecha por mujeres?

Sí. Potencian la divulgación, pero en realidad es algo que ya venía sucediendo desde espacios pequeños. El 8M funciona como un día simbólico, pero el movimiento literario y político va más allá. Gracias a estos espacios, muchas historias se han convertido en antologías que hoy están en bibliotecas y librerías. Nos sentimos protegidas dentro de ese día para hablar de lo que aún cuesta decir.

¿Cuáles son los principales temas que aborda la literatura femenina hoy?

El cuerpo como territorio político. Hay una necesidad de reapropiarnos del cuerpo y de nombrar la rabia que sentimos, que no viene solo de lo personal, sino de la estructura sistemática. También se habla de salud mental, de cómo somos invisibilizadas en consultorios médicos o en nuestros trabajos. Se desmitifica el amor romántico y se cuestiona la literatura que no nos nombra. Tomamos las letras para nombrarnos a nosotras mismas.

 


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