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CULTURA

Jean Meyer cifra en 250 mil los muertos de la Cristiada

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Por Francisco Junco:

A cien años del inicio de la Guerra Cristera, el historiador Jean Meyer puso el costo humano del conflicto en el centro de la discusión académica al señalar que la confrontación de 1926 a 1929 dejó alrededor de 250 mil muertos, entre combatientes y civiles, en un México que entonces tenía menos de 20 millones de habitantes.

Durante la conferencia magistral que abrió el Coloquio Internacional “A 100 años de la Cristiada”, organizado por El Colegio de Jalisco, la Universidad de Guadalajara y CIESAS Occidente, el investigador abordó la muerte, las represalias militares y el sufrimiento de la población, con una reflexión que conectó la historia mexicana con los conflictos armados actuales.

“El primer punto que no podía manejar cuando escribí mi libro de la Cristiada es el costo humano de esos tres años”, explicó y sostuvo que la cifra de 250 mil víctimas no surgió de una estimación personal sin sustento, sino de información que conoció a partir de una declaración del expresidente Miguel de la Madrid en 1984 y de las investigaciones del general e historiador Luis Garfias, quien le confirmó que había proporcionado ese dato a la Presidencia de la República. La cifra incluía tanto a combatientes como a civiles y contemplaba muertes directas e indirectas.

El historiador añadió que, entre 1926 y 1929, más de un millón de mexicanos buscaron refugio en Estados Unidos, un desplazamiento que contribuyó a transformar ciudades como Los Ángeles y Chicago. Para Jean Meyer, estas dimensiones permiten entender que la Cristiada no fue únicamente una confrontación entre fuerzas armadas, sino una tragedia social que alcanzó a comunidades enteras.

Al explicar las causas de la violencia, el historiador describió las dificultades que enfrentó el Ejército federal para combatir una insurrección de tipo guerrillero, cuyos participantes podían alternar las labores cotidianas con los ataques armados. A esa dinámica se sumaron la preparación limitada de las tropas y la confrontación ideológica entre sectores gubernamentales y católicos.

Meyer señaló que algunos mandos recurrieron a ejecuciones públicas, torturas y exhibición de cadáveres como mecanismos de intimidación para impedir que la población apoyara a los cristeros. Sin embargo, advirtió que esa estrategia también podía producir el efecto contrario y fortalecer la rebelión. “Esos militares son como los pirómanos que incendian el bosque, no son bomberos”, afirmó al referirse a quienes, en lugar de contener el conflicto, agravaron la violencia con sus actuaciones.

Uno de los episodios que expuso fue el asesinato del sacerdote Galindo, ocurrido en junio de 1929, cuando el conflicto estaba por concluir. De acuerdo con el relato de Jean Meyer, el religioso se había mantenido alejado de la lucha armada y recorría comunidades para atender a sus fieles, pero fue detenido y ejecutado por orden de un general.

El historiador utilizó el caso para mostrar cómo la violencia podía continuar incluso cuando ya se anunciaba la paz. También mencionó a mandos militares señalados por abusos y contrapuso sus conductas con las de otros oficiales que se negaron a fusilar prisioneros, torturar personas o saquear poblaciones.

Entre estos últimos destacó a Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y Heliodoro Chávez, a quienes presentó como ejemplos de militares que conservaron límites frente a la crueldad de la guerra.

La población civil, insistió Meyer, padeció represalias, secuestros y una política de reconcentración que obligaba a los habitantes de determinadas regiones a abandonar sus hogares y trasladarse a poblaciones designadas por las autoridades militares. El objetivo era privar a la guerrilla del respaldo y los recursos que encontraba en las comunidades rurales.

En los Altos de Jalisco, las medidas aplicadas durante los inviernos de 1927 y 1928 provocaron desplazamientos masivos. El historiador recordó que Arandas, con alrededor de siete mil habitantes, llegó a recibir a unas 50 mil personas, muchas de ellas obligadas a permanecer a la intemperie, en un contexto de enfermedades y falta de atención.

Jean Meyer vinculó estas condiciones con las muertes indirectas del conflicto y con la dificultad de dimensionar el costo humano de la guerra más allá de las bajas registradas en combate. En su revisión de las responsabilidades de ambos bandos, el investigador también reconoció que los cristeros ejecutaron a militares federales y jefes agraristas capturados, aunque señaló que las decisiones dependían de los mandos y de las circunstancias regionales.

Para Meyer, la investigación histórica debe evitar las explicaciones que reducen el conflicto a una lucha entre buenos y malos. “Yo creo que la objetividad es nuestra estrella polar, pero nunca llegamos”, expresó, al defender la necesidad de buscar una interpretación rigurosa mediante el contraste de testimonios y documentos.

En ese sentido, celebró la apertura de archivos mexicanos y extranjeros, incluidos los de la Santa Sede, y consideró que todavía hay preguntas por responder, entre ellas el papel de los católicos que formaron parte del gobierno de Plutarco Elías Calles y las experiencias de quienes se opusieron a la lucha armada.
Meyer concluyó con una reflexión sobre la amnistía prometida a los cristeros después de los acuerdos de 1929, cuyo incumplimiento derivó en asesinatos selectivos de antiguos jefes rebeldes.

Atribuyó esas acciones principalmente a políticos locales que buscaban congraciarse con el gobierno central o satisfacer venganzas, y recordó el testimonio del general Figueroa, quien advirtió a un excombatiente que su vida corría peligro si permanecía en Jalisco. El historiador cerró así una conferencia que puso en primer plano a las víctimas, los desplazados y las responsabilidades de los actores armados, con una advertencia sobre la vigencia del tema ante las guerras contemporáneas.

Su planteamiento fue que estudiar la Cristiada exige examinar no sólo las causas políticas y religiosas del levantamiento, sino también las consecuencias humanas de la violencia y las decisiones que hicieron más difícil alcanzar una paz duradera.


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