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MUNDO

El Papa advierte sobre la guerra, la crisis del lenguaje y el retroceso de los derechos humanos

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Por Redacción Conciencia Pública 

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En su primer discurso de Año Nuevo ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa León XIV delineó una radiografía severa y a la vez esperanzadora del mundo contemporáneo, marcado —dijo— por un deterioro del multilateralismo, el regreso de la lógica de la fuerza y un “cortocircuito” en el sistema de los derechos humanos. Desde el Aula de las Bendiciones, el Pontífice llamó a recuperar el diálogo, el derecho internacional y una visión ética de la política global.

El mensaje tuvo un tono inaugural. A pocos meses de haber asumido el pontificado, León XIV reconoció la carga simbólica de dirigirse por primera vez a los embajadores y recordó el año excepcional vivido por la Iglesia, atravesado por el Jubileo y por la muerte del Papa Francisco, cuya figura describió como la de un padre espiritual que congregó al mundo entero en torno a su despedida.

El Pontífice subrayó el sentido pastoral del Año Santo, al que acudieron millones de peregrinos en busca de consuelo y esperanza, y agradeció al pueblo de Roma y al Estado italiano por el esfuerzo logístico y de seguridad. En ese marco, destacó la cooperación bilateral con Italia, tanto en materia de asistencia espiritual a las Fuerzas Armadas como en proyectos ambientales, como la planta agrovoltaica del Vaticano.

León XIV evocó también sus recientes viajes a Turquía y al Líbano, donde conmemoró el aniversario del Concilio de Nicea y constató, respectivamente, la urgencia de la unidad cristiana y la vitalidad de una sociedad plural que, pese a las dificultades, mantiene viva la esperanza, especialmente entre los jóvenes.

El eje conceptual del discurso fue san Agustín y *La Ciudad de Dios*. A partir de esa obra, el Papa propuso una lectura contemporánea de la coexistencia entre la ciudad terrenal —el ámbito de las instituciones, los Estados y la política— y la ciudad de Dios, recordando que la historia no se reduce a una lucha entre Iglesia y poder, sino a una responsabilidad ética compartida por cada persona.

Desde esa clave, advirtió que los grandes peligros de la vida política surgen del orgullo, el nacionalismo extremo y las falsas narrativas históricas. A su juicio, el tiempo actual se asemeja a otros momentos de quiebre civilizatorio: migraciones masivas, reacomodos geopolíticos y una transición que no es solo “una época de cambios”, sino un auténtico cambio de época.

Uno de los señalamientos más contundentes fue la crítica al debilitamiento del multilateralismo. León XIV lamentó que la diplomacia del consenso esté siendo reemplazada por una diplomacia de la fuerza y alertó que la guerra vuelve a presentarse como instrumento legítimo. En ese contexto, reivindicó el papel histórico de la Organización de las Naciones Unidas y pidió su reforma para que refleje el mundo actual y actúe con mayor eficacia en favor de la unidad humana.

El Papa defendió con firmeza el derecho internacional humanitario y condenó los ataques contra civiles, hospitales e infraestructura básica. Reiteró que ninguna ambición estratégica puede justificar la violación de la dignidad humana y subrayó que la protección de la vida debe prevalecer sobre cualquier interés nacional o geopolítico.

Un apartado central del discurso abordó la crisis del lenguaje. León XIV advirtió que las palabras han perdido anclaje en la verdad y se han convertido en armas de manipulación y exclusión. Esta ambigüedad —señaló— erosiona el diálogo, debilita la libertad de expresión y abre paso a formas sutiles de autoritarismo, incluso bajo el pretexto de la inclusión.

En ese marco, defendió la libertad de conciencia y la objeción de conciencia como pilares de las sociedades verdaderamente democráticas, así como la libertad religiosa, que describió como el primero de los derechos humanos. Denunció el aumento global de la persecución religiosa y recordó que millones de cristianos sufren discriminación y violencia por su fe.

El Pontífice extendió su reflexión a la dignidad de los migrantes, los presos y las personas vulnerables. Llamó a no criminalizar la migración forzada, a rechazar la pena de muerte y a promover sistemas de justicia orientados a la rehabilitación. Asimismo, reafirmó la centralidad de la familia y del derecho a la vida, expresando su rechazo al aborto, la subrogación y la eutanasia, a las que consideró expresiones de una cultura que descarta a los más débiles.

León XIV advirtió que el mundo vive una paradoja: mientras se proclaman nuevos derechos, se restringen libertades fundamentales como la expresión, la conciencia y la vida misma. Este fenómeno —dijo— vacía de contenido el sistema de derechos humanos y deja espacio a la imposición de la fuerza.

En el plano geopolítico, el Papa se refirió con preocupación a los conflictos en Ucrania, Tierra Santa, Venezuela, Haití, África y Asia Oriental. En todos los casos, llamó al alto el fuego, al diálogo y a soluciones políticas justas, reiterando la disposición de la Santa Sede para acompañar iniciativas de paz y denunciando la idea de que la seguridad se garantice únicamente mediante la disuasión y el armamentismo.

El discurso concluyó con una nota de esperanza. León XIV recordó que la paz, aunque difícil, es posible si se construye con humildad y valentía, y citó ejemplos recientes de acuerdos que han puesto fin a conflictos prolongados. Inspirado en san Francisco de Asís, invitó a los pueblos y a sus gobernantes a convertirse en artesanos de paz, capaces de mirar más allá del poder inmediato y de reencontrar, en la verdad y el perdón, el camino hacia un orden más justo.


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