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LOS PELOTEROS

Crónica de un reencuentro con la pasión

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Deporte Rey, por Gabriel Ibarra Bourjac:

Aún resuena en mi memoria la voz vibrante, sabrosa y empática del gran cronista Fausto Soto Silva, a través de la XEDM, “La Grande de Sonora”.

Este tipo de narraciones marcaron mi infancia, definiendo mis gustos y trazando el rumbo que habría de seguir. Me dormía con la emoción palpitante de los jonrones de Héctor Espino, recreando en mi mente las grandes atrapadas de Marcelo Juárez en el jardín central del estadio Fernando M. Ortiz. Fue Fausto quien sembró en mí esa semilla de pasión inquebrantable por el béisbol.

Ese era el mundo de emociones que viví en mi niñez y adolescencia. El “Superman de Chihuahua”, Héctor Espino; Celerino Sánchez, aquel tercera base magistral que llegó a vestir la franela de los Yankees; o el espigado Pancho Barrios, capaz de ganar 14 juegos con las Medias Blancas de Chicago antes de volver al invierno mexicano. Mi mundo giraba en torno a sus actuaciones. Devoraba la sección deportiva de El Imparcial en Hermosillo y la columna El deporte al día de Eduardo Gómez Torres, con ese periodismo de estilo narrativo y poético que tanto me influenció.

El béisbol, sin lugar a dudas, fue el vehículo que me condujo al periodismo. Hoy, al hacer este encuadre, la vida me demuestra que tiene vueltas que, a veces, se parecen a un juego de extra innings.

Hay reconocimientos que uno no busca, que llegan sin avisar. Un martes cualquiera, el 29 de septiembre, la realidad me colocó en un plano inesperado. De pronto, me encontraba compartiendo la misma fotografía y la misma distinción con hombres que han dedicado su vida a narrar la historia deportiva de México: cronistas de Copas del Mundo, finales de Cimeba, noches de boxeo épicas y el vértigo en el velódromo. La Asociación de Cronistas y Periodistas Deportivos de Jalisco me otorgó el galardón por trayectoria junto a 23 personalidades destacadas.

Me sentí profundamente emocionado, pero a la vez “desencanchado”. Si hoy mi firma es reconocida por las columnas de análisis político en Periodistas en Plural de Televisa Guadalajara, mis intervenciones en radio, las entrevistas de fondo y la dirección de Conciencia Pública y Legisladores de México, es natural que alguien pregunte: ¿qué hace Gabriel Ibarra Bourjac en esta cancha?

Estar ahí, al lado de Héctor Huerta, Juan Pedro Payaud, Pedro Antonio Flores, Manuel Trujillo Soriano, Martín Navarro, Raimundo González, Juan Carlos González, Víctor “Niño” González, Emanuel Cedillo, Víctor Peralta, Jonathan Sierra y Ramón Portillo, fue una gran distinción.

Pero compartir el escenario con don Roberto Guerrero Ayala fue un honor que jamás imaginé. Recuerdo a don Roberto desde mis tiempos de juego de futbol en las calles de mi barrio Villa de Seris, en Hermosillo, cuando nuestro narrador de barrio, “el Pelacho”, admiraba al Atlas de Chavarín y Berna García; ahí estaba siempre don Roberto, con su voz inconfundible, señorial, vibrante y empática. Noventa años de vida y dieciséis Copas del Mundo cubiertas; su sola presencia en el escenario ya constituía un premio.

La ceremonia fue un mosaico de vocaciones. Reconocer a figuras como José “Chepo” Reynoso —mánager de leyendas como el “Chololo” Larios y el “Canelo” Álvarez—, a Juan Manuel Navarro, impulsor incansable del ciclismo con los Tecos, o a Jorge Reyes Hernández, presidente de los históricos Soles de Jalisco, me recordó una verdad fundamental: el deporte no es una disciplina aislada; es un país entero de oficios y voluntades.

Este reconocimiento me obligó a volver al origen. A los 16 años, en El Sonorense —aquel diario que vive en mi memoria—, empecé punteando cables, ansioso por entrevistar peloteros. Mis primeras notas fueron con figuras como Benjamín “Cananea” Reyes y Celerino Sánchez. Salir retratado con ellos no era solo una nota; era la validación de un sueño hecho tinta.

En ese camino, mi tío Tomás Bourjac, el primer profesionista de la familia, fue una influencia vital. Como fanático de los Yankees y de Mickey Mantle, presumía mis publicaciones con orgullo. Aquello me hacía sentir en la cima, dándome el impulso necesario para iniciar cinco décadas de periodismo. Viví las hazañas de aquellos Naranjeros de los setenta, la primera constelación mexicana campeona de la Serie del Caribe, bajo la tutela de Cananea y con maestros detrás de la pluma como Fausto Soto Silva, Eduardo Gómez Torres y Jesús “Windy” Durán Santelices.

Al llegar a Guadalajara e ingresar al diario Ocho Columnas, mi brújula seguía en el béisbol. Sin embargo, la franquicia profesional se había ido. Aun así, fundé la columna Playball. Recuerdo bien cuando mi jefe de redacción, Francisco Javier Sauceda, me envió a cubrir una manifestación política; al ver mi crónica, me sentenció con tono enfático: “Te me vienes a información general; cubrirás la fuente política”. No hubo opción. Aprendí entonces a navegar en el mar de los leones, tecos, jesuitas y las complejas tramas del poder jalisciense, especializándome en un periodismo que ha sido mi sino distintivo.

El intento por traer de vuelta el béisbol profesional en los noventa, impulsado por Armando Navarro y la familia Cosío Gaona, fue breve: apenas tres años. Tuve que esperar hasta 2014 para que la esperanza retornara con la compra de la franquicia de Algodoneros de Guasave por parte de Armando. Ahí pude abrir la puerta con el entonces gobernador Aristóteles Sandoval —a quien llamo “el gobernador del béisbol”—, quien apoyó la causa y facilitó el estadio Panamericano. Así nació la revista Los Peloteros y esta columna: Deporte Rey.

Por eso, cuando Nacho Luna me informó sobre este reconocimiento, hice una retrospectiva: el béisbol es la pasión que revivió conmigo y que hoy me permite conectar mi pasado con mi presente periodístico. Recordé mis entrenamientos de chamaco en el Vado del Río con mi maestro Mauricio “Profesor” Rodríguez Kelly; a Enguerrando Tapia en El Sonorense; a mis directores en Ocho Columnas, Tranquilino Contreras y mi gran amigo Gonzalo Leaño Reyes, quien creyó en mí y me abrió las puertas al mundo.

Es vital estimular a quienes cubren la fuente deportiva, pues el deporte y el espectáculo son los espejos donde la sociedad más se reconoce y más siente. De bien nacidos es ser agradecidos. Gracias a Nacho Luna, Carlos Romero y a todos los integrantes de la Asociación de Cronistas y Periodistas Deportivos de Jalisco. Gracias por permitirme sentarme, aunque fuera por una noche, en la misma grada que maestros como don Roberto Guerrero Ayala.

A mi familia, a mi madre doña Delia, a mi padre don Rubén y a todos los amigos que me han dado la mano: gracias. El béisbol sigue siendo parte de mi esencia. A estas alturas de mi vida, cuando estoy por terminar la sexta entrada para entrar a la séptima —la fatídica, como dicen—, solo le pido a Dios que me permita terminar el juego completo. Y, como siempre, que a través del periodismo me convierta en instrumento de paz, esa que construye sociedad desde el tejido social.


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