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OPINIÓN

Cuando los hombres empiezan a ordenar el alma

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Opinión, por Amaury Sánchez

Hay edades en las que los hombres ya no preguntan la hora mirando el reloj, sino escuchando cómo crujen los recuerdos en la madrugada.

Eso pensé, maestro Gabriel Ibarra, mientras leía su columna de este lunes, escrita con esa serenidad de los hombres que han comenzado a conversar en silencio con el tiempo. Porque hay textos que nacen de la inteligencia, otros de la experiencia y algunos —los más escasos— nacen directamente del cansancio noble del alma cuando empieza a mirar hacia atrás sin rabia y hacia adelante sin estridencias.

Su pregunta —“¿Cuánto tiempo me queda de vida?”— no cayó sobre el papel como una frase periodística. Cayó como caen las campanas viejas de los pueblos cuando anuncian un entierro o una fiesta patronal: dejando temblando algo por dentro.

Vivimos tiempos extraños, maestro.

La humanidad aprendió a fabricar máquinas capaces de hablar, pero olvidó sentarse en las banquetas a conversar sobre la muerte. El mundo moderno convirtió la vejez en una enfermedad estética y al silencio en un enemigo comercial. Todo tiene que correr, producir, entretener y aparentar juventud, aunque por dentro muchos anden cargando cementerios enteros en el pecho.

Por eso conmueve tanto leer a un hombre que, en vez de esconderle años al calendario, se atreve a mirar de frente el último tramo del camino.

Y en medio de esa reflexión aparece la figura entrañable de José Herminio Jasso, como esos personajes antiguos que todavía sobreviven en algunos cafés, en las plazas o en las sobremesas largas de provincia; hombres que ya enterraron amigos, derrotas y alegrías, pero que aún conservan la costumbre de preguntar sinceramente cómo amanecieron los demás.

Hay algo profundamente latinoamericano en esa manera de envejecer, preocupándose todavía por los hijos, los nietos, los bisnietos y hasta por los compañeros jubilados. Porque nuestros viejos no aprendieron a vivir para sí mismos; aprendieron a cargar la familia sobre los hombros aunque el cuerpo ya les pidiera descanso.

Por eso su texto no habla realmente de la muerte.

Habla del amor.

Del amor silencioso y terco de quienes siguen preocupándose por los demás incluso cuando sienten que la tarde empieza a oscurecer.

Mientras leía sus palabras, recordé a aquellos ancianos de los pueblos tropicales que, aun sabiendo cercano el final, seguían saliendo cada mañana a barrer la banqueta como si el mundo dependiera todavía de ese pequeño acto de dignidad. Porque llega un momento en la vida en que los hombres entienden que la eternidad no consiste en durar mucho, sino en dejar ordenado el corazón antes de irse.

Usted escribió algo profundamente hermoso sin proponérselo: “acomodar el alma mientras todavía hay tiempo”.

Y quizá esa sea la tarea más difícil de todas.

No acumular dinero. No conquistar prestigios. No ganar discusiones inútiles.

Sino aprender a ir soltando.

Soltar los rencores que ya envejecieron con nosotros. Las culpas que se quedaron a vivir como huéspedes permanentes. Las palabras que nunca dijimos por orgullo. Y hasta ciertos dolores que terminaron convirtiéndose en costumbre.

Porque la vejez verdadera no comienza cuando tiemblan las manos, sino cuando el alma se llena demasiado de cosas sin resolver.

Lo extraordinario de su columna, maestro, es que no transmite miedo. Transmite lucidez.

Y la lucidez suele ser una forma tardía de la ternura.

Por eso conmueve tanto que, después de hablar del tiempo, de la fragilidad y del final inevitable, usted y su amigo todavía sean capaces de desear un “feliz sábado”, como quien enciende una vela pequeña en medio de un apagón inmenso.

Eso tiene algo de heroico.

Porque hay personas jóvenes que hace años dejaron de celebrar la vida, y en cambio existen hombres mayores que todavía encuentran motivos para agradecer una conversación, un café compartido, un partido de fútbol o el ruido familiar de una mesa llena.

Quizá ahí esté la verdadera sabiduría que deja su reflexión.

Entender que la muerte no siempre llega para llevarse la vida. A veces llega mucho antes, cuando dejamos de abrazar, de agradecer, de perdonar o de maravillarnos por las pequeñas cosas.

Y tal vez por eso su columna resonó tanto entre quienes la leímos: porque todos, aunque finjamos lo contrario, llevamos escondida esa misma pregunta en algún rincón del alma.

¿Cuánto tiempo nos queda?

Nadie lo sabe.

Pero hay hombres que comienzan a responderla correctamente desde la manera en que viven los días que todavía tienen. José Herminio Jasso parece ser uno de ellos.

Y usted también, maestro.

Porque solo los hombres que ya entendieron la fragilidad de la existencia son capaces de escribir con esa mezcla de melancolía serena, gratitud y esperanza.

Al final, quizá la vida no consista en evitar la muerte, sino en llegar a ella habiendo amado lo suficiente.

Y mientras exista alguien capaz de sentarse un lunes cualquiera a escribir sobre el tiempo, la memoria y el alma humana con honestidad, todavía habrá esperanza para este mundo que corre demasiado y piensa muy poco.

Reciba mi respeto profundo por habernos recordado algo que la modernidad intenta hacernos olvidar todos los días:

Que la vida sigue siendo demasiado breve para vivirla con el corazón desordenado.


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