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MUNDO

Entre el dolor y la solidaridad: Colombia se sacude, pero su corazón permanece de pie

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Por Diego Morales Heredia, desde Colombia

El 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, Colombia se sacudió. Y no fue solamente la tierra. Un terremoto de magnitud 7.4 irrumpió en la cotidianidad de millones de colombianos que comenzaban una nueva semana. Fueron segundos que parecieron eternos.

El piso se movió, los edificios crujieron, las personas abandonaron sus casas y centros de trabajo y, casi de inmediato, millones de teléfonos comenzaron a cumplir una misma función: saber si los seres queridos estaban bien.

En cuestión de minutos, Colombia dejó de hablar de cualquier otra cosa. El epicentro se localizó en San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Desde ahí, la fuerza del movimiento se extendió por buena parte del territorio colombiano y golpeó con particular dureza el occidente del país.

Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó comenzaron a mostrar las imágenes que nadie quiere ver después de un terremoto: edificios colapsados, viviendas destruidas, calles cubiertas de escombros, ambulancias abriéndose paso y hombres y mujeres buscando entre concreto, polvo y fierros alguna señal de vida.

Colombia había cambiado en cuestión de minutos. Estar en este país durante los días posteriores a la tragedia permite comprender algo que difícilmente transmiten las estadísticas. El terremoto terminó aquella mañana, pero, para los colombianos, el movimiento no se ha detenido.

Está en las conversaciones. Está en las noticias que permanecen en los televisores de hoteles, restaurantes y establecimientos. Está en los teléfonos que actualizan constantemente el número de víctimas. Está en las historias de quienes tienen familiares o conocidos en las zonas afectadas. Está también en esa inevitable pregunta que aparece cada vez que vuelve a sentirse un movimiento: ¿será otra vez?

Para un mexicano, la palabra terremoto tampoco resulta ajena. México conoce demasiado bien lo que significa ver edificios convertidos en escombros, escuchar sirenas durante horas y observar a familias esperando noticias afuera de una zona de rescate. Sabemos también que, después de un terremoto, comienza otra carrera: la que se disputa contra el tiempo.

Y eso es precisamente lo que ocurre hoy en Colombia.

El dolor en números

Días después del terremoto, las cifras permiten dimensionar la tragedia, aunque difícilmente pueden contarla. El balance oficial reportaba 294 personas fallecidas, 3 mil 935 heridas y 320 desaparecidas. Otras 353 habían sido rescatadas.

Más de 115 mil personas resultaron afectadas. Pero detrás de cada número existe una historia: una familia que perdió su casa; un hijo que sigue esperando noticias; una madre que contesta el teléfono con la esperanza de escuchar una voz; una cama que quedó vacía; una fotografía recuperada entre los escombros; una vida que, a las 7:33 de la mañana, todavía transcurría con normalidad y que, un minuto después, cambió para siempre.

Mientras el suelo se movía, sobre él comenzaba la tragedia. Las afectaciones se extendieron por cientos de municipios. Viviendas, escuelas, centros de salud y edificios públicos sufrieron daños. Pereira y Cali quedaron entre las zonas urbanas más golpeadas, mientras las labores de búsqueda se prolongaron durante días.

Las réplicas añadieron otro componente: el miedo de quienes sobrevivieron al primer movimiento, pero no saben si la tierra volverá a sacudirse.

Un país que se detuvo

Durante las horas siguientes, la tragedia modificó la agenda nacional. Las actividades públicas fueron suspendidas. Los eventos deportivos y artísticos fueron aplazados. En Medellín, por ejemplo, el Metro llegó a suspender temporalmente sus operaciones después del terremoto.

La música también guardó silencio. Artistas colombianos aplazaron sus presentaciones en solidaridad con las víctimas. Las carreras y otras actividades deportivas comenzaron a convertirse en espacios para recaudar ayuda.

Durante unos días, la fiesta dejó de ser una prioridad. Había algo más urgente: ayudar. Entonces comenzó a aparecer otra de las imágenes que deja esta tragedia: no la del concreto destruido, la de los edificios vencidos o la de las ambulancias, sino la de las manos.

El corazón gigante de Colombia

En diferentes ciudades comenzaron a instalarse centros de acopio. Llegaron botellas de agua, alimentos, medicamentos, ropa, cobijas y artículos de primera necesidad. Llegaron familias completas, jóvenes, adultos mayores y personas que probablemente nunca conocerán a quienes recibirán aquello que depositaron en una caja.

Quibdó, Pereira, Cali, Manizales y otras ciudades comenzaron a concentrar no solamente las consecuencias de la tragedia, sino también una enorme movilización ciudadana. Estando aquí, resulta imposible no observarla.

Lo he visto durante estos días en Colombia. Incluso el futbol, una de las grandes pasiones de este país, dejó por momentos de mirar el marcador para voltear hacia quienes lo habían perdido todo.

En los estadios encontré colectas para los damnificados. Vi gente volcada en ayudar, llevando víveres, preguntando qué hacía falta y buscando la manera de contribuir. El mismo futbol que había detenido parte de sus actividades después del terremoto comenzó a servir también como punto de encuentro para la solidaridad.

La tragedia consiguió algo que la política parecía incapaz de lograr: unir a los colombianos. El terremoto llegó, además, en un momento particularmente complejo para el país. Colombia atravesaba un cambio de gobierno en medio de una marcada polarización política. Las diferencias estaban presentes en las conversaciones, en las calles y en el ambiente nacional cuando, de pronto, la tierra impuso otra prioridad.

Durante unos segundos no hubo diferencias políticas. No hubo vencedores ni derrotados. Hubo colombianos intentando salir de los edificios, buscando a sus familias y preguntando qué podían hacer por quienes lo habían perdido todo.

La tensión, sin embargo, no desapareció con el terremoto. Durante la misma semana, el país vivió bajo alertas y amenazas de bomba, en medio del complejo escenario generado por el cambio de gobierno. Es una Colombia que intenta recuperarse de una tragedia natural mientras continúa enfrentando sus propias tensiones políticas y sociales.

Quizá por eso resulta todavía más poderosa la respuesta de la gente.

Colombia es un país acostumbrado a mostrar alegría. Basta con caminar por sus calles para encontrar música, conversaciones, vendedores, colores y esa facilidad de los colombianos para convertir casi cualquier encuentro en una charla.

Pero durante estos días aparece otra de sus características: la solidaridad.

Hay personas preguntando dónde pueden llevar víveres y otras que comparten información sobre los centros de acopio. Hay quienes donan dinero y quienes solamente pueden entregar una botella de agua. Hay voluntarios que ofrecen sus manos y rescatistas que continúan buscando entre los escombros.

Nadie pregunta a quién llegará la ayuda; simplemente se ayuda.

Quizá sea porque una tragedia de esta magnitud elimina, por un momento, las distancias. Ya no importa si quien necesita ayuda vive en Chocó, Risaralda, Valle del Cauca o Quindío. Es colombiano y con eso basta.

Cuando la tierra deja de moverse

Los terremotos tienen una contradicción difícil de explicar: pueden durar segundos y permanecer durante años. El movimiento termina, pero quedan las ausencias. Quedan las casas que tendrán que reconstruirse, las escuelas que deberán volver a abrir, los negocios que tendrán que comenzar otra vez y las familias que deberán aprender a vivir con una silla vacía.

Colombia apenas comienza ese proceso. Las autoridades mantienen los albergues y los operativos de emergencia; los equipos de rescate continúan trabajando y miles de personas todavía dependen de la ayuda para recuperar algo de normalidad.

Pero mientras las máquinas remueven escombros y los especialistas revisan edificios, en las calles ocurre otra reconstrucción mucho menos visible: la de una sociedad que intenta levantarse.

He recorrido Colombia durante estos días y la tragedia está presente. Se habla de ella en Bogotá y Medellín; aparece en las conversaciones, en los medios y en las imágenes que se repiten una y otra vez. Pero también aparece algo más.

La vida continúa. Los comercios abren. Las personas regresan al trabajo. Las calles vuelven a llenarse. Alguien sirve un café. Otra pregunta: ¿Dónde puede donar? Una familia llama a otra para saber cómo está.

Colombia sigue caminando. No porque haya olvidado lo ocurrido, sino precisamente porque tiene que aprender a caminar con ello. A las 7:34 de la mañana del 10 de agosto, la naturaleza recordó a millones de personas lo frágil que puede ser todo aquello que damos por seguro.

En menos de dos minutos hubo edificios que dejaron de existir, familias que perdieron su patrimonio y vidas que terminaron inesperadamente. Pero entre los escombros apareció algo que ningún sismógrafo puede medir: la capacidad de un país para abrazar a los suyos.

La tierra sacudió a Colombia; sin embargo, también dejó al descubierto que Colombia tiene un corazón gigante.


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