OPINIÓN
El agua que no se puede beber y la verdad que se oculta
– Agua sucia, respuestas pendientes.
Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco:
Hay gobiernos que se enteran de las crisis por los informes técnicos y hay gobiernos que se enteran cuando el Tren Ligero deja de correr. El de Jalisco pertenece, por lo visto, a la segunda especie. El lunes 5 de octubre, mientras unas trescientas personas cerraban la avenida Colón, a la altura de Ahuehuetes, en El Sauz, la Línea 1 se detuvo cerca de cinco horas. Otras trescientas detenían el Peribús en 8 de Julio y Periférico Sur, en Tlaquepaque. Una treintena más plantaba sus garrafones vacíos sobre López Mateos, a la altura de Las Fuentes.
Fueron tres protestas simultáneas y unas seiscientas treinta personas, según el recuento de la prensa, porque el recuento oficial nadie lo ha hecho. Todas reclamaban lo mismo: que el agua que sale de la llave deje de parecer café de olla recalentado.
Conviene detenerse en esa cifra modesta. Seiscientas personas no tumban un gobierno, pero sí desnudan algo que el gobierno lleva meses tapando. En política, la protesta casi nunca es el principio de la historia. Llega cuando los demás recursos se han agotado: la queja por teléfono, el reporte al SIAPA, la paciencia, el garrafón de veinte litros comprado con el gasto de la semana.
Lo que los vecinos ya sabían
El 29 de junio pasado, mucho antes de que alguien bloqueara una avenida, la campaña ciudadana “El SIAPA que Queremos”, acompañada por el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario, publicó un informe con un título que no admite eufemismos: Agua peligrosa del SIAPA. Entre marzo y junio, vecinos de 90 colonias de Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá y Tlajomulco tomaron 184 muestras en sus propias casas. Para hacerlo, aprendieron a usar tiras reactivas, sensores y tarjetas de cultivo bacteriológico. Hicieron, pues, el trabajo que le correspondía a un organismo operador que cobra por hacerlo: el SIAPA.
Los resultados merecían otra respuesta que el silencio. En el 93.48 por ciento de las muestras, el cloro residual fue de cero, nada, lo que significa que la barrera de desinfección que exige la NOM-127 sencillamente no existía en la toma domiciliaria. Hubo plomo en 20 muestras y todas rebasaban el límite. Hubo mercurio en siete, igualmente fuera de norma. Los fluoruros excedían lo permitido en 52 muestras y los nitratos, en 29. En cuatro muestras —una por municipio en Guadalajara, Zapopan, Tonalá y Tlaquepaque— aparecieron indicios de Escherichia coli, la bacteria de origen fecal.
Entre las colonias con más hallazgos figuran El Sauz y la Americana. Son las mismas que meses después aparecerían en las crónicas de los bloqueos y en la convocatoria a la marcha. La protesta, en otras palabras, tenía domicilio conocido y expediente abierto desde marzo.
Los autores del informe tuvieron una honradez que no siempre exhibe la autoridad. Advirtieron que sus métodos son semicuantitativos y orientativos, y que no sustituyen al laboratorio acreditado ni a la cadena de custodia oficial. Ellos mismos nombraron los límites de su evidencia. La pregunta obligada es dónde está la evidencia del gobierno, cuáles son los dictámenes de potabilidad del SIAPA, colonia por colonia y toma por toma, y por qué los ciudadanos tuvieron que comprar tiras reactivas para enterarse de lo que el Estado debería publicar de oficio.
El culpable conveniente
Cuando la marea subió, el gobernador Pablo Lemus encontró rápido a quién culpar: las descargas irregulares en el canal y la presa de Las Pintas, parte del viejo sistema que trae el agua desde Chapala. La explicación tiene la virtud de ser cierta en parte y la ventaja de apuntar lejos. Una descarga clandestina es un villano anónimo, sin rostro ni nómina.
Pero las descargas en Las Pintas no explican por qué el cloro residual era cero en nueve de cada diez casas muestreadas desde marzo. Tampoco explican el plomo, que el propio informe atribuye a tuberías envejecidas, ni los fluoruros, que asocia con pozos profundos sobreexplotados. Esos problemas no nacieron en septiembre. Tienen años de antigüedad y figuran en presupuestos que alguien aprobó o dejó de aprobar.
La solución anunciada es dejar de usar esa fuente, reducir el suministro durante al menos seis meses y prometer un acueducto sustituto Chapala-Guadalajara. Se le pide al ciudadano que acepte menos agua hoy a cambio de una obra que inaugurará, con suerte, otra administración. Es la vieja receta: el sacrificio en presente para el gobernado y el crédito en futuro para el gobernante.
Y encierra una contradicción que los vecinos no tardarán en notar. Quien hoy protesta porque el agua está sucia mañana puede protestar porque no hay agua. El gobierno habrá cambiado un conflicto por otro y lo llamará gestión.
La alerta que no llega
Hay un detalle del informe ciudadano que debería quitarle el sueño a más de un funcionario. Las autoridades sanitarias se han negado a declarar una alerta con el argumento de que no hay evidencia de un aumento en enfermedades gastrointestinales. Es decir, esperan a que la gente se enferme para admitir que puede enfermarse. El principio precautorio existe precisamente para no tener que contar víctimas antes de actuar.
Mientras tanto, circulan en redes denuncias de infecciones en la piel y afectaciones dermatológicas que nadie ha confirmado ni desmentido. Son rumores, se dirá, y es posible. Pero el rumor prospera donde la información oficial no llega y, en ese vacío, la responsabilidad no es de quien pregunta, sino de quien calla.
Rumbo a Casa Jalisco
Para el domingo 11 de octubre está convocada la “Mega Marcha por el Agua Limpia”, de La Minerva a Casa Jalisco. Cuántos acudirán está por verse y sería imprudente adelantar cifras. Importa más el destino que el número.
Los vecinos ya no caminan hacia las oficinas del SIAPA, que durante meses recibieron cientos de reportes, ni hacia los ayuntamientos. Caminan hacia la residencia oficial del gobernador. Han entendido, con una lucidez que ya quisieran algunos analistas, que el organismo intermunicipal es apenas la ventanilla y que la decisión y, por lo tanto, la responsabilidad están en otra parte.
Lo que mueve a esta gente no es la consigna ni el acarreo. Es algo más elemental y, por eso, más peligroso para cualquier gobierno: abrir la llave y no poder confiar en lo que sale. Sobre esa desconfianza no se construye ningún acueducto.


