OPINIÓN
La soledad del gobernante
Luchas Sociales, por Mónica Ortiz
La soledad del gobernante y la crisis del agua. Según el sociólogo Max Weber, en situaciones de crisis, el gobernante no siempre puede guiarse por sus convicciones éticas personales, sino por la ética de la responsabilidad: el cálculo racional de las consecuencias de sus actos. Actualmente, el Área Metropolitana de Guadalajara atraviesa una profunda crisis provocada por la pésima calidad del agua que llega a los hogares: líquido turbio, con sedimentos y olores inusuales que han generado desconfianza, incertidumbre y una legítima movilización ciudadana.
Por ello, lo ocurrido el domingo durante la marcha no fue solo una crisis política ordinaria; fue una representación elocuente de la fábula de «El traje nuevo del emperador», aplicada al gobierno de Jesús Pablo Lemus Navarro.
Al igual que el monarca del cuento, los gobernantes suelen verse rodeados por sus propios Guido y Luigi Farabutto: asesores, cortesanos y un círculo cercano que, para proteger sus privilegios, evitar incomodidades o por simple sumisión, puede terminar tejiendo realidades favorables. Le diseñan al mandatario un traje hecho de encuestas alegres, aplausos programados y discursos donde «todo está bien». Le aseguran que quienes protestan son solo «infiltrados», «opositores» o «grupos que quieren desestabilizar su gestión», hasta convencerlo de que cualquiera que no vea la supuesta grandeza de su administración es un necio o un inepto.
El gran peligro para el gobernador Pablo Lemus Navarro es caminar desnudo por la plaza pública, creyendo que va vestido con las telas más finas de la aprobación popular. El domingo pasado, miles de jaliscienses tomaron el papel de ese niño que, libre de compromisos y con la fuerza de la honestidad, gritó una verdad incómoda: exigen agua potable de calidad, segura para el consumo y que no ponga en riesgo su salud.
La indignación rompió el encanto de los cafés de grilla y de las redes sociales para instalarse con fuerza en las mesas de las familias tapatías. Pero la jornada también evidenció otra crisis: la del manejo de la protesta. La movilización, que partió de La Minerva y llegó a las inmediaciones de Casa Jalisco, terminó con enfrentamientos, gases lacrimógenos, personas detenidas y denuncias de violencia policial. La escalada llegó incluso al ámbito federal: la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo condenó lo ocurrido y pidió a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos investigar las denuncias de represión y posibles torturas contra jóvenes detenidos. «No puede permitirse lo que ocurrió en Jalisco», afirmó.
Así, la marcha fue más que un reclamo por el servicio de agua: fue un grito contra la falta de respuestas, contra la opacidad y contra la idea de que la autoridad puede administrar la inconformidad social como si fuera un problema de imagen. El rey no solo caminaba desnudo; además, la respuesta de las autoridades terminó agravando el conflicto con quienes se atrevieron a señalarlo.
La tragedia de esta analogía radica en la profunda soledad del gobernante. Atrapado en su cámara de eco, escuchando únicamente a quienes refuerzan su visión de la realidad, el mandatario corre el riesgo de aislarse cada vez más de las exigencias sociales.
Jalisco ha conocido episodios en los que la presión ciudadana puso a prueba a sus gobernantes, como ocurrió durante las administraciones de Guillermo Cosío Vidaurri, Emilio González Márquez y Enrique Alfaro Ramírez, aunque cada periodo tuvo sus propias circunstancias y conflictos.
Al final de la fábula, el emperador queda expuesto ante una verdad que todos pueden ver, pero que su entorno no se atreve a reconocer. Pablo Lemus Navarro enfrenta el desafío de escuchar esa verdad antes de que la distancia con la ciudadanía se vuelva más profunda. Puede continuar el desfile, ignorando las voces que cuestionan su gestión, o romper el espejo de sus aduladores y entender que la confianza ciudadana no se recupera con trajes invisibles ni con videos en internet, sino con respuestas verificables y soluciones concretas.
La legitimidad no se recupera ganando una discusión en los medios de comunicación, sino abriendo las puertas del gobierno al diálogo con la ciudadanía y atendiendo sus demandas con transparencia.
La verdadera soledad del gobernante no consiste en carecer de personas a su alrededor, sino en quedarse sin voces capaces de decirle la verdad. Ahí es donde la ética de la responsabilidad de Max Weber cobra sentido: gobernar no es proteger la imagen propia ni confundir la lealtad de los cercanos con la aprobación ciudadana, sino asumir las consecuencias de las decisiones y corregir el rumbo cuando la realidad contradice el discurso oficial.
Hoy, el agua exige respuestas, transparencia y soluciones; las denuncias sobre la actuación policial, investigaciones imparciales. Porque ningún gobierno puede recuperar la confianza silenciando el descontento ni descalificando a quienes lo cuestionan.
Al final, el mayor riesgo para Pablo Lemus Navarro no es que la ciudadanía descubra que el emperador está desnudo, sino que, rodeado de quienes le aseguran lo contrario, termine siendo el último en darse cuenta.


