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OPINIÓN

El bar

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Opinión, por Miguel Anaya

Cinco filósofos entran a un bar…

Parece el inicio de un mal chiste. Imaginemos un escenario imposible… Alexis de Tocqueville, Cornelius Castoriadis, José Ortega y Gasset, Hannah Arendt y Judith Butler llegan a una cantina del centro de la ciudad y se sientan alrededor de una vieja mesa de madera. El cantinero, que desconoce por completo quiénes son, les sirve una ronda y pregunta con curiosidad de qué van a hablar.

—De la democracia —responde Hannah Arendt.

El hombre sonríe mientras piensa que se hablará de ciencia ficción. Tal vez no le falte razón.

Todavía nadie ha dado el primer trago cuando Tocqueville lanza una pregunta.

—Si hoy alguien levantara otro Muro de Berlín, ¿el mundo realmente haría algo para impedirlo?

Nadie responde.

El silencio dura apenas unos segundos.

Hasta que el propio Tocqueville rompe la tensión.

—Depende… ¿pasa un oleoducto por ahí?

El cantinero suelta una carcajada.

Castoriadis toma la palabra.

—El problema no es el muro. Es que creemos que ciertas cosas ya no pueden volver a ocurrir. Después de Hiroshima juramos que jamás volveríamos a cruzar ciertos límites. Después de la caída del Muro de Berlín pensamos que la democracia liberal había ganado para siempre. Confundimos un momento histórico con el final de la historia.

Ortega y Gasset acomoda lentamente su vaso.

—Y mientras celebrábamos esa victoria, apareció el hombre-masa. Un ciudadano que desconfía de toda autoridad… excepto de la que confirma lo que ya piensa. Cree que todas las opiniones valen lo mismo, desprecia el conocimiento y termina buscando líderes que le prometan soluciones simples para problemas complejos.

El cantinero interviene con la naturalidad de quien nunca ha leído filosofía.

—Entonces… ¿el problema son los políticos?

—No —responde Tocqueville casi de inmediato—. Los ciudadanos que dejan de vigilarlos.

—Hace ochenta años —continúa Arendt—, el mundo aprendió que ningún hombre debía concentrar demasiado poder. Por eso nacieron organismos internacionales, tribunales, constituciones reforzadas y toda una arquitectura institucional pensada para que nunca más la esperanza descansara sobre una sola persona.

Butler mueve la cabeza.

—Aunque tampoco conviene idealizar las instituciones. Muchas veces también han servido para excluir, discriminar y proteger privilegios. La democracia no consiste únicamente en conservar reglas; también debe preguntarse constantemente a quién dejan fuera esas reglas.

Castoriadis sonríe.

—Y, sin embargo, las instituciones solo funcionan mientras la sociedad crea en ellas. Cuando dejan de inspirar confianza, ocurre algo muy peligroso: la esperanza cambia de domicilio. Ya no se deposita en el sistema, sino en los personajes.

El cantinero sirve otra ronda.

—Eso sí lo entiendo. Antes la gente decía: “que haga algo el gobierno”. Ahora dice: “que llegue alguien a arreglar esto”.

Nadie lo contradice.

Quizá porque esa frase resume mejor nuestro tiempo que cientos de tratados de ciencia política.

Arendt continúa.

—Ahí comienzan los problemas. Los regímenes autoritarios casi nunca llegan anunciando que destruirán la democracia. Llegan prometiendo orden, seguridad, eficacia y soluciones rápidas. El peligro no suele entrar rompiendo la puerta; casi siempre entra porque alguien la abrió convencido de que era la única salida.

Piden la cuenta.

Los cinco filósofos abandonan el bar sin ponerse de acuerdo. Tocqueville sigue creyendo que la mayor amenaza para la democracia es la comodidad de los ciudadanos. Castoriadis insiste en que las sociedades viven de los imaginarios que construyen. Ortega culpa al hombre-masa. Butler recuerda que ninguna democracia puede llamarse así si excluye voces. Arendt continúa desconfiando de cualquier líder que prometa respuestas demasiado sencillas.

El cantinero recoge la mesa y enciende el televisor. Las noticias hablan de guerras que parecían imposibles, de instituciones cada vez más débiles, de liderazgos personalistas y de ciudadanos convencidos de que alguien, por fin, resolverá todos sus problemas.

Mira la mesa vacía y, por primera vez en la noche, comprende que aquellos cinco nunca estuvieron hablando del pasado.

Porque la historia no suele repetirse de la misma manera, pero siempre encuentra nuevas formas de poner a prueba los límites que juramos no volver a cruzar. Y quizá el mayor riesgo de nuestra época no sea que esos límites desaparezcan, sino que dejemos de reconocer cuándo empiezan a repetirse.


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