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La derrota de Argentina que abrió el debate más allá del futbol
Por Diego Morales Heredia
Durante cuatro años, Argentina se acostumbró a ganar. Ganó la Copa América, levantó el Mundial de Qatar, volvió a conquistar el continente y construyó alrededor de Lionel Scaloni y Lionel Messi una selección que encontró en el talento, la personalidad y una enorme capacidad competitiva las principales razones de uno de los ciclos más exitosos de su historia.
En Nueva Jersey, frente a España, le tocó algo a lo que ya no estaba acostumbrada: perder. La derrota por 1-0 en la final del Mundial 2026 terminó con el sueño del bicampeonato argentino, pero también abrió una discusión que ha trascendido el resultado deportivo. Los enfrentamientos después del silbatazo final, algunas acciones durante el encuentro y las imágenes de la ceremonia provocaron críticas alrededor del mundo y llevaron incluso a la FIFA a abrir una investigación disciplinaria sobre lo ocurrido.
Desde entonces apareció una pregunta inevitable: ¿Argentina simplemente compitió hasta el límite o cruzó la frontera de la deportividad? La respuesta probablemente sea mucho menos sencilla que el juicio inmediato que inundó las redes sociales.
España fue mejor. No lo dijo la prensa española ni alguno de los críticos históricos de la Albiceleste. Lo reconoció Lionel Scaloni minutos después de perder la Copa del Mundo. «Ellos han sido mejores, esa es la verdad», expresó el seleccionador argentino, quien además dejó una frase particularmente significativa después de todo lo ocurrido: «Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota».
La contradicción entre esas palabras y determinadas acciones de integrantes de su equipo explica buena parte de la controversia. España dominó durante largos periodos la final. Argentina, que había marcado 19 goles en su camino hasta el partido por el título, terminó los 90 minutos reglamentarios sin un solo remate y perdió a Enzo Fernández, expulsado después de recibir una segunda tarjeta amarilla por una fuerte entrada sobre Pau Cubarsí.
Con un hombre menos, la Albiceleste resistió hasta el minuto 106, cuando Ferran Torres aprovechó una jugada construida desde la banda para marcar el único gol del encuentro y entregar a España su segunda Copa del Mundo. Hasta ahí, nada extraordinario dentro de una final.
Una selección intentando sobrevivir, otra buscando romper el cerrojo y una tensión natural cuando está en juego el campeonato más importante del futbol. El problema llegó después.
El silbatazo que no terminó la final
Cuando el árbitro Slavko Vinčić señaló el final, comenzaron los enfrentamientos. Leandro Paredes protagonizó algunos de los episodios más fuertes. Las imágenes mostraron al mediocampista argentino enfrentándose con Eric García y, posteriormente, con Gavi. Nahuel Molina también quedó involucrado en un incidente con Rodri, mientras que Roberto Ayala, integrante del cuerpo técnico de Scaloni, tuvo un cruce con Dani Olmo.
La FIFA decidió intervenir. Después de revisar los informes relacionados con la final, el Comité Disciplinario nombró a un fiscal de Disciplina y Ética para investigar posibles violaciones al Código Disciplinario relacionadas con los incidentes posteriores al encuentro.
Por ahora existe una investigación, no una sentencia. Será precisamente el organismo internacional el encargado de determinar responsabilidades y, en su caso, establecer sanciones.
Uno de los protagonistas ya reconoció que se equivocó. Roberto Ayala ofreció disculpas públicamente por lo ocurrido con Dani Olmo. El exdefensor argentino explicó que inicialmente intentaba separar a los futbolistas, negó que su acción hubiera sido un puñetazo y la describió como un empujón, pero aceptó que, debido al lugar que ocupa en el cuerpo técnico, no podía permitir que las emociones modificaran su comportamiento.
También aseguró que buscará disculparse personalmente con el futbolista español. La reacción de Ayala es importante porque evita caer en otra discusión frecuente alrededor del futbol: justificar cualquier comportamiento bajo el argumento de la pasión.
Competir no significa tener permiso para todo. Pero tampoco cualquier contacto, provocación o discusión convierte automáticamente a un equipo en una selección antideportiva.
Cuando la intensidad se convierte en identidad
Argentina construyó buena parte de su ciclo ganador alrededor de una característica evidente: competir cada pelota como si fuera la última. La selección de Scaloni nunca tuvo problemas para jugar partidos ásperos, disputar verbalmente los encuentros, provocar cuando consideraba necesario hacerlo o responder cuando sentía alguna provocación del rival.
En Argentina, eso forma parte de una palabra difícil de traducir fuera del futbol sudamericano: competir. El problema aparece cuando esa competitividad cruza determinados límites. No sería, además, la primera ocasión en que una selección argentina de este ciclo termina involucrada en una polémica similar.
En los cuartos de final del Mundial de Qatar 2022, frente a Países Bajos, uno de los partidos más tensos de aquella Copa del Mundo, se mostraron 18 tarjetas y la FIFA abrió procedimientos disciplinarios contra ambas federaciones.
Paredes, curiosamente también protagonista entonces, pateó un balón hacia el banquillo neerlandés después de cometer una falta, desatando una confrontación en la que Virgil van Dijk terminó derribándolo. Después llegaron provocaciones durante la tanda de penales y los festejos argentinos frente a sus rivales.
Aquel día Argentina ganó. Y buena parte de esas imágenes fueron interpretadas como personalidad, rebeldía y carácter. Cuatro años después, algunas conductas similares llegaron tras una derrota.
Entonces cambió también la interpretación. Lo que en la victoria podía ser visto como competitividad extrema, en la derrota comenzó a llamarse «mal perder». Ahí está, probablemente, el centro de la discusión.
«Fútbol 1, delincuentes 0»
Las críticas internacionales no tardaron. The Telegraph llevó el debate al extremo y tituló una de sus columnas sobre la final con una frase especialmente agresiva: «Fútbol 1, delincuentes 0».
El periódico británico cuestionó el planteamiento argentino, su agresividad y determinadas acciones durante el encuentro. Otras voces en España también utilizaron expresiones durísimas para describir el comportamiento de la Albiceleste.
Sin embargo, convertir las conductas de algunos futbolistas en una sentencia sobre toda una selección, o peor aún, sobre un país, también resulta exagerado.
La imagen posterior de Scaloni es un buen ejemplo. Mientras algunos de sus jugadores continuaban los enfrentamientos, el entrenador intentó separar a los protagonistas. Después, frente a los micrófonos, no buscó responsables externos, no habló de conspiraciones, no responsabilizó al árbitro ni desconoció la superioridad española. «Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota», dijo.
Difícilmente existe una declaración más alejada del concepto de no saber perder. Incluso algunas de las imágenes utilizadas para alimentar la polémica necesitan contexto.
En redes sociales se acusó al plantel argentino de haber dado deliberadamente la espalda a España mientras levantaba la Copa. Otros reportes posteriores señalaron que los futbolistas argentinos se encontraban mirando hacia el sector donde estaban sus aficionados, lo que abrió una discusión sobre si realmente existió un desplante intencional hacia los campeones.
El debate muestra también la facilidad con la que una imagen aislada puede convertirse en una sentencia definitiva en tiempos de redes sociales.
¿Mal perdedor?
Argentina perdió y España fue mejor. Ferran Torres marcó el gol que terminó con cuatro años de reinado argentino y la Copa cambió de manos. Eso forma parte del futbol.
Lo ocurrido después merece ser investigado y algunas acciones difícilmente pueden defenderse bajo el argumento de la intensidad deportiva. Paredes, Molina o Ayala deberán responder individualmente por sus actos si la FIFA considera que violaron su reglamento.
Pero tampoco parece justo convertir esos episodios en la definición completa de una generación. La misma Argentina que terminó involucrada en una gresca fue la que, a través de su entrenador, reconoció inmediatamente la superioridad del rival.
La misma selección que ha vivido durante años al límite de la provocación fue también capaz de aceptar que el ciclo perfecto alguna vez tenía que terminar. Quizá el verdadero debate no sea si Argentina sabe o no perder.
El debate es hasta dónde estamos dispuestos a aceptar determinadas conductas cuando nuestro equipo gana y en qué momento dejamos de llamarlas carácter para comenzar a llamarlas antideportividad. Porque competir al límite ha sido uno de los grandes secretos de esta Argentina, pero también puede convertirse en uno de sus principales excesos.
En Nueva Jersey perdió la Copa del Mundo. Y, durante algunos minutos después del silbatazo final, también perdió algo que Lionel Scaloni quiso recuperar frente a los micrófonos: la grandeza en la derrota.



