OPINIÓN
Kenya Ramírez: Escribir para entender lo que duele
De la catarsis a la poesía
Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias:
Kenya Ramírez comenzó a escribir antes de imaginar que algún día sería escritora. Tenía alrededor de 10 años cuando descubrió una vieja máquina de escribir que su hermana había dejado de usar después de sus clases de mecanografía. Para ella, aquel aparato fue una revelación: una herramienta capaz de seguirle el ritmo a todo lo que pasaba por su cabeza.
En aquellas hojas escribió pensamientos, versos y cuentos que todavía conserva su madre. También llevaba diarios casi todos los días. Escribir era una manera de ordenar aquello que sentía y que todavía não sabía cómo explicar. “Siempre he sido una persona que siente demasiado y a veces me abruman tantos sentimientos”. La escritura apareció entonces como una forma de soltar aquello que no podía procesar de otra manera: “A mí la escritura siempre me ha ayudado como a salvar o salvaguardar esta parte de mí como para poderme tranquilizar”.
Nacida en Tepic, Nayarit, Ramírez creció en una ciudad que recuerda más pequeña y tranquila que la actual. Aquel entorno, donde las relaciones familiares y comunitarias eran estrechas, contrasta con la Guadalajara que encontró hace casi 11 años, cuando llegó por motivos laborales. Su formación profesional parecía conducirla por un camino muy distinto al de las letras. Estudió Ingeniería Química en el Tecnológico de Tepic y durante siete años trabajó en la industria. Mientras se desenvolvía entre matemáticas, física, química y simulaciones de procesos, conservó otra parte de sí misma a través de la música, la pintura y, sobre todo, la escritura.
En Guadalajara encontró algo que en Tepic le había resultado más difícil: una escena cultural a la que podía acercarse. Después del trabajo comenzó a buscar micrófonos abiertos, museos, eventos de slam poetry y colectivos. Poco a poco, aquello que había sido un hábito privado comenzó a convertirse en una práctica pública.
El momento decisivo llegó durante una Navidad en la que habló con sus padres sobre su vida profesional. Tenía un buen trabajo, se sentía competente y económicamente independiente, pero reconoció que no era feliz. Cuando les dijo que quería escribir, sus padres respondieron con una frase que todavía recuerda: “Bueno, hija, pues tú ya sabes lo que cuesta un taco de frijol”.
La pandemia terminó por abrir una puerta. Ramírez perdió su empleo y emprendió un negocio. Para ella, aquella decisión implicó asumir el riesgo de abandonar la seguridad de una quincena por una vida menos predecible, pero más cercana a lo que quería hacer. “Estoy plenamente satisfecha y feliz”.
En paralelo, la escritura dejó de ser únicamente intuición. Su primer acercamiento a la poesía frente a un público ocurrió casi por accidente. Llegó a un slam creyendo que se trataba simplemente de un micrófono abierto y terminó participando sin saber siquiera en qué consistía la dinámica. Aquella experiencia le permitió entrar en contacto con otros escritores, pero también le mostró que necesitaba aprender.
Así llegó al taller de Puente Poesía, dirigido por Patricia Velasco, donde lleva alrededor de cuatro años. La experiencia significó para ella descubrir que escribir no consistía solamente en expresar lo que sentía. Había herramientas, estructura, ritmo, metáfora y, sobre todo, la posibilidad de someter los textos a una crítica rigurosa.
“Necesito que alguien me aviente a la basura los poemas y me diga esto no sirve”, recuerda haber pensado antes de entrar al taller. Su primera experiencia fue precisamente esa confrontación: llevó un texto escrito durante una crisis de los 30 y recibió como respuesta que aquello era catarsis, pero todavía no era un poema. A partir de entonces comenzó a estudiar y a leer de otra manera.
Ese proceso desembocó en Útero inverso, su primer libro, publicado tras ser seleccionado en la convocatoria 2024 de La Maleta de Hemingway. El volumen nació de una crisis personal cercana a los 30 años y de las preguntas que entonces comenzaron a aparecer alrededor de las expectativas sociales sobre la vida de una mujer: casarse, tener hijos, formar una familia y cumplir con un modelo de vida previamente establecido.
Durante dos años convirtió esas preguntas en poemas. El libro aborda la relación entre madre e hija desde la voz de esta última y explora la manera en que las expectativas sociales pueden modificar esa relación hasta convertir el amor en algo condicionado. Para construirlo, además de trabajar desde su propia experiencia, conversó con mujeres de distintas generaciones y observó las transformaciones asociadas con la maternidad.
Un detonante importante fue la lectura de Matriz de agua, de Elizabeth Bastida. Kenya encontró allí una aproximación a la maternidad desde la voz de la madre, lo que le permitió mirar su propio tema desde otro ángulo. A partir de esa lectura, las preguntas que ya estaban presentes comenzaron a multiplicarse y terminaron convirtiéndose en el libro.
Para Ramírez, hablar de maternidad implica también cuestionar la idea de que ser madre significa renunciar a una parte de la propia identidad. Por eso define su libro como una ruptura con la maternidad romantizada y como una conversación entre generaciones: entender la vida que tuvo la madre sin aceptar necesariamente que la hija deba repetirla.
La publicación terminó teniendo un efecto que no había previsto. Cuando comenzaron a llegarle mensajes de lectoras que se reconocían en sus poemas, comprendió que aquello que había nacido de una experiencia íntima podía tocar una experiencia compartida.
“Ser vulnerable te hace fuerte a la vez”, sostiene. Para ella, esa es una de las posibilidades de la poesía: decir aquello que duele antes de que alguien más pueda utilizarlo para lastimarte.
Después de Útero inverso, Ramírez tiene ya otro libro terminado, esta vez relacionado con la poesía documental y el medio ambiente, un tema cercano a su formación como ingeniera química y a los años que trabajó en la industria. La narrativa también comienza a llamarla, aunque por ahora su apuesta sigue siendo clara: “La poesía es lo que a mí me gusta mucho hacer” y, asegura, es una escritura que no piensa abandonar.


