OPINIÓN
El Peor Enemigo: El triunfo de Yalitza Aparicio exhibe el racismo mexicano

Por Carla Martell //
Yalitza Aparicio ha hecho historia, pues se ha convertido en la primera mujer mexicana e indígena que ha tenido una nominación al Óscar en la categoría de mejor actriz gracias a la película Roma, sin embargo, su propio país se ha encargado de desprestigiar su logro.
La joven Yalitza Aparicio es una maestra de preescolar originaria de la Heroica Ciudad de Tlaxiaco, ubicada en Oaxaca, tiene raíces indígenas que están plasmadas tanto en su mentalidad y apego a su cultura, como en su físico, motivo por el cual Alfonso Cuarón la eligió para interpretar a Cleo en Roma.
Cleo es una joven indígena que llegó a la Ciudad de México para vivir y trabajar como servidora doméstica con una familia mexicana de clase media-alta en la década de los años 70. Roma documenta lo que viven las empleadas domésticas, tanto las de ese entonces como las actuales, ya que según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en México cerca de 146 000 mujeres indígenas salen de sus pueblos para ir en busca de un empleo que les permita tener una vida aceptable y digna, enfrentándose a abusos y situaciones difíciles.
Alfonso Cuarón, director de Roma, explicó que esta película fue inspirada en la historia de Liboria Rodríguez, quien era la servidora doméstica y nana del cineasta en su infancia. Liboria proveniente de Tepelmeme, Villa de Morelos, en Oaxaca y es hablante de la lengua mixteca.
Desafortunadamente, aunque Yalitza Aparicio ha logrado sorprender a miles de personas alrededor del mundo con su actuación como Cleo, desde que se estrenó Roma el 30 de agosto de 2018, no ha dejado de recibir comentarios y criticas racistas, que menosprecian su condición física y están lejos de reconocer su trabajo en dicha película.
“La película ha abierto conversación. Una conversación acerca del racismo que existe en mi país y que lo hemos ignorado. Y no sólo ignorado, el mexicano ha vivido negándolo… ya que la realidad es que es profundamente racista y se ha abierto conversación alrededor de los pueblos indígenas, los pueblos originarios”, aseguró el cineasta Alfonso Cuarón a la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Roma ha expuesto a un México racista y clasista, problema que se ha hecho presente en cualquier tipo de persona durante los últimos meses, desde ciudadanos comunes a personalidades destacadas y reconocidas del espectáculo. Como es el caso del actor Sergio Goyri, quien llamó “pinche india” a Yalitza, además de hacer una crítica negativa a su participación en el filme de Cuarón.
Frases como “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y “qué pena que una india represente a México” son parte de los cientos de ataques que se han hecho a la oaxaqueña y se han incrementado por su aparición en diversas portadas de revistas reconocidas mundialmente como Vogue, Vanity Fair, The Hollywood Reporter, ¡Hola!, Badhombre, etc.
Sin embargo, a pesar de todos los ataques dirigidos a Yalitza, tanto Alfonso Cuarón como ella se han convertido en las principales voces que buscan luchar contra el racismo y clasismo.
El verdadero rostro de cientos de mexicanos ha sido expuesto y se ha identificado que en México cerca del 20% de la población ha sido discriminada ya sea por su condición física, edad, pensamiento o religión. Mientras que el 55% de los habitantes ha aceptado que han insultado a otro mexicano por su color de piel según el INEGI.
México tiene una gran riqueza cultural, ya que alberga a cerca de 68 pueblos indígenas que hablan diferentes lenguas y tienen costumbres únicas, estos pueblos residen por todo el país, pero se concentran mayormente en la zona sur del país, en estados como Oaxaca, Chiapas, Puebla, Veracruz y Guerrero.
El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) y el INEGI han indicado que los cinco estados con mayor índice de discriminación por cuestiones físicas son: Puebla, en primer lugar, con en 28.4% de población discriminada; después Colima con un porcentaje del 25.6%; posteriormente, Guerrero con el 25% de sus ciudadanos afectados; Oaxaca ocupa el cuarto lugar con un 24.9% y, finalmente, Morelos con 24.4%.
Además dentro de las razones que hacen sentir a las personas discriminadas, el 61% piensa que los discriminan debido a que son adultos mayores; el 58.8% asegura que el motivo de discriminación es por ser mujeres; el 58.3% por padecer alguna discapacidad; el 41.7% por la orientación de su religión y el 40.3% por su origen y rasgos indígenas.
Estos datos exponen que las mujeres indígenas en algún momento de su vida se les discriminará por características físicas que ni siquiera eligieron.
Sin embargo, aunque a diario se les niegan derechos y se menosprecia a cientos de personas por su condición física o mental, México sigue afirmando ser un país que “no es racista” según la académica Eugenia Iturriaga, de la Universidad Autónoma de Yucatán.
Iturriaga comentó que la prevalencia de tanto racismo en México se debe en buena parte a la publicidad y puso como ejemplo el cambio de imagen del cartón de un producto lácteo, ya que al cambiar a la familia rubia que aparecía y poner a una morena aunque el precio y ubicación fueran iguales a las demás leches los clientes pensaban que dicho producto era “para gente pobre”.
En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial los mexicanos tenemos un gran reto que consiste en minimizar y trabajar por erradicar el racismo y clasismo, que se hace mayormente a personas de tez morena, indígenas o de descendencia africana.
«Mi piel, muy mexicana, oaxaqueña y muy humana. Del color de mi tierra y la diversidad de sus colores», así es como orgullosamente se describe Yalitza Aparicio y es el pensamiento que deberían de tener cientos de mexicanos al ver a otros y saber que la diversidad es lo que enriquece a un país.
Te puede interesar: Discriminación y racismo educativo para niños indígenas: INEE
CARTÓN POLÍTICO
Edición 804: Lo piden los expertos: Una nueva Corte de Justicia sin extremos ideológicos
Si prefiere descargar el PDF en lugar de leer online: CLICK AQUÍ
Lectores en teléfono celular: Para una mejor lectura online, girar a la posición horizontal.
JALISCO
La transparencia del fiscalizador

– Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
En Jalisco, la transparencia y la rendición de cuentas deberían ser principios innegociables. Sin embargo, la resistencia del auditor superior del Estado, Jorge Alejandro Ortiz Ramírez, a ser auditado por la Unidad de Vigilancia del Congreso revela una paradoja alarmante: el encargado de fiscalizar el gasto público evade la supervisión.
Esta actitud, denunciada por David Rubén Ocampo Uribe, titular de la Unidad, y el diputado Alberto Alfaro García, presidente de la Comisión de Vigilancia, no solo cuestiona la integridad de la Auditoría Superior del Estado de Jalisco (ASEJ), sino que amenaza la confianza en el sistema democrático.
Desde el 10 de julio de 2025, cuando Ocampo asumió su cargo, Ortiz Ramírez ha bloqueado cualquier intento de revisión. Solicitudes de expedientes laborales, nóminas y contratos han sido ignoradas, y un encuentro institucional propuesto para el 19 de agosto quedó en el vacío. “Quería saber si todo está en regla. La respuesta fue negativa. Pedí una reunión pública con agenda común, y tampoco hubo respuesta”, relató Ocampo a Conciencia Pública.
Incluso se le prohibió a personal de la ASEJ pasarle llamadas, limitando el diálogo al secretario técnico, un subordinado que no puede sustituir al titular.
El diputado Alfaro, de Morena, califica esta resistencia como un desafío al Congreso y a la sociedad. “El auditor se siente intocable, como si fuera gobernador. Durante ocho años operó sin contralor, pero ahora que lo hay, se niega a colaborar”, afirmó.
Con el respaldo de 29 de 32 deputados al nombramiento de Ocampo, su legitimidad es incuestionable. “Sabe que abriremos la Caja de Pandora”, añadió, sugiriendo que Ortiz Ramírez teme revelar irregularidades.
La Constitución de Jalisco y la Ley de Rendición de Cuentas otorgan a la Unidad de Vigilancia facultades plenas para revisar la ASEJ sin necesidad de acuerdos previos de la Comisión de Vigilancia, como argumenta Ortiz Ramírez.
Esta interpretación “tecnicista” es, para Ocampo, un escudo para evadir la fiscalización. La pregunta es inevitable: ¿qué oculta el auditor? Denuncias internas apuntan a aviadores, nóminas infladas, “moches” por laudos laborales y tolerancia a incapacidades falsas avaladas por el IMSS.
Una figura clave en estas acusaciones es Sandra Verónica Márquez González, de la Dirección Jurídica, señalada por mantener personal inexistente en nómina y exigir pagos ilegales, prácticas que arrastra desde su paso por el Tribunal de Arbitraje y la Fiscalía, donde se le vinculó al “Clan Trevi” por cobros indebidos.
La ASEJ es un pilar estratégico del gobierno de Jalisco, con autonomía técnica y de gestión para garantizar imparcialidad en la fiscalización de un presupuesto cercano a los 200 mil millones de pesos. Su rol como contrapeso es crucial para generar confianza ciudadana.
Sin embargo, la resistencia de Ortiz Ramírez recuerda épocas oscuras de la Contaduría Mayor de Hacienda, antecesora de la ASEJ, donde se rumoraba que las cuentas públicas se “lavaban” mediante acuerdos entre bancadas legislativas. Funcionarios corruptos encontraban en estos arreglos una vía para encubrir irregularidades, otorgando un poder desmedido al titular del organismo.
Hoy, la ASEJ debería ser un modelo de integridad. El Plan Estatal de Desarrollo y Gobernanza 2024-2030, liderado por Cynthia Cantero Pacheco, establece la transparencia y la participación ciudadana como ejes rectores de la gestión pública. Este plan, construido con la voz de más de 675,000 jaliscienses, vincula el presupuesto a resultados medibles, exigiendo apertura y rendición de cuentas.
La opacidad de Ortiz Ramírez contradice este espíritu, debilitando la credibilidad de una institución que debería ser ejemplo.
La pasividad de otros actores institucionales agrava el problema. El silencio del Congreso en pleno y la inacción de la Fiscalía Anticorrupción alimentan percepciones de complicidad o indiferencia. Mientras, rumores de una posible reelección de Ortiz Ramírez, tras ocho años en el cargo, generan rechazo. “Un gobernador dura seis años y se va. Este señor pretende quedarse otros ocho. Es inadmisible”, sentenció Alfaro.
¿Cómo puede hablarse de rendición de cuentas si el fiscalizador se coloca por encima de la ley? La resistencia de Ortiz Ramírez no es un simple desencuentro burocrático; es una afrenta al sistema de pesos y contrapesos.
“La opacidad reina en la Auditoría. Si el auditor desconoce la ley, ¿cómo fiscaliza al estado?”, cuestiona Ocampo. La sociedad, cada vez más vigilante, exige respuestas. Ortiz Ramírez tiene una oportunidad: abrir las puertas de la ASEJ, entregar la información solicitada y demostrar que no hay nada que ocultar. De lo contrario, su silencio seguirá alimentando sospechas de irregularidades.
La transparencia no es negociable, y Jalisco merece una Auditoría Superior que predique con el ejemplo. Es hora de que el fiscalizador rinda cuentas.
JALISCO
MC: espejismos de unidad y fractura a la vista

– Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco
Movimiento Ciudadano en Jalisco ya abrió el telón de su renovación interna con la elección de 64 nuevos coordinadores municipales en la vieja casona de Av. La Paz. En apariencia, un ejercicio de normalidad partidista: discursos de unidad, promesas de cercanía con la gente, rostros nuevos para el escaparate y la certeza de que el partido naranja seguirá marcando la pauta en la política local.
Una postal impecable para las páginas de los diarios amigos… pero un espejismo apenas capaz de ocultar las fracturas internas que corroen al partido naranja. Pues, bajo el barniz del entusiasmo, se esconde un mapa con claroscuros que la dirigencia difícilmente podrá negar.
Los números de la elección de 2024 fueron generosos en sus bastiones metropolitanos: Guadalajara, Zapopan y Tlajomulco volvieron a confirmar la hegemonía emecista. En la capital, 308 mil votos aseguraron la continuidad; Zapopan, con 323 mil sufragios, consolidó la plaza más codiciada del estado; y Tlajomulco refrendó, una vez más, su condición de vivero político del grupo alfarista con 94 mil papeletas a su favor. Una trinidad metropolitana que otorga poder y recursos, pero que no resuelve la fragilidad en el resto del estado.
Porque más allá del brillo urbano, MC perdió terreno en Puerto Vallarta —joya turística entregada al PVEM en sociedad con Morena—, cedió Ciudad Guzmán, enclave agroindustrial del sur, y vio escaparse Tepatitlán, bastión alteño que durante años se pensó inmune a los embates opositores. En Tlaquepaque y Tonalá, el retroceso fue aún más doloroso: en el primero, los 109 mil votos no alcanzaron para retener la presidencia municipal; en el segundo, apenas 47 mil sufragios lo relegaron a un segundo lugar incómodo detrás de Morena. Un tropiezo estratégico en el oriente metropolitano que desnuda la vulnerabilidad del proyecto.
Mirza Flores, encargada de administrar esta renovación interna, habla de “liderazgos de territorio, cercanos a la gente”. El discurso suena bien, pero la tarea es monumental: reconstruir la cohesión de un partido que, en su expansión, ha multiplicado corrientes, intereses y pleitos internos. Porque el problema no es solo perder municipios: es perderlos mientras el partido se enreda en disputas de candidaturas, pugnas entre cuadros y una dirigencia que debe demostrar que puede arbitrar sin fracturar.
Los números distritales tampoco ayudan: de 20 distritos locales, MC apenas ganó 6; de los federales, ninguno y los plurinominales fueron para los exfuncionarios que necesitaban fuero y los “liderazgos” escogidos. Esto significa que, aunque controla alcaldías claves, su voz legislativa es reducida y carece de peso real en el Congreso federal.
Un contraste brutal: músculo en los municipios, anemia en las cámaras. Y esa asimetría no se corrige con discursos ni asambleas, sino con operación política en campo, con la capacidad de seducir al votante rural, al comerciante alteño, al campesino del sur que aún ve en el naranja una marca citadina, aburguesada y distante.
Pero lo verdaderamente corrosivo no está en las urnas, sino en los pasillos. La disputa Alfaro–Lemus ha dejado de ser un rumor y se ha convertido en un hecho palpable. Enrique Alfaro se resiste a entregar el control de candidaturas y cuadros, mientras Pablo Lemus mueve sus piezas con paciencia quirúrgica, tejiendo su propia red de operadores que responden solo a él. Entre ambos, Mirza Flores aparece como árbitro incómodo, obligada a conciliar lo irreconciliable: mantener la disciplina de un ejército que ya no reconoce un solo general.
El grupo Alfaro–Lemus sabe que esta es su última gran prueba antes de 2027. Si logran ordenar candidaturas y mantener la paz interna, MC llegará con posibilidades de sostener el gobierno estatal. Pero si insisten en los métodos de imposición y en los arreglos de cúpula, el costo será alto: perderán distritos clave, y con ellos, la capacidad de negociar en el Congreso y de sostener el control territorial.
Los cuadros históricos, los que alguna vez creyeron en la “ola naranja” como una alternativa fresca, se encuentran marginados o desplazados por nuevas caras que responden a intereses de grupo. La operación interna dejó cicatrices: candidaturas impuestas, militantes que sienten haber sido utilizados y un éxodo silencioso hacia Morena y el PVEM que ya se empieza a notar en las regiones.
En política, decía siempre la vieja guardia, no basta con administrar victorias: hay que blindarlas. Movimiento Ciudadano gobierna hoy con holgura en las ciudades, pero su debilidad en la periferia y en el interior del estado es evidente. Las plazas que perdió en 2024 son recordatorio de que el poder es un animal volátil: se escurre por las rendijas más pequeñas y muerde cuando menos se le espera.
La renovación municipal, que en el discurso se vende como ejercicio democrático, en los hechos es un intento de tapar grietas con retórica. En lugar de cohesión, lo que se advierte es una carrera por controlar posiciones rumbo al 2027. Cada comité local es, en realidad, una ficha en el tablero de negociación entre Alfaro y Lemus.
La batalla del 2027 no se jugará únicamente en los edificios de avenida Hidalgo o en los mítines de funcionarios públicos en la Casa Ciudadana. Se librará en los tianguis de Tonalá -donde el Ayuntamiento ha prendido focos rojos-, en los talleres de Arandas -Cuando se habla de la inseguridad que hay en las carreteras de la zona-, en los mercados de Lagos de Moreno -Al momento de hablar de un nuevo ejecutado o desaparecido- y en las colonias populares de Tlaquepaque -Explicando por qué el SIAPA no otorga el servicio que cobra: agua-. Ahí, donde los discursos sobran y lo que cuenta son los servicios públicos, la seguridad y la cercanía real de quienes gobiernan.
La verdadera batalla de 2027 no será contra Morena ni contra el PVEM. Será contra sí mismo. Porque, como tantas veces en la historia política de este país, los partidos no caen por la fuerza del adversario, sino por la podredumbre que incuban dentro.
Hoy MC es un cascarón brillante en la superficie, pero carcomido por dentro. Se vende como movimiento fresco, pero huele ya a partido viejo: facciones enfrentadas, candidaturas negociadas en lo oscurito y un liderazgo que se desgasta en administrar pleitos en lugar de ganar territorios.
Si no corrigen el rumbo, el espejismo de unidad que hoy pregonan se desmoronará al primer soplo de la contienda. Y entonces, la historia no hablará de una derrota electoral, sino de un suicidio político en cámara lenta. Una crónica que, como tantas en la política mexicana, no se escribirá con tinta… sino con epitafios.
En X: @DEPACHECOS