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OPINIÓN

Informes: una visión parcial

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Opinión, por Iván Arrazola.

Los problemas de una ciudad son cada vez más complejos. El agua, la seguridad, la movilidad, el crecimiento urbano, la vivienda o la calidad de los servicios públicos están profundamente relacionados y difícilmente pueden resolverse mediante acciones aisladas o desde un solo municipio. Gobernar una metrópoli de las dimensiones de Guadalajara exige políticas eficaces, coordinación entre autoridades y, sobre todo, responsabilidad política.

La complejidad de los problemas urbanos obliga también a reconocer los límites de la acción gubernamental. Ningún gobierno puede resolver de manera inmediata todos los rezagos acumulados durante años, pero sí puede asumir la responsabilidad de explicar con claridad qué está funcionando, qué permanece pendiente y en qué aspectos las políticas implementadas no han producido los resultados esperados.

Es precisamente ahí donde los informes de gobierno adquieren relevancia. Deberían ser, ante todo, un ejercicio de rendición de cuentas frente a la ciudadanía: un espacio para explicar qué se hizo, cuánto se gastó y qué resultados se obtuvieron, pero también qué salió mal, qué problemas persisten y qué debe corregirse.

Sin embargo, los informes presentados recientemente por las presidencias municipales del Área Metropolitana de Guadalajara parecen compartir una característica: una limitada capacidad para conectar el discurso gubernamental con la complejidad de la realidad que experimentan cotidianamente los habitantes de la ciudad. La autocrítica prácticamente ha desaparecido y los problemas suelen quedar subordinados a una narrativa construida alrededor de los logros.

Esto no significa que los datos presentados sean falsos ni que los resultados carezcan de importancia. Existen obras, inversiones y programas que deben reconocerse. Tlajomulco reporta inversiones millonarias en infraestructura, equipamiento y agua; Guadalajara destaca recursos destinados a obra pública, servicios y seguridad; Tlaquepaque informa una reducción del 30 por ciento en delitos de alto impacto, mientras que Zapopan reivindica once años de continuidad de un mismo proyecto de gobierno.

El problema aparece cuando esos datos se presentan como si fueran suficientes para describir el estado de los municipios. Por más loable que pueda resultar una obra, un programa o una inversión, una cifra solamente permite observar una parte de la realidad. El verdadero ejercicio de rendición de cuentas comienza cuando esos resultados se contrastan con los problemas que todavía permanecen.

Se habla de mayor seguridad, pero los episodios de bloqueos y vehículos incendiados registrados el 22 de febrero en distintos puntos evidenciaron la vulnerabilidad de la metrópoli frente a una situación de crisis.

Se habla de inversiones millonarias en infraestructura, mientras siguen presentes los baches, las calles deterioradas, los congestionamientos y los tiempos de traslado que condicionan diariamente la vida de miles de personas.

Se habla de agua e incluso se presenta como un logro político impedir el incremento de las tarifas, pero en distintas colonias el problema no consiste solamente en cuánto cuesta el servicio. También importan la calidad del agua que llega a los hogares, la continuidad del suministro y las deficiencias en su distribución.

En este punto aparece otro fenómeno que ha transformado la manera de gobernar: la exposición permanente en redes sociales. Estas plataformas han permitido una comunicación mucho más directa entre autoridades y ciudadanía, pero también han convertido prácticamente cualquier acción gubernamental en contenido. Una calle reparada, una luminaria instalada, una patrulla entregada o una visita a una colonia pueden convertirse inmediatamente en una publicación diseñada para demostrar que el gobierno está trabajando.

La comunicación gubernamental es necesaria. El problema aparece cuando comunicar comienza a sustituir a gobernar o cuando la efectividad de una política parece medirse por su capacidad para generar publicaciones, videos y reacciones en redes sociales. Bajo esa lógica, resulta cada vez más difícil distinguir dónde termina la obligación institucional de informar y dónde comienza la construcción de una imagen política.

Por ello, los informes no pueden analizarse únicamente como ejercicios administrativos. También forman parte de la disputa por construir una narrativa sobre quién gobierna mejor, quién entrega más resultados y quién puede ofrecer continuidad. En ese contexto, la tentación de presentar únicamente los datos favorables aumenta, mientras los problemas, las deficiencias y los resultados insuficientes ocupan cada vez menos espacio.

Al final, el principal problema de estos informes no está necesariamente en aquello que dicen, sino en todo lo que dejan fuera. Las cifras pueden ser correctas, las obras pueden existir y los avances pueden ser importantes. Pero ninguna cifra aislada alcanza para explicar la complejidad de una ciudad. Cuando solamente se presenta la parte favorable de la realidad y desaparece cualquier ejercicio de autocrítica, la rendición de cuentas corre el riesgo de ceder su lugar a la promoción gubernamental y, eventualmente, a la construcción de una narrativa electoral.

Por eso, más allá de las cifras, las obras anunciadas y los logros reivindicados, queda una pregunta fundamental: ¿los informes realmente permiten conocer cómo se encuentran los municipios del Área Metropolitana de Guadalajara o muestran solamente la parte de la realidad que políticamente resulta conveniente contar?


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