OPINIÓN
Crisis hídrica en Jalisco: Lavándose las manos con el agua sucia
Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco
Hay dos maneras de administrar una desgracia pública: resolverla o cotizarla. En Jalisco, mientras seiscientas colonias abren la llave y reciben una sustancia que ya nadie se atreve a llamar agua con la cara limpia, los partidos han elegido la segunda. Y lo hacen sin rubor, a la luz del día, con micrófono y con porra.
Empecemos por el naranja, que fue el que hizo fiesta.
Llegó a Jalisco Jorge Álvarez Máynez, dirigente nacional de Movimiento Ciudadano y expresidenciable, a tomar protesta a ciento diez delegados de Jóvenes en Movimiento. Lo que pudo ser un acto de formación cívica terminó siendo un mitin anticipado, con reparto de adjetivos incluido. A los diputados federales y locales de Morena que —dijo— lucran políticamente con el agua, les recetó dos palabras que conviene transcribir textualmente porque son parte del expediente: «caraduras» y «sinvergüenzas».
No discuto el diagnóstico. Discuto la aritmética del calendario.
Porque el propio Máynez tuvo el pudor —hay que reconocérselo— de admitir que «el debate comenzó tarde». Tarde, en este caso, quiere decir casi dos años. Dos años de reportes ciudadanos, de vecinos hirviendo agua que no sirve ni hervida, de colonias que aprendieron a bañarse con desconfianza. Dos años en los que el gobierno del estado y sus municipios metropolitanos —naranjas casi todos— tuvieron presupuesto, organismo operador, gabinete y conferencias de prensa. Cuando por fin llega el debate, llega convertido en campaña.
«Si el sexenio anterior fue el del abastecimiento, este será el del saneamiento», ofreció. Es una frase bien construida. También es una confesión: significa que durante el sexenio del abastecimiento nadie se ocupó de la calidad de lo que se abastecía. Se trajo el agua. Nadie preguntó cuál.
El gobernador Pablo Lemus, que también estuvo ahí, prefirió el terreno donde se siente cómodo: la profecía electoral. «Vamos a arrasar en la elección del 2027», dijo, y remató informando que Jalisco ocupa el primer lugar de una encuesta nacional de evaluación. Uno agradece el dato. Uno también recuerda que las encuestas no se beben.
El estandarte del movimiento, aseguró, son «sus buenos gobiernos». Sería una divisa impecable si no se estuviera enarbolando en el estado donde la principal noticia del año es que el agua de la casa huele mal. Los buenos gobiernos no se proclaman en tribuna: se verifican en la llave de la cocina.
Rodrigo Ramos, delegado estatal, advirtió que «no podemos permitir que personajes impresentables se apoderen de nuestro estado». Mirza Flores, dirigente en Jalisco, describió a un gobierno federal «que amenaza con venir a aplastar y asfixiar lo que tanto trabajo nos ha costado». Quirino Velázquez, alcalde de Tlajomulco, celebró que aquí sí se les abren las puertas a los jóvenes. Todos hablaron del adversario. Ninguno habló de una planta de tratamiento.
Hubo, eso sí, un momento auténtico, y por eso mismo el más incómodo: el minuto de aplausos por Adrián Salinas, joven militante muerto a finales de mayo. Anunciaron capacitación en cultura de paz y cultura vial. Es lo único de la jornada que no puede medirse en votos, y probablemente por eso duró menos que los aplausos a las candidaturas de 2027.
Pasemos ahora a la otra orilla, donde el espectáculo no es mejor. Es peor, porque es fratricida.
Morena, que tiene enfrente la crisis más redituable que le ha caído en años, decidió gastarla en su propia guerra. El lunes fue la exhibición completa. Por un lado, un grupo de diputados federales proponiendo un Consejo Técnico de especialistas que elabore un diagnóstico integral del sistema hidráulico estatal. Suena serio. Lo sería, si el motor no fuera empujar la cada vez más lejana aspiración de Merilyn Gómez Pozos a la alcaldía de Guadalajara.
Por el otro, un puñado de legisladores federales y locales, escoltando a la dirigente estatal Erika Pérez, presentaron un plan alternativo con académicos, alcaldes metropolitanos y legisladores coordinados. También suena serio. También lo sería, si detrás no estuviera la candidatura del senador Carlos Lomelí Bolaños al mismo cargo, con el fin de llegar a ser aspirante a gobernador de Jalisco.
Dos diagnósticos. Dos comités de sabios. Un solo trofeo: la presidencia municipal tapatía.
En medio, la bancada morenista del Congreso local, repartida entre ambos bandos, sacando lo único con efecto inmediato en el bolsillo de la gente: el descuento del 80 por ciento a los usuarios que reciben agua contaminada. Y más allá, los alcaldes de Tlaquepaque y Tonalá rascándose con sus propias uñas, excluidos de las medidas de amortización que el gobierno de Lemus reservó para otros municipios. El desdén también es una forma de gobernar; simplemente no se anuncia en rueda de prensa.
Y así, el partido que gobierna el país es incapaz de armar un solo frente ante la crisis que más daño le hace al gobierno emecista. Prefieren quemar su casa con tal de ver arder la del vecino. Con la ironía adicional de que, en esta metáfora, no hay agua limpia para apagar ninguna de las dos.
Al final del recuento queda un saldo sencillo de leer.
Movimiento Ciudadano administra el problema desde el poder y lo narra como si fuera oposición y no tuviera siete años gobernando Jalisco y diez Guadalajara. Morena tiene la razón en el reclamo y lo desperdicia en la grilla. Unos gritan «sinvergüenzas» a quienes no aprobaron el presupuesto; otros redactan diagnósticos que en realidad son currículums. Y en las seiscientas colonias, la gente sigue cargando garrafones por la escalera.
Dos años tardó en llegar el debate. Y cuando llegó, no traía tuberías: traía candidaturas.
Ojalá alguien, en algún cuarto de guerra político de esta ciudad, se atreva a hacer la pregunta que nadie hizo el lunes: ¿cuánto cuesta sanear el agua de Jalisco, en pesos, con calendario y con nombre del responsable?
Mientras esa cifra no exista, todo lo demás es folclor. Y el folclor, señores, no se toma.
En X @DEPACHECOS




