OPINIÓN
La batalla por la confianza en Guadalajara
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Existe una idea profundamente arraigada en la política mexicana: cuando un gobierno llega desgastado al final de su administración, la elección siguiente prácticamente está decidida. Se da por hecho que el descontento ciudadano terminará convirtiéndose, de manera casi automática, en una derrota para quien gobierna y en una victoria para quien aspira a reemplazarlo. Es una explicación sencilla, atractiva y, sobre todo, cómoda. El problema es que la realidad suele ser mucho más compleja.
La historia política demuestra que el desgaste del poder es inevitable. Gobernar implica tomar decisiones difíciles, administrar recursos limitados, enfrentar crisis inesperadas y, en muchas ocasiones, decepcionar expectativas. Ninguna administración termina un periodo con el mismo nivel de respaldo con el que comenzó. Es el costo natural de ejercer el poder.
Sin embargo, reconocer esa realidad no significa aceptar otra afirmación que con frecuencia se da por cierta: que el desgaste garantiza la alternancia. No la garantiza.
Las elecciones rara vez son una operación matemática en la que el gobierno pierde exactamente los votos que gana la oposición. Entre una cosa y otra existe un espacio mucho más complejo, donde intervienen la confianza, la credibilidad, el liderazgo y, sobre todo, la capacidad de ofrecer una alternativa convincente.
A menos de un año de la elección municipal en Guadalajara, esa reflexión resulta especialmente pertinente. Es evidente que la administración enfrenta un desgaste mayor al que tenía cuando inició su gestión. Después de casi tres años, los ciudadanos evalúan resultados y no promesas. La expectativa inevitablemente deja paso al balance. Así ocurre con cualquier gobierno democrático.
Pero de ahí a concluir que el resultado de la próxima elección está definido existe una distancia enorme. En política, el desgaste puede abrir oportunidades, pero no entrega victorias.
Con frecuencia se confunde el descontento con la decisión de cambio. No son lo mismo. Un ciudadano puede sentirse insatisfecho con el gobierno actual y, al mismo tiempo, no encontrar una opción que le genere suficiente confianza para entregarle el poder. La decepción y la esperanza no siempre viajan juntas.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de las democracias contemporáneas. Los gobiernos no pierden únicamente porque se desgastan. También pierden cuando dejan de representar una idea de futuro. Pero quienes buscan sustituirlos tampoco ganan únicamente porque el gobierno se haya debilitado. Ganan cuando consiguen convencer a la sociedad de que son capaces de construir algo mejor.
Esa diferencia suele perderse en la discusión pública. Durante meses escucharemos análisis sobre encuestas, posibles candidatos, alianzas, estrategias de comunicación y posicionamientos. Todo eso forma parte de la competencia electoral. Sin embargo, existe una pregunta mucho más importante que permanece casi ausente: ¿quién está construyendo una conversación seria sobre el futuro de Guadalajara?
La ciudad enfrenta desafíos que difícilmente admitirán respuestas simples. La crisis de vivienda continúa expulsando a miles de personas hacia la periferia. La movilidad exige una coordinación metropolitana que va mucho más allá de los límites municipales. El espacio público necesita ser recuperado. La presión sobre los servicios urbanos aumenta conforme crece la ciudad. Los efectos del cambio climático comienzan a sentirse con mayor intensidad. Y, al mismo tiempo, la ciudadanía exige gobiernos más transparentes, más eficientes y cercanos.
Ese será el contexto en el que se desarrollará la próxima elección.
Por eso resulta insuficiente analizar la competencia política únicamente desde el desgaste de quien gobierna. La verdadera disputa consistirá en responder una pregunta mucho más exigente: ¿quién tiene la capacidad de gobernar una Guadalajara mucho más compleja que la de hace diez o quince años?
La política suele simplificar procesos que, en realidad, son extraordinariamente complejos. Se habla del “voto de castigo” como si fuera un mecanismo automático. Pero los ciudadanos no solo votan para sancionar. También votan para reducir incertidumbre. Antes de entregar el gobierno a otra fuerza política, suelen hacerse una pregunta elemental: ¿quién puede hacerlo mejor?
Esa pregunta no se responde con descalificaciones, campañas ingeniosas o una buena estrategia en redes sociales. Se responde con liderazgo, con equipos, con ideas y con un proyecto de ciudad capaz de generar confianza.
Quizá por eso las elecciones más competidas no son aquellas donde el gobierno llega más debilitado, sino aquellas donde los ciudadanos perciben que existe una alternativa creíble. Sin esa condición, el desgaste puede convertirse únicamente en frustración. Y la frustración, por sí sola, no construye gobiernos.
Guadalajara se acerca a un momento decisivo. En los próximos meses veremos intensificarse la discusión política y será natural que las encuestas ocupen titulares y que las candidaturas concentren buena parte de la atención pública. Pero sería un error reducir el análisis a quién aparece arriba o abajo en una medición. Las campañas cambian, los candidatos evolucionan y las circunstancias también.
Lo verdaderamente importante será observar quién entiende mejor la ciudad que hoy existe y quién tiene la capacidad de proponer la ciudad que viene.
En realidad, el desafío para Guadalajara consiste en elevar la conversación pública. Menos especulación sobre candidaturas y más discusión sobre prioridades. Menos consignas y más evidencia. Menos marketing político y más visión. Quien aspire a gobernar la ciudad debería demostrar que comprende sus problemas, pero también que entiende sus oportunidades.
Porque los ciudadanos no solo eligen administradores; buscan liderazgos capaces de inspirar, decidir y asumir responsabilidades cuando las circunstancias se vuelven difíciles. Esa será, probablemente, la prueba más importante para todos los participantes de la contienda que se aproxima en Guadalajara durante 2027.
Porque el desgaste del poder puede abrir la puerta a la alternancia, pero nunca la garantiza. La confianza ciudadana no cambia automáticamente de manos. Hay que construirla. Y esa, más que cualquier encuesta o cálculo electoral, será la verdadera disputa por Guadalajara en los próximos meses.




