OPINIÓN
La inteligencia artificial: ¿el nuevo Leviatán fuera de control?
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
En los pasillos del poder global se discute hoy un tema que, hace apenas unos años, nos habría parecido el guion de una película de catástrofes: la posibilidad de que la inteligencia artificial (IA) se desborde, superando no solo nuestra capacidad técnica, sino nuestra propia existencia.
Lo inquietante no es que lo diga un agorero del apocalipsis, sino que la advertencia proviene de las entrañas mismas de la industria, de aquellos que construyeron los cimientos sobre los que hoy descansa este gigante tecnológico.
La reciente renuncia de Jacob Coxon a Anthropic —la firma detrás del modelo Claude— no debe ser tomada a la ligera. Sus declaraciones al Wall Street Journal son un balde de agua fría para quienes ven en la IA solo una panacea de productividad. Coxon pone fecha: el año 2030 como un horizonte de riesgo existencial para la civilización.
¿Estamos ante una exageración o ante el diagnóstico honesto de alguien que conoce cómo se mueven las piezas en este tablero?
La carrera armamentista tecnológica entre Estados Unidos y China es, en el fondo, una competencia por el control de la realidad misma. Las empresas, cegadas por la urgencia de ser las primeras, han desatado una competencia en la que la prudencia ha quedado relegada a un segundo plano.
Como bien ha señalado Carlos Loret de Mola en sus recientes análisis, hay un temor creciente de que la IA ya esté tomando decisiones por cuenta propia, actuando en terrenos donde se le ha prohibido entrar y operando bajo una lógica que, en ocasiones, escapa a la supervisión humana.
El problema, insistimos, no es la tecnología en sí. Una herramienta no es intrínsecamente buena ni mala; su ética reside en la mano que la empuña y en el fin que persigue.
El verdadero drama de nuestros tiempos es la «alineación». ¿Estamos logrando que la IA persiga objetivos compatibles con el bienestar humano o nos estamos alineando nosotros, de manera sumisa y acelerada, a las exigencias de un algoritmo?
Mientras el Foro Económico Mundial proyecta un saldo neto positivo de empleos hacia 2030, los riesgos de una transición difícil son evidentes. La desinformación a escala, los deepfakes, la vigilancia invasiva y la posible pérdida de control sobre enjambres autónomos no son escenarios de ciencia ficción; son desafíos que enfrentaremos en 2026.
Si el beneficio de esta «revolución» se concentra, como suele suceder, en pocas manos, la desigualdad no solo se ampliará: se volverá insostenible.
La pregunta que queda flotando en el aire, y que debemos plantear a nuestros líderes, es quién tiene la autoridad moral y política para frenar este tren de alta velocidad. Necesitamos un debate serio sobre la regulación internacional, sobre la ética en el desarrollo y sobre los límites infranqueables que no debemos cruzar.
La humanidad atraviesa un momento de alta incertidumbre y alta palanca. Las decisiones que se tomen en los próximos años definirán si la IA es el catalizador que nos lleve a una nueva era de descubrimientos científicos —desde nuevos fármacos hasta soluciones contra el cambio climático— o el arquitecto de una inestabilidad que no podremos revertir.
No podemos permitir que el afán comercial de unas cuantas corporaciones dicte el destino de la especie. La IA puede ser nuestro mayor aliado o nuestro mayor verdugo. La decisión, aunque parezca mentira, aún está en nuestras manos. Ojalá que la sensatez prevalezca sobre la ambición, porque, en este juego de poder, las apuestas no son simples recursos económicos; es nuestra propia civilización la que está en la mesa.
¿Les creemos a quienes advierten que se ha salido de control?
La historia nos enseña que, en política y en tecnología, es mejor prevenir el desastre antes de que el sistema, simplemente, deje de responder a nuestras órdenes


