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PERSONALIDADES

Jesús Salazar, presidente de Somos Manos Tapatías: Hace frente a la crisis del agua

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– Ha entregado más de 2.5 millones de litros de agua a través de Somos Manos Tapatías.

Por Amaury Sánchez González.

En política, el poder suele medirse por el número de patrullas que llegan, por los inspectores que toman nota y por los funcionarios capaces de cancelar un permiso con la misma facilidad con la que después niegan haber dado la orden. En las calles, sin embargo, el poder se mide de otra manera: por la confianza que despierta una persona cuando aparece en el momento de la necesidad.

En Guadalajara, donde abrir la llave se ha convertido para muchas familias en un acto de incertidumbre, la Fundación Somos Manos Tapatías decidió intervenir no mediante discursos, sino con agua.

La organización, presidida por el doctor José de Jesús Salazar Zazueta, informa haber distribuido más de dos millones de litros de agua potable mediante 187 pipas, beneficiando directamente a cerca de 28 mil personas en más de veinte colonias. También reporta la entrega de 127 mil garrafones de veinte litros a aproximadamente nueve mil familias.

Las cifras son considerables y, precisamente por ello, deben presentarse con absoluta claridad. Ciento veintisiete mil garrafones equivalen, por sí solos, a dos millones 540 mil litros. La fundación tendría que explicar si esta cantidad se encuentra incluida en el volumen total anunciado o si debe sumarse al agua entregada mediante pipas. La precisión no disminuye la importancia del trabajo; por el contrario, le proporciona la credibilidad documental que una labor de semejante magnitud merece.

Porque la solidaridad también necesita cuentas claras.

Las acciones han llegado a Medrano, Jardines de la Paz, Oblatos, Balcones de Oblatos, San Marcos, Belisario Domínguez, Santa Cecilia, Lomas del Paraíso III, Huentitán el Bajo, Blanco y Cuéllar, Postes Cuates, Santa María, San Andrés, San Antonio, El Fresno y otras colonias donde el agua dejó de ser una certeza cotidiana.

También se entregaron nueve mil litros a la Escuela Primaria Juan Gil Preciado y otros 12 mil en Talpita, para ayudar a personas en situación de calle atendidas por el DIF Jalisco. Incluso el 16 de septiembre, mientras la burocracia descansaba y las plazas se llenaban de discursos patrióticos, se distribuyeron 27 mil litros adicionales en El Fresno y San Andrés.

Hay algo profundamente político en llevar agua cuando falta, pero no necesariamente electoral. La política, antes de convertirse en candidatura, partido o propaganda, es la capacidad de organizar a una comunidad alrededor de sus necesidades. Lo electoral pide respaldo; lo social ofrece auxilio. La frontera entre ambos terrenos debe cuidarse, pero sería injusto confundir toda acción ciudadana con una campaña encubierta.

Salazar Zazueta parece haber entendido que el tejido social no se reconstruye desde un escritorio. Se reconstruye en las calles, escuchando a los vecinos, creando canales de información, atendiendo las causas del abandono y recuperando espacios donde las personas puedan encontrarse sin miedo.

Esa concepción explica los encuentros comunitarios y las actividades por la cultura de paz promovidas por la fundación. También permite comprender un episodio ocurrido en Santa Cecilia, cuyos pormenores deberán ser esclarecidos tanto por los organizadores como por el Ayuntamiento de Guadalajara.

De acuerdo con la versión de Somos Manos Tapatías, un evento programado en el conocido Parque de los Bochos enfrentó, desde temprana hora, la presencia de inspectores municipales, personal sanitario y varios equipos policiales. Los organizadores interpretaron el despliegue como un intento de impedir la actividad.

La autoridad municipal está obligada a explicar si existía un problema con el permiso, una observación de Protección Civil, algún riesgo sanitario o una infracción concreta. También debe informar quién ordenó el operativo y por qué se consideró necesaria tal cantidad de personal.

No sería responsable afirmar, sin documentos, que la instrucción provino directamente de la presidenta municipal. Pero tampoco resultaría aceptable guardar silencio ante un despliegue que, por su tamaño, pudo generar la impresión de intimidación o trato selectivo.

Frente a esa circunstancia, Salazar tomó una decisión política en el sentido más sobrio del término: evitó la confrontación. Como los ciudadanos ya comenzaban a llegar, cambió el encuentro a un espacio privado. Según el relato de los organizadores, en aproximadamente una hora y media se comunicó la nueva ubicación, se reorganizó la logística y el evento pudo celebrarse.

La fundación sostiene que acudieron más de cinco mil personas. Esa cantidad deberá comprobarse mediante registros, imágenes, capacidad del inmueble y estimaciones independientes. Pero, aun dejando a un lado la disputa sobre el número exacto, la rapidez para trasladar una reunión de esa naturaleza revela organización, comunicación territorial y capacidad de respuesta.

El poder formal puede mandar inspectores. El liderazgo social consigue que la gente se traslade y permanezca reunida.

La diferencia no es menor.

Quienes asistieron cantaron, bailaron y convivieron. Para algunos observadores, eso podría parecer entretenimiento sin trascendencia. Pero, en colonias golpeadas por la inseguridad, el deterioro de los servicios y la pérdida de confianza, recuperar la convivencia también es una forma de prevención. La cultura de paz comienza cuando los vecinos vuelven a reconocerse como comunidad y dejan de verse únicamente como habitantes aislados de calles olvidadas.

Nada de esto libera al gobierno de sus obligaciones. El derecho al agua no puede depender de la generosidad de una fundación ni de la capacidad económica de un particular. Corresponde a las autoridades garantizar un servicio suficiente, salubre, continuo y accesible. Las pipas ciudadanas pueden aliviar una emergencia, pero jamás deberán convertirse en la coartada de una administración incapaz de reparar el sistema.

Tampoco sería sano transformar la ayuda en culto a una persona. La legitimidad del doctor José de Jesús Salazar Zazueta dependerá de que los recursos sean transparentes, las cifras comprobables, los apoyos incondicionales y las acciones respetuosas del marco electoral. Ayudar sin pedir afiliaciones, aplausos o votos es lo que distingue la conciencia social del clientelismo.

Sin embargo, existe una verdad que el poder suele descubrir demasiado tarde: cuando una autoridad se aleja de las calles, alguien termina ocupando el espacio que dejó vacío. No siempre lo hace un adversario político. A veces lo hace un ciudadano con organización, voluntad y una pipa de agua.

Somos Manos Tapatías está construyendo presencia donde existe necesidad. Si documenta con rigor sus resultados y conserva el carácter ciudadano de su trabajo, su mayor capital no será una fotografía ni una multitud, sino algo bastante más difícil de conseguir: la confianza de quienes han comprobado que, cuando llamaron, alguien respondió.

Porque mientras algunos administran permisos, otros atienden problemas. Y, en la política verdadera, esa diferencia termina pesando más que cualquier discurso.


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