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JALISCO

La bancada que decidió no dar pelea: Política del asiento vacío

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Crónica de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

Hay gestos que definen una época y ausencias que explican una derrota. En el Congreso de Jalisco, la bancada de Movimiento Ciudadano decidió practicar una vieja disciplina que creíamos superada: la política del asiento vacío. Mientras se discutía el alza al transporte público —el tarifazo que golpea directo al bolsillo de quienes viven al día—, los naranjas optaron por abandonar el recinto. No fue una retirada estratégica; fue una renuncia política.

La escena es reveladora. Cinco diputadas y diputados emecistas se levantan y dejan la cancha libre. Afuera, el discurso: que el referéndum no procede, que la consulta es jurídicamente inviable, que el procedimiento está mal planteado. Adentro, la realidad: una oposición que aprovecha el vacío, arma mayoría circunstancial y eleva el costo político del aumento. En política, ausentarse no es neutralidad; es tomar partido por omisión.

A ese cuadro de ausencia hay que añadirle un matiz que raya en la contradicción. Gabriela Cárdenas, Celenia Contreras, Alejandra Giadans, Fernanda Hernández, Adriana Medina y Montserrat Pérez no solo abandonaron el debate político: durante la discusión de los asuntos contra el tarifazo entraban y salían del Salón de Plenos como si se tratara de una antesala administrativa y no del recinto donde se decide la vida pública del estado.

Algunas le justificaron, al reportero Martín Aquino, su intermitencia en llamadas telefónicas, como si la urgencia privada pudiera imponerse a la responsabilidad pública.

Y, sin embargo, el episodio alcanzó un giro aún más revelador: Celenia Contreras, diputada de Movimiento Ciudadano, pese a sus ausencias, reapareció lo suficiente para votar —y lo hizo del lado de la oposición—, avalando junto con Morena, PAN, Hagamos, PRI, Futuro, PT y Alejandro Puerto un acuerdo para pedir al gobernador Lemus vetar el tarifazo y citar a comparecer a funcionarios estatales.

El mensaje fue inequívoco: ni cohesión interna ni línea política clara. Cuando una bancada se diluye al grado de votar contra sí misma, el problema ya no es el tarifazo, sino la orfandad política que deja el poder cuando no sabe si quedarse, irse o votar en sentido contrario.

El argumento del gobierno —y de su bancada— se refugia en la técnica jurídica: que si la tarifa tiene “carácter contributivo”, que si la ley no permite someter a consulta acuerdos administrativos, que si el canal institucional correcto no es este sino aquel. Todo puede discutirse en tribunales y cátedras. Pero la política no se gana en dictámenes; se gana dando la cara. Y aquí la cara se escondió.

Porque mientras los emecistas se ausentaban, se aprobaban comparecencias, exhortos, revisiones a contratos, llamados a la Contraloría y a la Auditoría. Se abría, además, la puerta a una disputa pública sobre el referéndum. ¿Procede o no? Esa es la discusión. Pero el error fue regalarle el micrófono a la oposición y permitirle vestir de causa ciudadana lo que, con toda probabilidad, también tiene cálculo electoral. Aun así, la política se disputa en el terreno donde ocurre, no en el que conviene.

El transporte público no es un asunto menor ni técnico. Es la línea que separa la gobernabilidad del enojo social. Subir la tarifa sin pedagogía, sin consenso visible y sin asumir costos es una torpeza clásica. Pero responder a la inconformidad con el abandono del pleno es algo peor: es una señal de desconexión con la calle. Mientras se recolectan firmas y se multiplican los reclamos, el oficialismo decide ausentarse y confiar en que la legalidad —esa palabra cómoda— lo rescate.

La legalidad no vota. La legalidad no toma camión a las cinco de la mañana. La legalidad no hace fila para recargar una tarjeta. La política sí. Y la política exige presencia, incluso cuando el escenario es adverso. Quedarse en la tribuna, aun en minoría, es una forma de defensa. Irse es aceptar la narrativa del contrario.

Hay quien dirá que solo eran cinco de once; que la coordinación estaba mermada; que la salud del coordinador explica el desorden. Excusas todas. La política no se suspende por contingencias personales ni por cálculos mal hechos. Cuando el tema es sensible —y el transporte lo es—, la bancada gobierna con lo que tiene o pierde con lo que falta. En este caso, perdió por irse.

El episodio deja otra lección: la tecnocracia sin política es un búmeran. El Ejecutivo corrige la plana, dice que el Congreso se dirigió al órgano equivocado, que el ajuste no deriva de un decreto, que la consulta no procede. Puede tener razón. Pero mientras lo explica, la oposición suma firmas y capitaliza el descontento. La razón jurídica, sin estrategia política, llega tarde.

El problema de fondo no es el referéndum. Es la incapacidad de sostener una discusión incómoda frente a la ciudadanía. La política del asiento vacío no persuade; evade. Y cuando se evade, otros ocupan el espacio. Así ocurrió: comparecencias, exhortos, comisiones especiales, revisiones de contratos. Todo aprobado en ausencia del partido en el poder.

No se trata de romantizar a la oposición ni de absolverla de oportunismo. Se trata de señalar una falla grave del oficialismo: confundir legalidad con legitimidad y creer que ausentarse es gobernar. En democracia, el vacío se llena. Y casi siempre lo llena el adversario.

El tarifazo seguirá su ruta administrativa; el referéndum, su batalla jurídica. Pero la fotografía que queda es la de una bancada que prefirió no dar la pelea. En política, como en la vida pública, el que se va pierde. Y el asiento vacío no absuelve: acusa.

En X: @DEPACHECOS

 


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