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El “sí, acepto” llega más tarde: México cambia su manera de vivir en pareja

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Resumen editorial

  • Las bodas aumentaron ligeramente en 2025, pero la tasa de matrimonios sigue por debajo de la de 2016.
  • Los divorcios disminuyeron; su comparación con las bodas anuales no mide la probabilidad de separación.
  • La unión libre gana presencia y la edad promedio al casarse aumenta.


Por Redacción Conciencia Pública:

El matrimonio pierde terreno en México, pero eso no significa que cada año haya menos bodas ni que los divorcios crezcan sin freno. Las cifras dibujan una transformación más compleja: aumenta la edad al casarse, gana presencia la unión libre y disminuyen recientemente las disoluciones legales.

Durante 2025 se registraron 491 mil 640 matrimonios, frente a 486 mil 645 en 2024: un incremento cercano al 1 por ciento. Sin embargo, la tasa permaneció en 5.4 enlaces por cada mil habitantes de 18 años y más, por debajo del 6.6 registrado en 2016. El retroceso aparece al observar el periodo completo.

En los divorcios, la tendencia reciente sí es descendente. Pasaron de 166 mil 766 en 2022 a 155 mil 254 en 2025. La tasa del último año fue de 1.7 por cada mil adultos, igual a la reportada en 2016. Esa coincidencia, sin embargo, no significa que el indicador haya permanecido inmóvil durante nueve años.

La relación entre ambos registros requiere especial cuidado: en 2025 hubo 31.6 divorcios por cada cien matrimonios. Esto no equivale a decir que una tercera parte de quienes se casaron ese año terminará separándose. Se comparan bodas nuevas con rupturas de uniones celebradas en distintos momentos; para calcular su probabilidad de disolución habría que seguirlas a lo largo del tiempo.

Una transformación más profunda aparece fuera de las actas matrimoniales. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, entre 2005 y 2025 la proporción de personas casadas de 15 años y más descendió de 47.6 a 36.3 por ciento. Durante el mismo periodo, quienes vivían en unión libre aumentaron de 11.1 a 17.6 por ciento.

El cambio destaca entre los jóvenes. En la población de 15 a 29 años, el porcentaje de personas casadas pasó de 20.9 a 7.6 por ciento, mientras la unión libre avanzó de 10.9 a 15.9 por ciento. En ese grupo, vivir juntos sin matrimonio tiene ahora mayor presencia que estar casados.

Quienes llegan al Registro Civil también lo hacen a mayor edad. En 2025, las mujeres se casaron, en promedio, a los 32.5 años y los hombres a los 35.4: en ambos casos, 4.1 años más que en 2016. Estas cifras corresponden a los matrimonios registrados, no exclusivamente a primeras nupcias.

Las rupturas tampoco se concentran únicamente en relaciones breves. El 33.1 por ciento de los divorcios correspondió a matrimonios con una duración legal de al menos 21 años. Esa duración llega hasta la resolución del divorcio y puede ser mayor que el tiempo de convivencia efectiva.

Jalisco aporta una perspectiva local: durante 2025 registró 35 mil 591 matrimonios y 7 mil 869 divorcios. Su relación fue de 22.1 disoluciones por cada cien bodas, inferior al promedio nacional. El dato describe los trámites registrados; no permite calificar por sí solo la estabilidad de las parejas jaliscienses.

La desigualdad laboral sigue presente al formalizar una relación. Entre quienes contrajeron matrimonio, 94.4 por ciento de los hombres declaró tener trabajo, frente a 58.3 por ciento de las mujeres. La diferencia muestra condiciones económicas distintas al casarse, aunque no explica por sí misma las decisiones de permanecer juntos o separarse.

También hay un matiz que impide afirmar que las separaciones simplemente dejaron de crecer: entre 2005 y 2025 aumentó la proporción de población separada, de 3.1 a 4.8 por ciento, y divorciada, de 1.2 a 2.1 por ciento. Son datos sobre la situación conyugal de las personas, distintos del número de divorcios tramitados durante un año.

El panorama exige distinguir bodas, convivencia y rupturas. Un acta permite contar un trámite, pero no medir el afecto, los conflictos o la calidad de una relación. Interpretar estos cambios como una crisis moral —o como prueba automática de mayor bienestar— supone atribuir a las estadísticas conclusiones que no pueden sostener por sí solas.


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