OPINIÓN
La universidad como segundo hogar: cuidar también es educar
Opinión, por Mairel Bueno
Cuando pensamos en la universidad, solemos imaginarla como el espacio donde adquirimos conocimientos, desarrollamos habilidades y nos preparamos para ejercer una profesión. Sin embargo, para muchas y muchos estudiantes es mucho más que eso.
Durante varios años, las aulas, los pasillos, las bibliotecas y los espacios universitarios se convierten prácticamente en un segundo hogar. Por ello, hablar de educación también debería llevarnos a hablar de integridad, cuidado y bienestar.
Las y los estudiantes llegan a la universidad para aprender, pero actualmente deben atender muchos frentes al mismo tiempo: cumplir con sus responsabilidades académicas, pensar en su futuro profesional, responder a situaciones familiares, construir relaciones personales, cuidar su salud emocional y adaptarse a los cambios tecnológicos. A ello se suma la necesidad de saber reconocer y enfrentar posibles situaciones de hostigamiento, abuso o cualquier conducta que vulnere su integridad.
Ante este panorama, vale la pena preguntarnos: ¿en qué momento queda la posibilidad de concentrarse simplemente en estudiar y aprender?
Aquí considero fundamental hablar de inteligencia emocional. Durante mucho tiempo hemos puesto el énfasis en desarrollar conocimientos y capacidades académicas, pero también necesitamos aprender a reconocer nuestras emociones, establecer límites, identificar aquello que nos hace daño, pedir ayuda y relacionarnos de manera respetuosa con los demás. Sin embargo, sería injusto trasladar toda esta responsabilidad al estudiante. No podemos decirle simplemente que aprenda a gestionar sus emociones y después dejarlo solo frente a situaciones que requieren una respuesta institucional.
Por eso, escuchar también debe formar parte de la responsabilidad de una institución educativa. Escuchar las voces del alumnado no significa debilitar a la universidad ni cuestionar todo lo que sucede dentro de ella. Por el contrario, una institución capaz de escuchar tiene mayores posibilidades de identificar aquello que funciona, aquello que debe mejorar y, especialmente, aquello que necesita atenderse antes de convertirse en un problema mayor.
Y esta reflexión no puede construirse colocando al alumnado de un lado y al profesorado del otro. En la Universidad de Guadalajara existen docentes que todos los días ejercen su profesión con vocación y compromiso, y su bienestar también importa. Quienes enseñan necesitan condiciones adecuadas para realizar su trabajo y no deberían ver disminuido su esfuerzo por las actuaciones de quienes no ejercen con el mismo compromiso. Cuidar a la comunidad universitaria significa cuidar tanto a quienes aprenden como a quienes enseñan.
La familia también representa una parte fundamental de este acompañamiento. Puede escuchar, orientar y convertirse en una red de apoyo indispensable. Pero existen responsabilidades que corresponden al espacio educativo. Si consideramos a la universidad nuestro segundo hogar, entonces debemos procurar que sea un lugar donde las personas puedan aprender, convivir, preguntar, equivocarse y expresarse con seguridad.
En una comunidad tan grande y diversa como la Universidad de Guadalajara, debemos atrevernos a cuestionar y, cuando sea necesario, reestructurar aquello que ya no responde a nuestra realidad. Las instituciones también evolucionan. Hacer ajustes no necesariamente significa reconocer un fracaso; muchas veces significa haber tenido la capacidad de escuchar a tiempo.
No deberíamos esperar a que las denuncias, los procedimientos jurídicos, el deterioro de los resultados académicos o generaciones enteras afectadas nos obliguen a hablar de aquello que pudimos atender mediante la prevención, el diálogo y la actuación oportuna. Las soluciones y los ajustes casi siempre pueden comenzar antes; el problema es que, como sociedad, muchas veces los postergamos.
Tampoco podemos seguir construyendo comunidades donde alguien calle por miedo a perder un trabajo, una oportunidad académica o un lugar dentro de la institución. Los derechos humanos, la participación y una sociedad cada vez más consciente nos exigen construir espacios donde señalar un problema no convierta a quien habla en el problema.
La tecnología seguirá avanzando y la inteligencia artificial ocupará cada vez más espacios de nuestra vida académica. Pero ninguna tecnología puede sustituir nuestra responsabilidad de construir comunidad.
Hoy tenemos la oportunidad de elegir qué universidad queremos construir: una que reaccione cuando los problemas sean inevitables o una que escuche, prevenga y evolucione. Si la universidad es nuestro segundo hogar, hagamos de ella un espacio donde aprender no implique dejar de cuidarnos. Porque cuidar la integridad de nuestra comunidad también es educar.
En el próximo artículo, esta reflexión dará paso a las voces de quienes viven diariamente la experiencia universitaria: las y los estudiantes. Serán ellas y ellos quienes, desde sus propias experiencias y perspectivas, expresen qué significa sentirse cuidados, escuchados y seguros, porque hablar sobre el estudiantado también implica abrir espacios para hablar con el estudiantado y, sobre todo, escucharlo y leerlo.


