OPINIÓN
El escarnio como arma: El poder del insulto en la política contemporánea
Opinión, por Pedro Vargas Ávalos
Aunque la política es el arte de servir a la gente, a las instituciones y al Estado, quienes la practican no suelen ceñirse a tal principio y, por el contrario, adoptan conductas que van en su contra para alcanzar sus fines personales y vencer a los adversarios. Para este objetivo utilizan todo género de recursos, desde los legalmente permitidos hasta los que rechaza la moral y reprueba la sensatez.
En México tenemos exponentes de este modo de actuar en todos los niveles del orden público y en la vida privada. Como ejemplos de unos y otros —aunque sobran muestras— podemos citar a Diego Fernández de Cevallos y Ricardo Salinas Pliego, elocuentes arquetipos del mal decir.
Pero a nivel mundial tenemos ejemplares muy relevantes; tal es el caso de Donald Trump, presidente estadounidense —para desventura del mundo y desdicha de nuestro continente—, y del gaucho Javier Milei, mandatario —dudamos si para bien— de la hermana República Argentina.
Por lo que ve al panista apodado “Jefe Diego”, la presidenta Claudia Sheinbaum lo consideró “fantasma del pasado” y símbolo del prianismo. En respuesta, el excandidato presidencial la llamó “tonta” y le dijo que no cometiera “burradas”. La tildó de sirviente de Andrés Manuel López Obrador y a éste, de paso, lo llamó Tartufo, es decir, hombre hipócrita, falso y santurrón.
A este barbudo personaje se le atribuyen palabras como “el viejerío” para aludir a las mujeres; el calificativo de “embustero oficial” para mencionar a funcionarios de gobiernos cuatroteístas, así como “pendenciero de barrio” o “pestilente” para referirse a miembros de Morena.
Distinguido malhablado es el empresario Ricardo Salinas Pliego, también adjetivado “deudor fiscal” por no querer pagar sus impuestos, o a sí mismo autodenominado “Tío Richie”.
Él califica como “zurdos de mierda” a los lopezobradoristas y designa como “presupuestívoros” o “gobiernícolas” a quienes son empleados de la llamada Cuarta Transformación. Ha llamado “burra”, “perras”, “brujas”, “marranas” y “textoservidoras” a mujeres que lo han cuestionado, como la ministra Lenia Batres, la dramaturga Sabina Berman, la abogada Vanessa Romero y la analista Denise Dresser.
Internacionalmente, el gobernante del país de las barras y las estrellas, el republicano Donald Trump, ha denigrado por igual a damas, inmigrantes, latinos, cuadros del Partido Demócrata y hasta a sujetos de su propio entorno. Todo es cuestión de que no lo apoyen o sean sus críticos. A los mexicanos los insulta a cada rato.
Para el “pelinaranja”, nuestros paisanos traen drogas y son violadores. A su contendiente presidencial Kamala Harris la consideró “tonta como una piedra”. A un competidor le dijo “cerebro de pájaro” y a otro “basura”, término que también aplicó a ciertos inmigrantes. A los periodistas les ha dedicado innumerables insultos: “estúpidos”, “cerditos”, y los iguala a los jueces que lo sancionan, diciéndoles que son “perritos falderos”.
Ahora ocupémonos de un libertario de extrema derecha que desgobierna a la Argentina. Es partidario del atrabiliario Trump y de Netanyahu, el judío genocida. Entre sus afirmaciones figura la de que los humanos no causan el cambio climático, o cuando aseveró que la moneda de su país “no sirve ni para abono”.
Javier Milei es libertario; se autodenomina anarcocapitalista, minarquista y paleolibertario. En pocas palabras, promueve la libertad individual, la propiedad privada, los mercados libres y la limitación estatal en la economía. Su discurso antisistema es lo que, al parecer, atrae a votantes de derecha y lo ha llevado al poder.
“Hijo de puta”, “pelotudo”, “boludo”, “imbécil”, “infradotado”, “la reputa madre que te parió, zurdo de mierda”, “la tienen adentro”, son, entre otros, los improperios que pronuncia a cada rato, en general dirigidos hacia exfuncionarios y a quienes no están de acuerdo con sus ideas.
El año pasado, ya siendo presidente, expresó que los causantes de la mala situación de los argentinos fue la actitud centenaria de sus enemigos, quienes han lucrado durante los últimos cien años con el modelo empobrecedor: “los empresarios prebendarios, los políticos corruptos, los periodistas ensobrados —chayoteros—, los sindigarcas, o sea, los profesionales funcionales a este conjunto de hijos de puta que quebraron al país” (Clarín, 30 de abril de 2025).
Es a tal grado ofensivo que no respeta género, oficios, edades o nacionalidades. Incluso, para muchos argentinos y católicos del mundo entero, hizo algo mucho peor: agredir al papa Francisco. En 2020, Milei, a pesar de identificarse como católico, calificó al primer sumo pontífice argentino, Francisco, de “imbécil” y añadió que “es el representante del maligno en la Tierra”. Dos años más tarde, en 2022, manifestó que el papa siempre está “parado del lado del mal” porque apoya pagar impuestos.
Y en septiembre de 2023, en una entrevista con el expresentador de Fox News, Tucker Carlson, indicó que el Papa tenía «afinidad por los comunistas asesinos” y violaba los diez mandamientos al defender la “justicia social” (The New York Times, 16 de octubre de 2023). Porque para este endemoniado che, la justicia social no es más que un robo.
Sostiene una agria competencia con el mandatario de Colombia, Gustavo Petro, del que asegura es “asesino terrorista, comunista”. Y lo equipara a los gobernantes de países como Cuba —a la que designa “isla cárcel”— o Nicaragua, que califica como miserables.
Milei es muy burlesco. El 1 de marzo, al asistir a la apertura de sesiones legislativas, cuando lo aplaudían sus correligionarios, volteó hacia sus oponentes, que guardaban silencio, y les espetó: “Pueden aplaudir porque también soy su presidente, aunque les duela”. En ese mismo acto calificó a sus principales opositores de “cavernícolas”, “delincuentes”, “ignorantes”, “asesinos” y otros adjetivos denigrantes.
A los políticos que le precedieron les dijo que tienen por regla la “codicia, la impericia y la cobardía”. El señor Milei asegura que los impuestos son un robo y así aborda el tema de la justicia social, programa de apoyos a los más débiles que esgrimen los peronistas.
Por eso a éstos les dice: “Ignorantes, la justicia social es un robo; implica un trato desigual frente a la ley y está precedido de un robo. ¡Manga de ladrones! Chorros, ¡delincuentes!”. Y luego remata: “Kukas, yo les voy a avisar algo. ¿Saben qué? Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar”. Lo de “kukas” es porque son seguidores de Kirchner, el peronista.
Eso que enumeramos —la ofensa, humillación, injuria, insulto, afrenta, ultraje, denostación, perjuicio y menoscabo— es el estilo del presidente argentino, amo y señor del insulto y la afrenta, con lo que acredita ser un aventajado alumno de Trump, el enloquecido mandamás del norte del continente. Éste es el estilo que nunca debería prevalecer cuando se hace política.




