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OPINIÓN

La IA, la encrucijada de la humanidad: entre el aceleracionismo de Trump y el humanismo de León XIV

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Los juegos del poder, por Gabriel Ibarra Bourjac.

El año 2026 ha consolidado una verdad incómoda: la humanidad no atraviesa solo una transición tecnológica, sino una crisis de gobernanza global sin precedentes. El debate sobre la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un tema exclusivo de laboratorios y empresas de Silicon Valley para convertirse en el eje de una disputa geopolítica que definirá la arquitectura del poder en el siglo XXI.

La preocupación, ventilada por figuras como el programador de la empresa Anthropic, Jacob Dixon, y respaldada por voces como el empresario Elon Musk, resuena hoy en los pasillos de Washington, en el Vaticano y en los centros de poder asiáticos, dibujando un escenario donde el futuro no es un destino inevitable, sino una lucha de voluntades.

En la Casa Blanca, la postura es cristalina. Para Donald Trump, la inteligencia artificial es el nuevo frente de la Guerra Fría. La doctrina de su administración, lejos de detenerse ante dilemas morales o advertencias apocalípticas —las cuales el presidente ha catalogado despectivamente como un hoax o un intento de los incumbentes para frenar la competencia—, es una de aceleración total.

Para Trump y su círculo cercano, liderado por asesores como David Sacks, el imperativo es nacionalista y estratégico: la supremacía de Estados Unidos frente a China. El argumento es pragmático y despiadado: cualquier propuesta de ralentizar el desarrollo o implementar regulaciones estrictas es vista como una táctica que beneficia al adversario. En este marco, “pisar el freno” equivale a ceder el liderazgo tecnológico a China, un país que, bajo la férrea dirección de Xi Jinping, no se detendrá ante debates éticos.

La administración Trump ha adoptado una estrategia hands-off (manos fuera), revocando órdenes ejecutivas previas y eliminando la burocracia que, según ellos, asfixia la innovación. La premisa es clara: el gobierno no debe ser un “niñero” de la tecnología; la seguridad es una responsabilidad inherente al desarrollador.

Así, la IA se despliega como un motor de crecimiento económico necesario para mantener la hegemonía estadounidense, minimizando los riesgos existenciales como una narrativa distópica que, irónicamente, es impulsada por los mismos actores que, según el presidente, fallaron en predecir otros desastres, como los del cambio climático.

La respuesta ética: Magnifica Humanitas y la visión de León XIV.

En las antípodas de la Casa Blanca, el Vaticano ha emitido una señal de alerta que busca cimentar los valores fundamentales de la civilización. El 25 de mayo de 2026, el papa León XIV presentó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, un texto que se ha convertido en el manifiesto ético más robusto frente a la deshumanización digital.

León XIV no se presenta como un enemigo del progreso técnico, sino como un guardián de la dignidad humana. Su tesis central es que la tecnología no es neutral; su destino depende de la mano que la empuña.

Al advertir contra el uso de la IA para la manipulación política, la difusión de noticias falsas o la dominación ideológica, el pontífice introduce el concepto de “desarmar la IA”. Para el papa, la responsabilidad de la conciencia humana es intransferible; el riesgo de delegar decisiones críticas a algoritmos es una abdicación de la ética.

La postura de León XIV es un llamado a la regulación internacional y a la subordinación de la innovación al bien común. Mientras Trump ve en la IA un arma para ganar el juego del poder, León XIV la ve como un instrumento que debe fortalecer los lazos de solidaridad, evitando que el desarrollo tecnológico se convierta en una herramienta de control para grupos financieros o militares que, lejos de servir a la humanidad, buscan incidir en su futuro mediante el dominio algorítmico.

Un mundo sin timón: la fragmentación del liderazgo global.

Esta polarización entre Washington y la Santa Sede ocurre en un contexto de orfandad política. El mundo de 2026 no se distingue por sus líderes responsables. La Unión Europea, otrora motor de la política internacional bajo la sombra de Angela Merkel, se percibe hoy fragmentada, con un liderazgo colegiado que carece de una voz única y poderosa. Emmanuel Macron intenta liderar desde Francia, impulsando reformas industriales y de defensa, pero enfrenta un desgaste doméstico que limita su proyección.

En el resto del tablero, el panorama es desigual. La India de Narendra Modi emerge como una fuerza gravitacional, con un respaldo popular de entre el 68% y el 70% y una influencia digital que pocos pueden ignorar. En América Latina, Luiz Inácio Lula da Silva intenta articular la voz del Sur Global, colaborando con naciones como Sudáfrica y España en la lucha contra la desigualdad, en un esfuerzo por mantener relevancia en un orden mundial cambiante.

Mientras tanto, las instituciones multilaterales están en horas bajas. La ONU, bajo la gestión de António Guterres —quien concluye su mandato a finales de año—, parece cada vez más desdibujada ante la embestida de líderes como Javier Milei o el mismo Trump, quienes la califican de inoperante. La gobernanza global se ve presionada por un multilateralismo que, en 2026, parece ser más un deseo que una realidad.

El dilema del futuro.

Nos encontramos en un periodo entre órdenes mundiales. La tensión entre la visión de Trump de acelerar el desarrollo de la IA, que prioriza la soberanía a cualquier costo, y el humanismo regulatorio de León XIV, que exige ética sobre eficacia, resume la angustia de nuestra época.

La IA tiene el potencial de ser el mayor aliado del desarrollo humano o el mayor instrumento de control social jamás creado.

El debate es técnico y es profundamente político. Si el futuro de la humanidad se deja exclusivamente en manos de la competencia geopolítica sin contrapesos éticos, el riesgo de que la tecnología se convierta en una herramienta de dominación es absoluto.

Hay incertidumbre sobre el futuro cuando los algoritmos marcan la pauta y sobre las decisiones —o la falta de ellas— de los líderes que hoy, con sus temperamentos, ambiciones y visiones, están escribiendo el capítulo más complejo de nuestra historia contemporánea.

La advertencia del papa León XIV debe tomarse en serio: no se trata de frenar el progreso, sino de asegurar que, al final del camino, todavía quede un lugar central para la dignidad humana.


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