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JALISCO

Más allá de la cancha: Nueva casa para el Atlas, nuevo reto para Guadalajara

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho:

Hay lugares que terminan por convertirse en algo más que gradas, cemento y pasto. Son escenarios donde se cruzan generaciones, se heredan colores y se guardan recuerdos que permanecen mucho después de que termina el partido. El futbol tiene esa capacidad de convertir una tarde cualquiera en una historia que contamos durante años.

Por eso, el anuncio de un nuevo estadio para el Atlas no es solamente una noticia deportiva: es la posibilidad de abrir un capítulo distinto en la historia rojinegra y, al mismo tiempo, una oportunidad para pensar qué ciudad queremos construir alrededor de él.

El proyecto Ciudad UdeG, impulsado por Grupo PRODI Atlas y la Universidad de Guadalajara, contempla un estadio para más de 40 mil aficionados y una inversión cercana a los cinco mil millones de pesos. La intención es que el recinto abra sus puertas en 2030, integrado a un complejo que busca combinar deporte, cultura, entretenimiento y espacios públicos en la zona de Los Belenes, en Zapopan. La dimensión de la propuesta es evidente: no se trata únicamente de cambiar de casa, sino de aprovechar la infraestructura universitaria y cultural de la zona para desarrollar un nuevo referente del futbol y de la vida metropolitana.

Para quienes le vamos al Atlas, hablar de una nueva casa también significa mirar hacia atrás. El Estadio Jalisco no es cualquier inmueble. Es parte de nuestra identidad, de una historia marcada por la pasión, la paciencia y esa manera tan particular que tenemos los rojinegros de mantener viva la esperanza.

Yo, en lo personal, aún recuerdo aquel Atlas contra América del Apertura 2006, al que fui con mi papá. Todavía tengo presente la emoción que sentí con los dos goles de Andrés Guardado. Son de esos recuerdos que se te quedan y, cuando pienso en el Jalisco, inevitablemente pienso también en ese día. No recuerdo solamente el marcador: recuerdo estar ahí con mi papá. Y seguramente miles de aficionados tienen una historia parecida.

Por eso, imaginar al Atlas jugando en otro estadio produce nostalgia. Pero también sería injusto confundir el cariño por el pasado con el rechazo al futuro. Las ciudades cambian, los equipos evolucionan y las instalaciones deportivas deben responder a nuevas necesidades. Un estadio moderno puede ofrecer mejores condiciones para los aficionados, nuevas experiencias y oportunidades para fortalecer la actividad deportiva.

Además, el Jalisco tiene una relevancia que va más allá de los colores. Forma parte del patrimonio deportivo nacional al haber sido escenario de acontecimientos que pertenecen a la memoria colectiva.

No obstante, la llegada de un nuevo recinto no debería significar el olvido del anterior. Al contrario, abre la oportunidad de discutir cómo preservar su valor histórico y deportivo y qué papel puede desempeñar en el futuro, recordando siempre que una ciudad puede construir nuevos espacios sin abandonar aquellos que contribuyeron a darle identidad.

La emoción por el proyecto, no obstante, debe acompañarse de una conversación responsable sobre lo que ocurrirá fuera de la cancha. Un estadio para decenas de miles de personas no funciona de manera aislada: necesita transporte, vialidades, servicios, seguridad y una estrategia para convivir con las actividades cotidianas de su entorno.

En una zona que ya concentra espacios universitarios, culturales y de espectáculos, resulta indispensable anticipar cómo se moverán los asistentes, qué sucederá durante los eventos simultáneos y de qué manera se evitarán afectaciones innecesarias a las colonias cercanas. No son razones para frenar una obra de esta naturaleza, sino condiciones para que funcione bien y alcance todo su potencial.

Por eso, los vecinos también deben formar parte de esta historia. Escuchar sus preocupaciones sobre movilidad, saturación vial y calidad de vida no significa estar en contra del estadio, del Atlas ni de la Universidad de Guadalajara. Significa entender que el desarrollo urbano debe construirse con quienes habitan los lugares donde se transforma la ciudad.

La participación vecinal no puede limitarse a informar decisiones tomadas de antemano; debe permitir que las inquietudes se traduzcan en soluciones concretas. Un proyecto de esta magnitud tiene la oportunidad de demostrar que el entusiasmo por una inversión y el respeto por una comunidad no son objetivos incompatibles.

Es precisamente aquí donde el papel de la Universidad de Guadalajara adquiere una importancia particular. Al tratarse de una institución pública, su responsabilidad no termina con la celebración de un acuerdo o la protección de su patrimonio.

También implica procurar que un proyecto de esta escala sea compatible con la vocación educativa, cultural y social de su entorno. La inversión privada puede impulsar infraestructura, generar empleos y atraer actividad económica, pero sus beneficios deben acompañarse de una planeación seria. Los estudios de movilidad, el acceso al transporte público, el cuidado del agua, las áreas verdes y la transparencia en las decisiones son elementos que pueden marcar la diferencia entre un recinto exitoso y un proyecto verdaderamente integrado a la ciudad.

Guadalajara tiene ante sí una oportunidad que va más allá de darle una nueva casa al Atlas. Puede demostrar que la inversión privada, la universidad pública, el deporte y la planeación urbana son capaces de encontrarse en un proyecto que genere beneficios compartidos. Eso exige transparencia, estudios rigurosos, participación vecinal desde las primeras etapas y compromisos concretos de movilidad e infraestructura.

Exige también que las autoridades municipales y estatales asuman sus responsabilidades, sin confundir la promoción de una obra con la garantía de que funcionará bien para la ciudad. El tamaño de la inversión puede impresionar, la arquitectura puede convertirse en una referencia y la inauguración puede reunir a miles de aficionados. Nada de eso sustituye la obligación de construir con responsabilidad.

Tal vez, dentro de algunos años, cuando el Atlas dispute sus primeros partidos en su nueva casa, miles de personas recuerden con nostalgia las tardes en el Estadio Jalisco. Otras descubrirán por primera vez lo que significa acompañar a su equipo desde una tribuna rojinegra. Ambas experiencias podrán convivir si entendemos que la historia deportiva no se cancela con una mudanza y que el futuro no debe construirse a costa de quienes habitan la ciudad.

Al final, el reto de este proyecto no consiste solamente en levantar uno de los estadios más ambiciosos de Jalisco. Consiste en demostrar que una obra de esta magnitud puede ser mucho más que un negocio exitoso o un recinto espectacular.

Ojalá que la nueva casa del Atlas esté a la altura de su historia y que Ciudad UdeG se convierta en un orgullo para Guadalajara. Porque celebrar el crecimiento de nuestro equipo también significa querer que la ciudad crezca con él.


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