OPINIÓN
La escritura y el paso del tiempo: Seis años intentando comprender el mundo
A título personal, por Armando Morquecho Camacho.
Hace seis años comencé a escribir para Conciencia Pública. Han sido seis años de sentarme frente a una página en blanco, de buscar palabras, ordenar ideas y tratar de encontrar una manera de expresar aquello que, de alguna forma, me inquietaba. Seis años de observar lo que ocurre a nuestro alrededor y preguntarme qué hay detrás de las cosas que damos por sentadas.
Hoy, al detenerme a pensar en ese tiempo, descubro que este espacio de opinión ha significado algo muy distinto de lo que quizá imaginaba cuando comencé.
Uno empieza a escribir porque cree que tiene algo que decir. Porque hay ideas que considera importantes, acontecimientos que le provocan indignación o preguntas que desea compartir. Escribe porque siente la necesidad de participar en una conversación que lo trasciende.
Pero, con el paso del tiempo, esa certeza inicial comienza a transformarse a tal grado que uno descubre que quizá no escribe porque tenga mucho que decir, sino porque todavía tiene mucho que comprender.
Y esa comprensión no siempre tiene que ver con los grandes acontecimientos de la historia, las decisiones políticas o los problemas que enfrenta una sociedad. A veces tiene que ver con asuntos mucho más cercanos: nuestras propias contradicciones, las decisiones que tomamos, las expectativas que construimos y la distancia que existe entre lo que pensamos que somos y aquello que realmente hacemos.
Escribir nos obliga a detenernos frente a nuestras propias ideas, a mirarlas con cierta distancia y preguntarnos de dónde vienen, qué las sostiene y si todavía somos capaces de defenderlas cuando las circunstancias nos exigen observarlas desde otro lugar. Y este ejercicio no siempre resulta cómodo.
Y quizá ahí comienza una de las experiencias más valiosas de la escritura: reconocer que pensar no consiste únicamente en encontrar respuestas, sino también en aprender a convivir con preguntas que no pueden resolverse de inmediato.
Vivimos en una época que parece exigirnos una opinión sobre prácticamente todo. Se espera que sepamos qué pensar, de qué lado colocarnos y con qué rapidez debemos expresar nuestras conclusiones. La duda, en ocasiones, se interpreta como debilidad; cambiar de opinión, como una falta de convicción.
Sin embargo, comprender requiere tiempo.
Requiere la disposición de observar antes de juzgar, de escuchar antes de responder y de reconocer que una realidad puede contener elementos que contradicen nuestras primeras impresiones.
No significa renunciar a las convicciones ni asumir que todas las posiciones tienen el mismo valor. Significa aceptar que la comprensión es un proceso que exige algo más que la seguridad con la que pronunciamos nuestras palabras.
Durante estos seis años, escribir me ha permitido regresar una y otra vez a esa tensión entre lo que creo saber y aquello que todavía desconozco. No siempre he encontrado respuestas satisfactorias. En ocasiones, incluso después de escribir, las preguntas permanecen.
Pero quizá ese sea precisamente el sentido de continuar.
Porque hay una idea que me resulta cada vez más evidente: el conocimiento no siempre nos conduce a la tranquilidad de tener respuestas; a veces nos hace más conscientes de la profundidad de aquello que todavía no entendemos.
Y eso también ocurre con la vida.
Con el paso de los años, uno comienza a comprender que no todas las experiencias pueden interpretarse de inmediato. Hay decisiones cuyos efectos solo somos capaces de reconocer mucho tiempo después. Hay pérdidas cuyo significado cambia conforme nos alejamos del momento en que ocurrieron. Hay relaciones, conflictos y circunstancias que no conseguimos explicar completamente, incluso cuando creemos haber pensado en ellos durante mucho tiempo.
La vida no siempre se presenta como un problema que puede resolverse mediante un razonamiento ordenado.
Escribir, en ese sentido, también puede ser una forma de paciencia. Una manera de aceptar que no todo tiene que ser comprendido de inmediato y que algunas preguntas necesitan acompañarnos durante años antes de comenzar a adquirir un significado distinto.
Pienso que ahí existe una relación profunda entre la escritura y el paso del tiempo.
Cada columna que publicamos pertenece a un momento de nuestra vida, a una manera particular de observar las circunstancias y de interpretar aquello que nos rodea. Con el tiempo, podemos volver a esas palabras y descubrir que algunas de nuestras ideas han cambiado, que ciertas preocupaciones han perdido importancia y que otras, en cambio, continúan acompañándonos.
No necesariamente porque no hayamos aprendido nada, sino porque hay preguntas que no desaparecen: se vuelven más complejas.
Seis años después, no sé si escribir me ha convertido en una persona que comprende mejor el mundo. Sería una afirmación demasiado ambiciosa. Lo que sí puedo reconocer es que me ha permitido ser más consciente de la necesidad de comprenderlo.
De comprender las instituciones, las decisiones públicas, las relaciones humanas y las contradicciones que atraviesan nuestra vida colectiva. Pero también de comprender mis propias limitaciones, mis prejuicios y las ideas que, en determinados momentos, he sostenido con más seguridad de la que merecían.
Quizá escribir sea, entre otras cosas, una forma de mantener abierta esa conversación con el mundo, con los demás y con nosotros mismos.
Después de seis años, sigo sentándome frente a la página en blanco. A veces, con una idea clara. Otras, con una inquietud que apenas consigo formular. Y quizá esa diferencia no sea tan importante como parece.
Porque, en el fondo, escribir no siempre comienza con una respuesta.
A veces comienza con una incomodidad. Con una contradicción. Con la sensación de que algo merece ser pensado con mayor profundidad. Con el deseo de encontrar palabras para una experiencia que todavía no comprendemos del todo.
Y tal vez esa sea la razón por la que seguimos escribiendo.
No porque hayamos llegado a un lugar desde el que podemos explicar la realidad con absoluta claridad, sino porque todavía encontramos en ella motivos para detenernos, cuestionarnos y volver a intentar comprender.
Seis años después, sigo teniendo preguntas.
Sobre el mundo que compartimos. Sobre las personas que lo construyen. Sobre las decisiones que tomamos y las consecuencias que dejamos detrás de nosotros.
Pero también sobre mí.
Y, lejos de considerar que esas preguntas representan una falta de respuestas, comienzo a entender que quizá son parte de aquello que me mantiene buscando.


